Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 3. La tormenta
Salí de la ciudad discutiendo una vez más con mi hermano, esta vez por teléfono.
Esa fue la parte que después me costó más admitir: que no me fui porque tuviera un plan, sino porque mi hermano me dijo que no me metiera y yo colgué antes de que terminara la frase.
Para cuando la señal empezó a fallar, ya llevaba noventa kilómetros de arrepentimiento acumulado.
La primera gota golpeó el parabrisas a la altura del desvío.
Cinco minutos después llovía. Diez minutos después, el limpiaparabrisas iba al máximo y no servía de nada. El agua caía en láminas, los árboles se doblaban hacia el camino y las luces de la camioneta apenas alcanzaban a iluminar tres metros de tierra convertida en algo que ya no era tierra.
Reduje la velocidad.
Había pasado un puente.
Creía.
Miré el teléfono en el soporte. La ubicación llevaba un rato sin moverse.
Llegué a una bifurcación sin señalamiento. Dos caminos idénticos. Los dos oscuros. Los dos hundiéndose entre los mismos árboles.
Elegí la derecha.
No fue el peor error que cometí esa noche.
Fue el primero.
El camino empezó a estrecharse a los pocos minutos. Después dejó de sentirse como un camino.
Escuché las llantas patinar, corregí, aceleré un poco y la camioneta se movió de lado con una lentitud casi obscena antes de detenerse por completo.
Puse reversa.
El vehículo retrocedió unos centímetros y se hundió más.
Lo intenté otra vez.
Peor.
Apagué el motor y me quedé con las manos sobre el volante, mirando la lluvia estrellarse contra el cristal.
Lo inteligente era esperar dentro.
Bajé.
El agua me golpeó como si llevara rato esperándome. En menos de un minuto tenía el cabello pegado a la cara, la blusa empapada y los zapatos enterrados hasta el tobillo en algo espeso y frío que hacía un ruido asqueroso cada vez que me movía.
Rodeé la camioneta. Me arrodillé junto a la llanta trasera, enterrada hasta la mitad, y la miré como si eso fuera a servir de algo.
Busqué piedras. Ramas. Metí lo que encontré debajo del neumático, volví a subir, aceleré y las escuché salir disparadas hacia atrás.
Lo repetí dos veces más.
A la tercera me quedé sentada al volante, con las manos temblando sobre las piernas y el agua escurriéndome desde el pelo hasta la cintura.
Encendí la calefacción.
Afuera ya no se veía el camino. No sabía cuánto me faltaba para llegar a la hacienda ni cuánto había avanzado en la dirección equivocada. Caminar era una forma elegante de perderme.
Así que me abracé las rodillas contra el pecho y acepté lo evidente.
Iba a esperar.
Cerré los ojos.
Tenía frío.
Mucho más del que estaba dispuesta a admitir, incluso estando sola.
Pasaron veinte minutos.
Quizá treinta.
Entonces aparecieron las luces.
Dos faros temblando a lo lejos, deformados por el agua.
Me incorporé tan rápido que me golpeé el hombro contra la puerta.
Avanzaban despacio. Se acercaron lo suficiente para tomar forma.
Una camioneta negra.
Grande.
Imponente.
Se detuvo a unos metros.
La puerta se abrió y James descendió.
Cruzó la distancia sin cubrirse y sin apresurarse. La camisa se le oscurecía sobre los hombros a cada paso y su cabello rubio, empapado por la lluvia, comenzaba a pegarse sobre su frente.
Abrió mi puerta de un tirón.
No dijo nada durante un segundo entero.
Sus ojos azules bajaron desde mi cabello pegado al rostro hasta mi ropa empapada y, finalmente, mis manos.
—¿Qué demonios haces aquí?
Parecía enfadado.
Pero debajo del enojo había algo más.
Preocupación.
—Necesitaba hablar contigo.
Miró la llanta hundida.
Después volvió a mirarme.
—No debiste venir. Mucho menos sola y con este clima.
—No había nadie a quien pedirle que viniera conmigo.
Algo se movió en su mandíbula.
—Baja.
—James...
—Baja, Lizzie.
Esta vez no fue una petición.
Obedecí.
El barro cedió en cuanto lo pisé y tuve que agarrarme del marco de la puerta.
James ya me sostenía del brazo.
Su mano estaba caliente.
Fue así como entendí cuánto frío tenía.
—Estás temblando.
—No me importa.
—Tienes los labios morados.
—James, escúchame. Por favor.
No me gustó cómo sonó mi voz.
Débil.
Cansada.
Casi suplicante.
Él intentó llevarme hacia su camioneta. No forcejeé. Simplemente no me moví, y tuvo que detenerse o arrastrarme.
Se detuvo.
—Acepta la presidencia.
La lluvia le corría por el rostro y no hizo nada por apartarla.
—¿Manejaste dos horas en medio de esto para decirme algo que ya te respondí?
