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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 1

La lluvia caía como si el cielo también quisiera quitarme a mis hijos.

Apreté el volante con las dos manos, tan fuerte que los nudillos se me pusieron blancos, y hundí el pie en el acelerador. El limpiaparabrisas iba y venía, inútil, arrastrando el agua de un lado a otro sin lograr aclarar nada, y aun así yo veía lo único que importaba: la carretera negra de Valle de Bravo retorciéndose entre la montaña como una serpiente mojada, y en el asiento del copiloto, sujeta con el cinturón, la canasta con mis bebés envuelta en una manta de rombos que ya empezaba a oscurecerse por la humedad que se colaba por la ventana mal cerrada.

—Aguanten, mis amores —dije, y ni yo reconocí mi propia voz, ronca, quebrada, como si llevara horas gritando—. Mamá los va a sacar de aquí. Se los juro. Se los juro por lo que más quieran.

El tablero marcaba una velocidad que jamás había alcanzado en mi vida, y aun así sentía que no era suficiente, que la carretera se estiraba a propósito para que Renata tuviera tiempo de alcanzarme. Cada bache me sacudía el estómago; cada relámpago iluminaba, por una fracción de segundo, el barranco que corría paralelo al camino, un vacío negro esperando pacientemente a un lado del asfalto.

Dos días. Dos días me tomó recuperarlos. Dos días fingiendo ser enfermera, con una cofia prestada y un gafete robado, caminando por los pasillos de la casa Rosales con las piernas temblando bajo la falda almidonada, sonriendo a los guardias que no me reconocían, memorizando turnos, contando pasos, hasta que por fin, esa misma tarde, los tuve otra vez entre mis brazos, calientitos, con ese olor a talco y a leche que se me clavó en el pecho como un ancla. No pensaba soltarlos nunca más. Antes muerta que soltarlos.

Todavía sentía en las manos el peso exacto de cada uno, la manera en que sus deditos se habían cerrado sobre los míos apenas los levanté de la cuna, igual que si también ellos, sin conocerme, hubieran reconocido algo. Nueve meses los cargué sola. Cinco días los tuve conmigo antes de que me los arrancaran. No voy a perderlos otra vez.

Por el retrovisor, tres pares de faros me perseguían y se acercaban, agrandándose en el espejo como ojos de un animal hambriento.

Renata.

Mi madrastra no iba a dejar que me los llevara. Claro que no. Los niños valían demasiado para ella —dinero, apellido, una historia que contar en las cenas de sociedad— como para permitir que su propia hijastra, yo, la estorbosa, la que sobraba en cada fotografía familiar, se los quitara sin pelear.

—No me van a alcanzar —susurré, más para convencerme a mí misma que otra cosa. La voz me temblaba tanto que ni yo me creí la mentira.

Tomé la siguiente curva casi sin frenar, el cuerpo del auto inclinándose de un modo que me apretó el estómago. La camioneta de atrás se emparejó a mi lado, tan cerca que oí el rugido de su motor por encima del tamborileo de la lluvia contra el techo. Adelante, en el cruce, dos autos negros estaban atravesados en la carretera, cerrándome el paso con la precisión de algo planeado con horas de anticipación. Hombres de seguridad, con impermeables oscuros que brillaban bajo las pocas luces del camino, ya bajaban de ellos con la calma espantosa de quien ha hecho esto antes.

Un retén. Me habían tendido un retén.

Frené un instante. El corazón me latía en la garganta, tan fuerte que dolía, y por un segundo absurdo pensé en todas las cosas que no había alcanzado a decirles a mis hijos, todas las canciones que no les había cantado, todos los nombres que quizás nunca les pondría con calma, en una cocina tranquila, sin que nadie nos persiguiera. Pensé en la niña dormida contra mi hombro esas cinco noches, en el niño que apenas empezaba a fijar la vista en mi cara cuando le hablaba bajito en la oscuridad. Todavía no les canté nada. Ni una sola canción entera.

Si me detengo, es lo mismo que morir. Si sigo, tal vez todavía nos quede una oportunidad.

Miré la canasta. Uno de los bebés soltó un llanto agudo, delgado, que me partió por dentro como un cuchillo caliente. El otro se removió, buscando con la boca abierta algo que calmara el susto, sin encontrarlo. Estiré la mano derecha sin soltar el volante y rocé la manta, un gesto inútil pero necesario, algo que necesitaba hacer aunque no sirviera de nada.

—Perdónenme —dije, y aceleré directo hacia el hueco entre los dos autos, con los ojos cerrados por una fracción de segundo antes de obligarme a abrirlos.

