Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Dilan
Quién diría que yo, Dilan, me dejaría usar de una manera tan deliberada por una mujer. Eso era algo que jamás había pasado en mi vida hasta ahora.
No lograba descifrar con precisión si lo que sentía era un enamoramiento real o si simplemente me había sumergido en una obsesión patológica, pero de lo único que tenía absoluta certeza era de que no la quería lejos de mí. No me podía permitir perderla.
Me quedé de pie junto al borde del colchón, observando en silencio su cuerpo tendido e indefenso en mi cama de descanso. Emma era una mujer innegablemente hermosa; tanto la estructura de su rostro como las líneas de su silueta se habían incrustado en mi mente de tal forma que no conseguía sacármelas de la cabeza. Su impacto en mí era tan devastador que cualquier otro cuerpo femenino me parecía completamente insignificante. Al principio, cuando decidí proponerle el trato, pensé ingenuamente que lo nuestro sería solo un revolcón pasajero, una aventura que dejaría pasar por unos meses para saciar el apetito. Sin embargo, todo mi esquema de control se fue al carajo en el momento exacto en que empecé a involucrar emociones reales.
Ahora, cualquier mínimo intento de su familia por dañarla me enfurecía sobremanera. Cuidar de su estado emocional se había transformado en una fijación diaria; no soportaba verla enfadada, frustrada o con los ojos empañados por la tristeza. En cada una de las cenas de etiqueta a las que asistíamos, mi única prioridad era mantenerme pendiente de ella, intentando por todos los medios que olvidara el hecho de que estaba siendo obligada a actuar como un títere de sus tíos. Quería que fuera ella misma: esa mujer altiva a la que le molestaba seguir órdenes, la chica que comía sin preocuparse por los modales estrictos de la alta sociedad y que no le rendía cuentas a nadie.
Me sentía un hombre afortunado por el simple hecho de verla y tenerla conmigo en mi espacio privado. Pero mi mente estratégica me advertía que, para lograr que Emma se quedara a mi lado de forma permanente, necesitaba ofrecerle algo que la amarrara a mí por voluntad propia. No podía retenerla utilizando la fuerza bruta o el chantaje legal para siempre, así que solo me quedaba una opción viable en el tablero: enamorarla. Tenía que hacer que se obsesionara conmigo de la misma forma en que yo lo estaba de ella, lograr que yo fuera el único hombre con el que deseara estar. Solo así sería completamente mía.
Extendí la mano con lentitud y acaricié su rostro en un roce casi imperceptible, delineando la curva de sus labios y el contorno de sus ojos cerrados.
—¿Puedes amarme? Solo eso... solo te pido que me ames a mí, y a nadie más —le susurré al oído, depositando un corto beso en su frente antes de ponerme de pie, acomodarme la ropa y marcharme de la suite. Todavía tenía un negocio que dirigir y una estrategia que ejecutar.
Movimientos en el tablero: El rey ya no se esconde detrás de la reina, ahora ambos atacan al oponente.
Dilan
—Señor, el encargo confidencial se procesó con éxito. La mercancía de contingencia ya se encuentra en camino hacia los almacenes principales —me informó mi secretario en cuanto entré a la oficina de mi firma secundaria.
Había pasado tantos años trabajando exclusivamente para consolidar mi propio patrimonio; esta empresa alternativa había sido mi única y verdadera preocupación hasta hace unos meses. Sin embargo, por culpa de las exigencias y manipulaciones de mis padres con el consejo de administración, me vi obligado a delegar mis funciones aquí y regresar a mi antiguo puesto en la principal, solo para cumplir con un capricho dinástico.
Me sobé las sienes, sintiendo una punzada de dolor de cabeza debido a la acumulación de problemas. Ya no tenía la oportunidad física ni el tiempo para regresar a ser el director de antes; no podía renunciar a mis obligaciones actuales, pero tampoco me era posible estar presente de forma simultánea en la dirección de ambas compañías. Por lo tanto, tomé una decisión ejecutiva radical: delegar el control total de esta firma a alguien de mi entera confianza.
—Tylor, has sido mi secretario de máxima confianza desde hace mucho tiempo y has demostrado ser impecable en tu desempeño —comencé, llamando su atención.
—Gracias, señor Dilan. Me halaga mucho su comentario —respondió el joven, enderezando la postura, algo avergonzado por el inusual elogio.
—Por esa misma razón, quiero proponerte un ascenso directo a la junta.
La expresión de Tylor mutó instantáneamente de la sumisión a una profunda confusión.
—Señor... valoro enormemente trabajar directamente para usted, pero ¿un ascenso a la dirección? No termino de comprender.
—Voy a dejar de asistir físicamente a las instalaciones de esta empresa por un tiempo indefinido. Por lo tanto, requiero nombrar a un presidente interino que tome las decisiones ejecutivas en mi ausencia.
Vi cómo el cuerpo de Tylor se ponía completamente rígido ante el peso de mis palabras.
—Entonces... ¿piensa traer a un nuevo directivo externo para que asuma la presidencia?
—No —sentencié, mirándolo fijamente—. Quiero que seas tú quien ocupe la silla presidencial.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa absoluta, perdiendo por un segundo la compostura.
—No creo ser el indicado, señor... Eso es una responsabilidad masiva. No considero que sea conveniente para los intereses de la firma que un exempleado de mi rango asuma el control.
—Eres el mejor en lo que haces, Tylor. Además, tu labor consistirá simplemente en dar continuidad a las directrices que yo ya he establecido aquí. Cuando surja un asunto de extrema gravedad que requiera mis firmas notariales, solo debes llamarme; del resto de la operación te encargarás tú.
—Señor Dilan...
—Confío plenamente en tu lealtad, Tylor. Sabes perfectamente que no poseo ese nivel de apertura con absolutamente nadie más en el entorno corporativo. Así que, por favor, analízalo con cabeza fría y dame una respuesta oficial mañana.
—Señor, sé perfectamente que si me está encomendando una tarea de esta magnitud es porque su voto de confianza en mí es absoluto —respondió Tylor, asimilando el panorama—. Pero debe ser consciente de que me convertiré en el blanco inmediato de intrigas y engaños por parte de los socios minoritarios. Ponerme al frente de la toma de decisiones solo le acarreará nuevos enemigos internos.
—Eso es exactamente lo que estoy buscando, Tylor. Por esa razón te coloco a ti en esa posición. Sé perfectamente que tú no me traicionarías bajo ninguna circunstancia, y como mi hermano Diego está acechando activamente para absorber mis activos, necesito un anzuelo que lo obligue a cometer un error. Necesito pruebas contundentes para sacarlo del juego de una vez por todas.
—Bien. Si ese es el panorama, entonces no hay nada más que meditar. Estoy dispuesto a asumir el cargo y proteger sus intereses, señor.
—Excelente. Entonces, a partir de la próxima semana, serás anunciado oficialmente como el nuevo presidente de la firma.
Tylor asintió con un gesto respetuoso y salió del despacho. Sabía que era un hombre íntegro, pero aun así, mi naturaleza desconfiada me impedía relajarme por completo. Toda mi vida me había tocado enfrentarme a personas despiadadas en el ámbito de los negocios, por lo que dudar de las intenciones ajenas se había convertido en un mecanismo de defensa vital para mí.
Sin embargo, cuando se trataba de Emma, parecía que mi lógica empresarial se apagaba por completo; no me importaba en lo absoluto si ella decidía traicionarme de nuevo. Sacudí la cabeza, perdiendo la concentración por un segundo. Otra vez pensando en ella. Me pregunté qué estaría haciendo en ese preciso instante en su escritorio.