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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El proyecto

Pasaron unas semanas desde la partida de Don Pancracio, y el edificio seguía lleno de su recuerdo. La vieja maleta permanecía en el centro del patio, como un símbolo silencioso de que la buena suerte se construye día a día. El Charly, que no dejaba de darle vueltas a las ideas, se apareció una mañana con los ojos brillantes y una sonrisa que le ocupaba media cara. Traía bajo el brazo un plano dibujado sobre un cartón viejo, lleno de líneas torcidas, círculos y flechas que parecían señalar a todos lados.

—¡Vecinos! —gritó desde el centro del patio, llamando la atención de todos—. ¡He tenido la idea más grande de todas! Vamos a transformar este edificio en el lugar más bonito del barrio. ¡Vamos a construir el Gran Refugio Común!

Se acercaron todos con curiosidad. Don Beto se ajustó las gafas para mirar el dibujo, doña Eustaquia se cruzó de brazos con aire escéptico, y la señora Pérez y los niños se asomaron por detrás, ansiosos por saber de qué se trataba.

—¿Y qué es eso del Refugio Común? —preguntó Don Beto, señalando un dibujo que parecía una mezcla de techo y almacén.

—¡Es una cubierta para todo el patio! —explicó el Charly, señalando con entusiasmo—. Así no nos mojará la lluvia ni nos quemará el sol. Tendrá ventanas de vidrio, bancos nuevos, estantes para las flores y hasta un rincón especial para la maleta de Don Pancracio. ¡Será la obra maestra de mis manos!

Hubo un silencio breve. Luego doña Eustaquia soltó una risita:

—¿Y quién va a hacer esa maravilla, muchacho? ¿Tú solo?

—¡Pues todos juntos! —respondió él sin dudarlo—. ¡Yo pongo el diseño y la dirección! Ustedes pondrán las manos, las herramientas y la paciencia… que creo que será la parte más necesaria.

Nadie tuvo el corazón para decirle que parecía demasiado complicado, y además, la idea de tener el patio protegido sonaba muy bien. Así que se pusieron manos a la obra. Al día siguiente empezaron a bajar tablas, clavos, láminas de metal y todo tipo de materiales que unos y otros habían guardado por años. Don Casimiro revisó el plano en silencio, hizo unas cuantas marcas con lápiz y dijo simplemente:

—La estructura necesita soportes más fuertes aquí y aquí. Si no, se inclinará.

—¡Claro que sí! —asintió el Charly—. ¡Eso es exactamente lo que iba a corregir!

Los primeros días fueron una fiesta. Todos trabajaban con ganas, cargaban cosas, mezclaban cemento —aunque a veces quedaba muy aguado o muy duro— y cantaban canciones a coro, aunque desafinadas. Pero cuando la estructura empezó a levantarse, los problemas también aparecieron. Las vigas no encajaban bien, los clavos se doblaban, y una parte del techo quedó tan torcida que parecía que estaba mirando hacia otro lado.

—Está… muy original —dijo la señorita Lidia, tratando de ser amable mientras miraba una pared que se inclinaba suavemente hacia la derecha.

El Charly sudaba la gota gorda, rojo del esfuerzo y la vergüenza. Se dio cuenta de que su gran proyecto se le estaba yendo de las manos. Una tarde, sentado en el suelo, mirando aquella construcción extraña que parecía a punto de venirse abajo, dijo con voz desanimada:

—Es inútil. No sirvo para esto. Todo lo que toco queda mal.

Fue entonces cuando Don Beto se sentó a su lado. Le puso una mano en el hombro y le dijo:

—Recuerda, muchacho: no importa cuántas veces nos equivoquemos, sino cómo nos ayudamos a levantar. Nadie aquí es arquitecto, pero todos tenemos ganas de estar juntos.

Doña Eustaquia se acercó también:

—Y además —añadió—, esta obra tiene algo que ningún edificio perfecto tiene: está hecha con nuestras manos. Vamos a arreglarla entre todos.

Y así cambiaron la forma de trabajar. Ya no era la obra del Charly, sino la obra de todos. Don Casimiro dirigió la estructura con sabiduría, reforzando lo débil y enderezando lo torcido. Las mujeres se encargaron de decorar con flores y pintar las paredes de colores alegres. Los niños recogieron piedras bonitas para adornar el suelo. Y el Charly… bueno, el Charly se convirtió en el ayudante más aplicado, aprendiendo a escuchar y a corregir sus errores sin enojarse.

Tardaron más tiempo del que pensaban, y el resultado final no fue recto ni simétrico como los planos de una ciudad moderna. Tenía esquinas raras, el techo estaba un poco inclinado hacia donde mejor caía la luz, y las ventanas tenían formas distintas unas de otras. Pero cuando terminaron, se quedaron mirándolo con el pecho lleno de orgullo.

—Es el lugar más hermoso que he visto —dijo la señora Pérez con los ojos brillantes.

—Y es nuestro —añadió el Charly—. He aprendido que lo perfecto no es tan bonito como lo compartido.

Ese mismo día colocaron la maleta vieja de Don Pancracio en un rincón destacado del nuevo refugio. Y comprendieron que aquel proyecto que parecía un desastre al principio, se había convertido en una verdadera obra de arte: una construcción hecha de paciencia, ayuda mutua y mucho cariño.

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