Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 7
Marel y Zaira caminaron por el elegante pasillo principal mientras varios empleados comenzaban sus actividades del día.
Antes de separarse...
—Por cierto, la seda duchesse italiana llegó ayer.
Marel detuvo sus pasos.
—¿Ya la revisaste?
—Obviamente jefa.
La sonrisa de Zaira apareció de inmediato.
Cuando se trataba de telas, pocas cosas la entusiasmaban más.
—La calidad es excelente. El gramaje está perfecto, el acabado tiene un brillo elegante sin ser excesivo y la caída es exactamente la que esperaba.
—Eso son buenas noticias.
—Muy buenas noticias. Además, los rollos llegaron sin defectos ni variaciones de tono.
Marel asintió satisfecha.
—Perfecto. Las usaremos para la colección de gala.
—Sabía que dirías eso.
Marel soltó una pequeña risa.
—Claro que sí.
—No olvides que también llegaron las muestras de organza de seda francesa. Quiero revisarlas contigo después.
—Después del almuerzo.
—Trato hecho.
Las dos se despidieron y cada una continuó hacia su respectiva oficina.
Marel entró en la suya.
Como siempre, el espacio reflejaba perfectamente su personalidad.
Apenas tuvo tiempo de dejar su bolso cuando alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
Karla entró inmediatamente.
Su asistente llevaba desde el inicio trabajando con ella y se había convertido en una pieza indispensable dentro de Larcor.
Eficiente.
Organizada.
Y extremadamente competente.
—Buenos días, Marel.
—Buenos días, Karla.
Marel tomó asiento detrás del escritorio.
—¿Qué tenemos para hoy?
Karla abrió la agenda electrónica.
—Primero las buenas noticias.
—Eso suena prometedor.
—Alessia Bustamante confirmó la cita contigo.
Marel asintió.
Recordaba perfectamente el proyecto.
Una futura novia perteneciente a una importante familia empresarial.
—¿Cuándo será?
—Dentro de tres días.
—Perfecto.
—Además, aprobó el diseño que le envié para revisión.
Marel sonrió.
Aquello siempre era una satisfacción.
Había dedicado bastante tiempo a aquel vestido.
—¿Sin modificaciones?
—Solo pequeños ajustes en la longitud del velo. Nada importante.
—Excelente.
Karla continuó revisando la agenda.
—También tiene una videollamada con Valentina Ricci, directora creativa de la Semana Internacional de la Moda de Milán.
Marel arqueó ligeramente una ceja.
—¿Adelantaron la reunión?
—Sí.
Solicitaron cambiarla para esta mañana.
—¿Algún motivo?
—Al parecer quieren hablar sobre la posibilidad de incluir una colección exclusiva de Larcor en el evento del próximo año.
Marel guardó silencio unos segundos.
Aquello era una oportunidad enorme.
Incluso para una firma ya consolidada.
—Interesante.
Karla sonrió.
—Y después tiene reunión con el equipo creativo para revisar los diseños finales de la colección primavera-verano.
—Perfecto.
Marel cerró la agenda.
—Gracias, Karla.
—Para eso estoy aquí.
Karla se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se giró nuevamente.
—Por cierto...
—¿Sí?
—La señorita Bustamante parece bastante emocionada con su vestido.
Marel sonrió.
—Eso espero.
Después de todo, una boda solo ocurre una vez.
Karla asintió y salió de la oficina.
Cuando la puerta se cerró, Marel se permitió unos segundos de tranquilidad.
Tomó una taza de café.
Y volvió a concentrarse en el trabajo.
Sin imaginar que aquella clienta llamada Alessia Bustamante estaba a punto de convertirse en el puente que conectaría nuevamente su presente con el pasado que llevaba cinco años intentando dejar atrás.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Rainer revisaba varios documentos cuando la puerta de su oficina se abrió.
Alessia entró con una sonrisa radiante.
—Hola cariño.
Antes de que él pudiera responder, ella rodeó el escritorio y lo saludó con un beso apasionado.
—Hola —respondió Rainer cuando finalmente se separaron.
Alessia tomó asiento frente a él y cruzó las piernas con elegancia.
Era evidente que estaba de excelente humor.
—Ya tengo todo listo para el viaje.
—Perfecto.
—Y la diseñadora me envió el boceto del vestido.
Sus ojos brillaron de emoción.
Tomó su teléfono y le mostró la imagen.
—Míralo otra vez.
Rainer observó el diseño.
Era sofisticado.
Elegante.
—Es hermoso.
—Lo sé.
Alessia sonrió satisfecha.
—Por eso insistí en que fuera ella quien lo diseñara.
—Parece que tomaste una buena decisión.
—No tienes idea.
Apoyó los codos sobre el escritorio.
—Llevo cuatro años siguiendo su trabajo.
Rainer levantó la vista.
—¿Tanto así?
—Muchísimo.
He visto prácticamente todos los desfiles donde han aparecido sus diseños.
Algunos han cerrado semanas internacionales de moda.
Otros han sido usados por mujeres de familias importantes.
Y cada colección es mejor que la anterior.
Rainer escuchó en silencio.
—Todo el mundo habla de Larcor.
Continuó Alessia.
—Pero casi nadie conoce a la mujer que está detrás de la marca.
Eso solo ha aumentado el misterio.
Y la exclusividad.
—Parece que eres una admiradora.
—Lo soy.
Y no me avergüenza admitirlo.
Alessia volvió a mirar el boceto.
—Fue difícil comunicarme con la diseñadora.
—¿Cómo lograste que lo diseñara?
Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.
—Estaba decidida a tener un Larcor.
Rainer arqueó una ceja.
—Eso no responde la pregunta.
—Hable con su asistente... hasta que logré converserla.
Rainer soltó una pequeña risa.
—Eso suena muy propio de ti.
—Y valió cada palabra.
Alessia guardó el teléfono.
—Por fin voy a conocerla.
Tengo muchísima curiosidad.
Quiero saber cómo es la mujer capaz de crear esos diseños.
—Ya lo averiguarás dentro de unos días.
—Estoy contando las horas.
Después se acomodó en el asiento.
—¿Todo está listo para el viaje?
—Casi.
Solo debo resolver algunos asuntos pendientes aquí.
—¿Y después?
—En dos días viajaremos.
Alessia sonrió.
Aquello era exactamente lo que quería escuchar.
Sin embargo, había algo que seguía incomodándola.
—¿Sigues pensando trasladarte definitivamente?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—Quiero convertir esa sede en el centro principal de operaciones para Latinoamérica.
Alessia mantuvo la sonrisa.
Perfecta.
Pero por dentro sintió un profundo fastidio.
No quería abandonar su país.
No quería alejarse de su círculo social.
Ni de las amistades que había cultivado durante años.
Mucho menos empezar de cero en otro lugar.
Pero no permitió que ninguno de esos pensamientos se reflejara en su rostro.
Porque había aprendido hace mucho tiempo a ocultar aquello que no le convenía mostrar.
Y porque tenía un objetivo muy claro.
Convertirse en la esposa de Rainer Aristizábal Mendoza.
Costara lo que costara.
—Entonces tendremos que empezar a construir nuestra nueva vida allí.
Rainer asintió.
—Eso parece.
Alessia sonrió nuevamente.
Sin imaginar que el viaje que tanto esperaba estaba a punto de llevarla directamente hacia una mujer cuyo nombre admiraba.
Y que aquella misma mujer también era la única capaz de alterar todo lo que ella creía seguro.