—Sí.
—Pudiste llamar.
—No me habrías contestado.
James me sostuvo la mirada.
—Eso no lo sabes.
Por alguna razón, aquella respuesta consiguió descolocarme.
Mi corazón dio un golpe un poco más fuerte, pero lo ignoré.
No había ido hasta allí para analizar la posibilidad de que James todavía contestara mis llamadas.
—Adrián no está listo para ser presidente. Yo tampoco. Y tú eres la única persona en la que el consejo confía.
—Este no es el momento.
—Ya no sé cuánto tiempo tengo.
No aclaré si hablaba de la empresa o de mi padre.
No estaba segura de saberlo yo misma.
James no dijo nada.
Tampoco me soltó.
—Sube a la camioneta —dijo finalmente—. Hablamos adentro.
—No.
—Lizzie.
—Si subo, me llevas a tu casa, me das una toalla y mañana me mandas de regreso a la ciudad sin haberme contestado.
El frío me cortó la voz durante un segundo.
—Te conozco.
Algo cruzó por su expresión.
Y ahí, con el agua entrándome por el cuello, se me acabaron los argumentos.
Los había ordenado durante todo el camino.
Experiencia.
Accionistas.
La amistad entre nuestras familias.
Los tenía contados, listos.
Delante de él no me sirvió ninguno.
Porque había otra razón.
Una que llevaba cinco años sin nombre.
Cinco años de saludos correctos, de lugares separados en la mesa, de evitar quedarnos solos y salir de las habitaciones en las que él entraba.
Y de pronto me pareció tan obvia que me dio vergüenza no haberlo pensado antes.
—Si es por mí...
James frunció el ceño.
—¿Qué?
Tragué saliva.
Ya había empezado.
No podía detenerme.
—Lo siento.
Su expresión cambió.
—Lo que pasó entre nosotros... Yo...
Dios.
¿Realmente estaba teniendo aquella conversación empapada bajo una tormenta?
Al parecer sí.
—Lamento haberme acostado contigo.
James se quedó completamente inmóvil.
Excelente.
Respiré hondo.
—Si no quieres aceptar porque eso significa tener que verme todos los días, no tienes que hacerlo.
Sus cejas se juntaron.
—Puedo alejarme.
Ahora parecía más confundido que molesto.
Yo seguí hablando porque, si me detenía, probablemente moriría de vergüenza.
—No tengo que trabajar en la empresa mientras tú estés ahí. Ni siquiera tienes que verme. Puedo mantenerme completamente al margen.
James me observó.
Su silencio empezó a ponerme nerviosa.
—Hazlo por mi padre. Por favor. Por todos los años que nuestras familias han sido amigas. Él confía en ti y ahora te necesita.
Mi voz volvió a fallarme.
—Te lo suplico, James.
Me abracé con más fuerza, pero ni siquiera eso conseguía detener los temblores.
—Mi familia te necesita.
James no apartó los ojos de mí.
Y entonces dije lo que probablemente no debía decir.
—Yo te necesito.
El silencio entre nosotros duró apenas unos segundos.
Se sintió mucho más largo.
No sabía si temblaba por el frío o por todo lo que acababa de decir.
Probablemente por ambas cosas.
—Me alejaré —añadí—. Te lo prometo.
La expresión de James cambió.
No supe interpretarla.
La preocupación desapareció detrás de algo mucho más frío.
Vi cómo apretaba la mandíbula.
—¿Terminaste?
Parpadeé.
—Sí.
Mi voz apenas salió.
James dio un paso hacia mí.
—Bien.
Esperé.
Una respuesta.
Un sí.
Un no.
Algo sobre aquella noche.
No obtuve nada.
En lugar de eso, James se inclinó y pasó un brazo por detrás de mis rodillas.
—¿Qué haces?
El suelo desapareció bajo mis pies.
Solté un pequeño grito y me aferré a sus hombros mientras él me levantaba como si no pesara absolutamente nada.
—¡James!
No respondió.
Caminó conmigo en brazos hacia su camioneta.
—¡Puedo caminar!
—Lo sé.
—Entonces bájame.
Su bota se hundió ligeramente en el barro y, por puro instinto, me aferré con más fuerza a él.
James bajó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Estaba furioso.
Mucho más que cuando me había encontrado.
Y yo no tenía la menor idea de por qué.
—No vuelvas a decirme que vas a desaparecer de mi vida.
Dejé de moverme.
James abrió la puerta de su camioneta y me acomodó en el asiento.
Después la cerró de un golpe.
Me quedé allí, empapada, congelada y completamente confundida.
Había conducido noventa kilómetros, me había perdido en medio de una tormenta, había enterrado mi camioneta en el lodo y prácticamente le había suplicado que salvara la empresa de mi padre.
Y seguía sin tener una respuesta.
Apoyé la cabeza contra el asiento.
Definitivamente, aquello no había sido un sí.