En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 3: El emperador de piedra
El viaje hacia el palacio duró casi todo el día.
Seraphina permaneció sentada dentro del carruaje, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo. Desde que había abandonado su hogar, no había dejado de mirar por la ventana. El paisaje conocido de los campos fue desapareciendo poco a poco, reemplazado por bosques espesos, montañas oscuras y caminos de piedra que parecían no haber sido pisados en años.
El capitán imperial viajaba delante de ella. Dos jinetes escoltaban el carruaje por cada lado, vestidos con armaduras negras y capas doradas. Nadie hablaba.
Seraphina intentó dormir, pero cada vez que cerraba los ojos imaginaba el rostro de Aurelius Devereaux. No lo conocía, pero los rumores habían construido una imagen aterradora en su mente.
Un hombre sin corazón.
Un emperador cruel.
Un monstruo escondido detrás de paredes de oro.
Apretó la pequeña medalla de plata que su madre le había entregado. El metal estaba frío contra su piel.
—No permitiré que me convierta en una prisionera —murmuró.
El carruaje continuó avanzando.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, las murallas del imperio aparecieron en el horizonte. Eran enormes, construidas con piedra negra y adornadas con relieves de rosas doradas. Sus torres parecían tocar el cielo y, en lo alto de cada una, ondeaban estandartes oscuros con el emblema de los Devereaux.
Seraphina sintió que una presión invisible le oprimía el pecho.
Al atravesar las puertas, observó la ciudad imperial. Era mucho más grande de lo que había imaginado. Las calles estaban llenas de carruajes, comerciantes y soldados. Las personas se apartaban cuando la escolta pasaba, inclinando la cabeza con respeto y temor.
Nadie miraba directamente hacia el carruaje.
Nadie quería llamar la atención del emperador.
Seraphina apoyó la frente contra el cristal. Más allá de las calles principales se levantaba el palacio.
Era monstruosamente grande.
Sus torres negras se alzaban detrás de varias murallas, unidas por puentes de piedra y corredores cubiertos. Las ventanas altas resplandecían con una luz amarilla, como si cientos de ojos observaran la llegada de la joven. En los jardines podían verse árboles retorcidos, fuentes de mármol oscuro y miles de rosales.
Todos estaban marchitos.
Todos, excepto uno.
En el centro del jardín principal, una rosa dorada brillaba bajo la última luz del día.
Seraphina la observó con atención. La flor parecía emitir un resplandor propio, pero cuando quiso señalarla, el carruaje cruzó las puertas interiores y el jardín desapareció de su vista.
El carruaje se detuvo frente a una escalinata.
El capitán abrió la puerta.
—Hemos llegado, lady Seraphina.
Ella respiró profundamente antes de bajar.
El palacio era todavía más imponente de cerca. Las columnas de piedra estaban talladas con figuras de criaturas aladas y reyes antiguos. Sobre las puertas principales había una inscripción en un idioma que Seraphina no entendía.
El viento movió su vestido.
Por primera vez desde que había salido de casa, sintió miedo.
No por el palacio.
Por el hombre que la esperaba dentro.
Un grupo de sirvientes se encontraba formado a ambos lados de la entrada. Todos vestían de negro y oro. Al verla, inclinaron la cabeza, pero ninguno sonrió.
El capitán subió los primeros escalones.
—El emperador recibirá vuestra visita en el salón de las rosas.
—¿Ahora?
—El emperador no acostumbra esperar.
Seraphina levantó el mentón.
—Entonces tendrá que acostumbrarse.
El capitán la miró sorprendido, pero no respondió.
Atravesaron las puertas y caminaron por un largo corredor. El interior del palacio era frío, silencioso y magnífico. Los suelos de mármol oscuro reflejaban la luz de los candelabros. En las paredes colgaban retratos de antiguos emperadores, todos con expresiones severas y ojos que parecían seguir a los visitantes.
Seraphina sintió que aquellos rostros la juzgaban.
Al llegar al salón, el capitán abrió las puertas.
Aurelius Devereaux se encontraba junto a uno de los enormes ventanales.
Durante unos segundos, Seraphina olvidó respirar.
Era más imponente de lo que había imaginado. Alto, fuerte y de hombros anchos, llevaba una túnica negra bordada con hilos dorados. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente y su barba perfectamente cuidada marcaba la dureza de sus facciones. Tenía la piel blanca bronceada y unos ojos oscuros, profundos, casi imposibles de sostener.
No parecía un monstruo.
Eso fue lo que más la desconcertó.
Parecía un hombre demasiado hermoso para pertenecer a un lugar tan sombrío.
Aurelius volvió el rostro hacia ella.
Su mirada recorrió el vestido verde, el cabello dorado recogido y la medalla que Seraphina apretaba entre sus dedos. No expresó sorpresa ni admiración. Solo una fría evaluación.
—Así que tú eres Seraphina.
Ella no hizo ninguna reverencia.
—Y usted es el hombre que decidió que debía casarme con él.
Un silencio pesado cayó en el salón.
El capitán bajó la mirada. Los sirvientes se quedaron inmóviles.
Aurelius no pareció ofendido. Caminó lentamente hacia ella. Cada paso resonó sobre el mármol.
—No decidí nada —respondió—. Tu familia y la mía hicieron un pacto antes de que nacieras.
—Los muertos no pueden decidir por los vivos.
Una sombra cruzó los ojos del emperador.
—Cuidado.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo.
—No necesito consejos de un desconocido.
Aurelius se detuvo frente a ella. La diferencia de tamaño era evidente. Seraphina tuvo que levantar la cabeza para mirarlo, pero no retrocedió.
Él observó sus ojos azules durante un largo instante. Algo extraño ocurrió en su pecho. Una punzada ardiente se extendió bajo su ropa, justo sobre la marca de espinas.
Aurelius ocultó el dolor cerrando una mano.
No entendía por qué aquella muchacha provocaba una reacción tan fuerte en la maldición. Tal vez era el cansancio. Tal vez la luna llena se acercaba. No podía permitirse pensar en otra posibilidad.
—Tu habitación está preparada —dijo.
—No me quedaré.
—Te quedarás.
—No soy una prisionera.
—Mientras permanezcas dentro de este palacio, obedecerás sus leyes.
Seraphina sonrió sin alegría.
—Entonces espero que sus leyes permitan a una mujer decir lo que piensa.
Por primera vez, algo parecido a la curiosidad apareció en el rostro de Aurelius.
—Veremos cuánto dura tu valor.
—Veremos cuánto dura su paciencia.
Los dos permanecieron frente a frente, rodeados por el silencio del salón.
Aurelius fue el primero en apartar la mirada.
—Llévenla a sus aposentos.
Seraphina se dio la vuelta, pero antes de llegar a la puerta escuchó la voz del emperador.
—La ceremonia será dentro de siete días.
Ella se detuvo.
—No me casaré con usted.
—Eso no depende de ti.
Seraphina volvió el rostro.
—Entonces todavía no me conoce.
Aurelius la observó marcharse. Cuando las puertas se cerraron, llevó una mano al pecho. La marca de espinas ardía con una intensidad que no había sentido en años.
En el jardín, lejos de su vista, otra rosa dorada comenzó a florecer.