Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 23: En la Intimidad se Confiesa
El silencio pesaba tanto como las palabras que acababan de romperlo. Damian la tomó de la mano y la llevó hacia el sofá junto a la ventana, donde la luz se volvía dorada y suave al caer la tarde. Se sentaron juntos, hombro contra hombro, sin soltarse ni un instante. Ya no había prisa por esconderse: ahora había necesidad de decirse la verdad.
—Si quieres conocerme de verdad… te contaré —empezó él con voz baja, mirando sus manos entrelazadas—. Pero ten cuidado con lo que pides, Elena. Mi vida no es tan brillante como parece por fuera. Tiene sombras muy oscuras.
Apoyó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos un instante y soltó todo lo que llevaba guardado años enteros:
—Mi padre era jugador de hockey también. Murió cuando yo era pequeño. Para todos fue un héroe caído demasiado pronto. Para mí… era un fantasma que me exigía ser perfecto antes de siquiera saber quién era. Desde entonces, cada paso que doy es observado, medido, juzgado. «Hijo de…», «promesa de…», «el heredero de…». Nunca fui Damian. Siempre fui la continuación de una historia que no elegí.
Hizo una pausa y apretó sus dedos con fuerza.
—Cuando creé a Kael… fue la primera vez que respiré. Nadie sabía quién era. Nadie esperaba nada de mí. Podía decir lo que pensaba, sentir lo que sentía. Era libre. Hasta que dejó de serlo. La cuenta creció, se hizo famosa… y se convirtió en otra jaula más. Otra identidad que mantener a salvo para que no destruyan la primera.
Elena escuchaba cada palabra con el corazón apretado. Se acercó un poco más y recostó la cabeza en su hombro, dejando que su hombro fuera su refugio como él tantas veces había sido el suyo.
—Nadie te dijo eso antes, ¿verdad? Que no tienes que ser perfecto —susurró suavemente—. Que puedes equivocarte, cansarte, estar triste. Que basta con que seas tú.
Damian soltó un suspiro tembloroso y la rodeó con el brazo, apretándola contra sí como si le diera calor.
—Nadie. Hasta ti. Y eso me aterra, ¿sabes? Porque si te pierdo a ti… se acaba todo. No me queda nada mío. Nada que sea solo mío.
—No me vas a perder —le aseguró, levantando el rostro para mirarlo a los ojos—. No por eso. No por nada de lo que me cuentes. Te quiero entero, Damian. Con tus miedos, tus heridas, tus dos nombres. Todos son bienvenidos aquí.
Él la miró largo rato, como si grabara esa promesa en lo más profundo. Luego se inclinó y besó sus labios despacio, con infinita ternura, como agradeciendo que no saliera huyendo.
—¿Y tú? —le pidió en un susurro—. Cuéntame tú también. Lo que nadie sabe de ti. Quiero saberlo todo. Empezando por el principio.
Elena tomó aire y se abrió como nunca se lo había hecho a nadie: su soledad en casa, su madre siempre ausente, los libros y el dibujo como únicos amigos. Cómo llegó a la universidad sintiéndose pequeña, como una intrusa entre gente que parecía tener el mundo resuelto. Y cómo él la había mirado una tarde y de pronto… se sentía vista de verdad.
—Cuando entraste a mi clase —le dijo con voz suave— pensé: «ese hombre sabe lo que es llevar una máscara todos los días». No sabía por qué, pero lo sentí. Y ahora lo entiendo: nos reconocimos el uno al otro antes de hablarnos siquiera. Dos almas atrapadas esperando quién las liberara.
Damian la besó entonces con lágrimas en los ojos, con gratitud y deseo mezclados en un mismo latido. Ya no había secretos entre ellos, solo verdades que dolían al decirse y sanaban al compartirse. Se acercaron más, fundiéndose en un abrazo que no buscaba posesión sino pertenencia. Se amaron esa tarde lento y profundo, despojándose no solo de ropa sino de miedos. Cada caricia era una disculpa, cada beso una promesa renovada.
—Te pertenezco —le susurró él contra su piel cuando la abrazó en la penumbra, recuperando el aliento—. En luz y sombra. En ambas vidas. Siempre tuyo.
—Y yo tuya —respondió ella, entrelazando sus dedos con los suyos sobre su pecho—. Para siempre.
Por esa tarde el mundo podía esperar. Allí, entre sus brazos, eran suficientes el uno para el otro. Y el resto… se resolvería cuando llegara el momento. Juntos.