El golpe fue brutal. El metal chilló contra el metal en un alarido que me reventó los oídos, el parabrisas se estrelló en una telaraña blanca que fragmentó el mundo en mil pedazos de vidrio, y mi cabeza rebotó contra algo duro —el marco de la puerta, el volante, no lo supe nunca— con un dolor blanco que me arrancó el aire de los pulmones. Por un segundo el mundo se apagó, un vacío negro y silencioso donde no había lluvia ni motor ni miedo.

Cuando volví en mí, el auto ya no rodaba. Estaba inclinado hacia adelante, de una forma que no tenía sentido, como si la física misma se hubiera roto junto con el metal. El motor humeaba, un olor acre a aceite quemado colándose por las rendijas. Y entonces lo entendí, con una claridad helada que me subió desde el estómago: había reventado el barandal de contención. Medio auto colgaba fuera de la carretera, sobre la barranca. Bastaba con moverse un poco, con respirar demasiado fuerte, para caer al vacío.

—No, no, no —jadeé, la voz reducida a un hilo.

Un hilo de sangre me bajaba por la sien y se me metía en el ojo derecho, tibio, salado, nublándome la mitad del mundo. No me atreví a limpiármelo. No me atreví a moverme más de lo estrictamente necesario.

Estiré la mano hacia la canasta, temblando tanto que apenas podía cerrar los dedos. Mis bebés seguían llorando, vivos, gracias a Dios, vivos, los dos, sus vocecitas mezclándose en un dueto desesperado que era la música más terrible y más hermosa que había oído en mi vida. Pero mi pie estaba atrapado bajo el tablero deformado, prensado entre el metal retorcido, y no cedía por más que yo tiraba, por más que sentía la piel rasgarse contra los bordes filosos.

No puedo moverme. No puedo llegar hasta ellos. Dios, por favor, que alguien más los saque de aquí. Que no se ahoguen en su propio llanto colgados sobre este abismo.

La puerta del copiloto se abrió de golpe, con un chirrido metálico que me heló la sangre.

—Deme a los niños, señorita. No haga esto más difícil.

Un hombre de Renata, alto, con la cara medio cubierta por la capucha del impermeable. Metió los brazos por encima de mi cuerpo y sujetó la canasta con una eficiencia fría, profesional, como quien recoge un paquete.

—¡No! —grité, aferrándome a ella con las dos manos, sin importarme que el auto se meciera hacia el abismo con cada movimiento brusco—. ¡Son míos! ¡Suéltelos, por favor, se lo suplico, haga lo que quiera conmigo pero a ellos no!

—Son órdenes, señorita.

—¡Lléveme a mí también, entonces! ¡Lo que sea, pero no los separe de mí, no puede hacerles eso, son recién nacidos!

El hombre ni siquiera me miró a la cara. Tenía los ojos fijos en la canasta, como si yo no existiera, igual que si mi voz fuera solo un ruido más entre la lluvia y el motor humeante.

Tiró con fuerza. Yo tiré de vuelta, con una desesperación que no sabía que cabía en un cuerpo humano. El auto crujió, se deslizó unos centímetros hacia la nada, y el pánico me obligó a soltar un instante: si seguía jalando, caeríamos todos, la canasta y yo y ese hombre, todos juntos a la barranca.

Fue lo único que necesitó.

Me arrancó la canasta de los brazos y retrocedió con ella bajo la lluvia, protegiéndola con su propio cuerpo, encorvado sobre la manta como si de verdad le importara que no se mojaran, llevándose lo único que me quedaba en el mundo.

—¡No! ¡NO! —Estiré la mano por la ventana rota, sintiendo los vidrios cortarme el antebrazo sin llegar a importarme. Mis dedos rozaron el borde de la manta y se cerraron sobre el aire—. ¡Tráiganmelos! ¡Devuélvanme a mis hijos! ¡Por lo que más quieran, devuélvanmelos!

El hombre no volteó. Se alejó hacia los faros, hacia la silueta que empezaba a recortarse contra ellos, mientras yo, con el pie destrozado y el rostro cubierto de sangre y lluvia mezcladas en un solo líquido tibio, alcanzaba el vacío que él dejaba atrás, una y otra vez, como si la insistencia pudiera acortar la distancia.

Un paso más. Solo un paso más y los alcanzo. No puede ser tan lejos, no puede ser que los pierda así, después de todo lo que hice para recuperarlos.

Y no llegaba. Por más que estirara la mano, por más que gritara hasta desgarrarme la garganta, no llegaba.

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Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
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