Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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POR QUÉ TENDRÍA QUE CONTENERME?
Pólux se quedó en silencio un instante, y la miró con una intensidad que la hizo estremecer hasta los huesos. No había arrogancia en sus ojos, solo una verdad desnuda, sin filtros, sin justificaciones, tan antigua y pesada como el tiempo mismo.
—¿Voy a destruir todo? —repitió suavemente, como si la pregunta misma le doliera—. Déjame preguntarte algo, Marcela, y piénsalo bien antes de responder. Si alguien golpeara y dejara al borde de la muerte a tu hermano pequeño… ¿qué harías tú? Tú eres humana, y ya sé que eres vengativa cuando se trata de los que amas. ¿Te quedarías tranquila? ¿Lo dejarías así nomás, sin hacer nada? ¿Te dirías a ti misma "está bien, lo perdonaré"?
Ella bajó la mirada, sin saber qué responder, porque en el fondo de su corazón ya conocía la respuesta. Y él lo vio. Lo vio en el silencio de ella.
—Pues yo soy un dios —continuó él, con voz firme, sin rastro de duda, con una convicción que no se puede discutir—. Mi poder es mil veces más grande que el tuyo. Mi amor por él es más antiguo que estas montañas, que este cielo. Entonces… ¿por qué tendría que contenerme? ¿Por qué tendría que ser mejor que ustedes? ¿Por qué tendría que perdonar lo que ni siquiera ellos se atreven a reconocer que hicieron? ¿Por qué se espera que yo sea misericordioso cuando nadie lo fue con él?
Se acercó un poco más, y sus ojos brillaron con esa luz dorada que solo él podía encender, una luz que no quemaba, pero que revelaba toda la verdad que había detrás.
—Cástor es mi hermanito. Mi otro yo. La mitad de mi alma. Y cuando alguien toca la mitad de tu alma… no hay perdón que valga. No hay ley que te detenga. Si tú, siendo humana, sentirías ganas de destrozar al que le hiciera daño a tu hermano… imagínate lo que siento yo. Imagínate el fuego que llevo dentro cada vez que recuerdo lo que le hicieron.
Marcela tragó saliva. No podía discutirle. No podía decirle que estaba mal. Porque en el fondo… tenía razón.
—Pero… —susurró ella, con voz temblorosa—. Si destruyes todo… también desaparecen los inocentes. La gente que no tuvo nada que ver.
—Lo sé —respondió él, y su voz se suavizó apenas, como si esas palabras le costaran decirlo—. Por eso me contengo. Por él. Porque si Cástor despertara y viera que destruí todo… me miraría con esa tristeza que duele más que cualquier golpe. Y no quiero que me mire así. No quiero que se avergüence de mí. Mientras él esté aquí, mientras pueda Decirme "basta", yo me detendré. Pero si algo le pasa… si lo pierdo… entonces ya no habrá nadie que me diga basta. Y entonces… sí. Todo será polvo. Igual que la Atlántida.
El silencio cayó entre los dos, pesado, inevitable. Marcela comprendió entonces la verdad más simple y más terrible de todas: no se contenía por bondad ni por miedo. Se contenía por amor. Porque su hermano era la única voz en el universo que podía decirle "basta" y él la escuchaba. Y esa voz estaba débil, casi apagada, en una cama de hospital.
—Entiendo —susurró ella—. Mientras él esté vivo… tú te detienes. Por él.
—Sí —asintió él, con una tristeza infinita en la mirada—. Solo por él.