El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo III Desafiando al Alfa
Punto de vista de Amelia
El motor del vehículo rugía con fuerza mientras corría por la carretera a una velocidad suicida. El paisaje urbano de la ciudad, con sus luces de neón y sus edificios familiares, había sido reemplazado por la penumbra densa y asfixiante de un bosque interminable.
Apreté las rodillas contra mi pecho en el asiento trasero, sintiendo cómo el corazón me golpeaba mi pecho con la fuerza de un martillo. Mis manos, aún manchadas con la sangre de la cirugía, temblaban de forma incontrolable.
Trataba de buscar una respuesta lógica. Como médica, mi mente estaba entrenada para la ciencia, para la anatomía y la razón. Pero lo que había visto en la sala de traumatología desafiaba cualquier diagnóstico: una bestia enorme, un lobo del tamaño de un vehículo pequeño, irrumpiendo entre rugidos monstruosos. Y luego... este hombre.
Giré la cabeza con cautela para mirarlo.
Alexander estaba sentado a mi lado. A pesar de haber recibido una herida mortal hacía menos de dos horas, permanecía con la espalda recta, con el torso desnudo y los músculos en tensión. Sus ojos dorados me observaban fijamente en la penumbra del vehículo, cargados de una posesividad que me erizaba el vello de los brazos.
—Esto es un secuestro —logré articular, aunque mi voz sonó rasposa por el miedo—. Es un delito federal. Tengo pacientes esperando en el hospital, mi turno no ha terminado...
—Tú ya no perteneces a ese hospital, Amelia —respondió él. Su voz era grave, profunda, como el sonido de un trueno lejano—. Esos hombres que atacaron la sala eran renegados. Si te dejaba allí, te habrían masacrado solo por haber curado mi cuerpo. Te salvé la vida.
—¡Me arrastraste fuera de mi mundo! —protesté, incorporándome en el asiento sin importar el peligro—. ¡Vi a un animal gigante! ¡Vi cómo tu cuerpo regeneró la piel en minutos! ¿Qué clase de experimento son? ¿Qué me vas a hacer?
En el asiento del copiloto, el sujeto llamado Marcus soltó un bufido de desprecio sin volverse a mirar.
—Deberías medir tu tono, humana —siseó Marcus con frialdad—. Estás hablando con el Alfa de la manada de las Sombras. Cualquier otra criatura ya habría perdido la cabeza por faltarle al respeto de esa manera.
—¡A mí no me importa su título de secta! —exclamé, sintiendo que la rabia le ganaba terreno al pánico—. ¡Exijo que detengan este vehículo y me dejen bajar!
Alexander no se inmutó. Extendió su mano enorme y, antes de que pudiera esquivarlo, sus dedos cálidos acariciaron mi mejilla con una delicadeza desconcertante. El contacto envió un chispazo eléctrico por todo mi cuerpo que me hizo ahogar un suspiro.
—No voy a hacerte daño jamás —murmuró Alexander, ignorando el comentario de su Beta—. Pero no puedo dejarte ir. El destino te puso en mi camino y mi deber es protegerte, incluso de ti misma.
El vehículo redujo la velocidad al desviarse por un camino privado bordeado por enormes portones de hierro cargados de runas y símbolos antiguos. Al cruzarlos, el paisaje cambió drásticamente. En medio del bosque frondoso se levantaba una propiedad monumental: una mezcla entre una fortaleza militar de piedra y una mansión de lujo moderno, rodeada por antorchas y hombres de aspecto imponente que custodiaban el perímetro.
Al detenerse la camioneta, docenas de personas salieron a recibir a estos sujetos. Vi cómo todos, absolutamente todos los presentes, agachaban la cabeza en un gesto de absoluta sumisión en cuanto Alexander abrió la puerta.
El Alfa bajó primero y me extendió la mano.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Amelia —dijo con firmeza.
Miré la mano que me ofrecía y luego miré a la multitud. Las miradas de la gente no eran amables; me observaban con curiosidad, recelo y un evidente desprecio al percibir mi olor totalmente humano.
—No voy a bajar —sentencié, cruzándome de brazos en el asiento—. Este no es mi hogar.
Alexander suspiró, demostrando que su paciencia tenía un límite. Sin pedir permiso, se inclinó dentro del vehículo, me tomó en brazos con la misma facilidad con la que se levanta a un niño y me pegó a su pecho mientras yo pataleaba sin éxito.
—¡Bájame! ¡Eres un salvaje! —grité, golpeando sus hombros rígidos como el acero.
Caminó con paso firme a través del vestíbulo de la fortaleza, ignorando los murmullos de los guerreros y las ancianas que miraban con horror cómo su rey cargaba a una mortal. Subió por una amplia escalinata de madera oscura hasta llegar a los aposentos principales, una habitación gigantesca con un ventanal enorme hacia las montañas y una chimenea encendida.
Al entrar, me depositó con cuidado sobre una alfombra mullida y cerró la pesada puerta de roble con seguro.
Me giré de inmediato, buscando desesperadamente algo con qué defenderme. Tomé un abrecartas de plata que estaba sobre el escritorio de madera y lo apunté directamente hacia su pecho.
—Aléjate de mí —amenacé con la respiración agitada—. Si das un paso más, te juro que voy a usar esto.
Alexander miró el arma improvisada en mis manos y, lejos de enojarse, una leve sonrisa cargada de fascinación se dibujó en sus labios. Dio un paso al frente, acortando la distancia sin mostrar el más mínimo temor.
—Esa pequeña hoja no le hace nada a alguien como yo, mi pequeña cirujana —dijo con voz suave, deteniéndose a solo centímetros de la punta de plata—. Pero me gusta que tengas garras, aunque sean de papel.
—Deja de llamarme "tuya", deja de usar palabras raras y dime la verdad de una vez —exigí, sintiendo cómo las lágrimas de frustración amenazaban con salir de mis ojos—. ¿Qué son ustedes? ¿En qué lugar me metiste?
Alexander borró la sonrisa de su rostro. Su mirada dorada se volvió profunda y seria. Dio un paso más, tomando la punta del abrecartas con sus dedos desnudos y apartándolo con suavidad hasta quitármelo de las manos.
—Te traje al único lugar donde estarás a salvo —explicó, mirándome fijamente—. El mundo que conoces es solo una fachada, Amelia. Las historias con las que asustan a los niños son reales. La criatura que viste en el hospital no era un monstruo de laboratorio. Era un lobo. Un renegado de nuestra especie.
Se acercó un poco más y el aire de la habitación pareció volverse más pesado, cargado de una energía ancestral.
—Yo no soy un hombre común. Soy el Alfa de la manada de las Sombras. Un hombre lobo —confesó sin rodeos, sosteniéndome la mirada—. Y la naturaleza, la Luna que nos rige, te eligió a ti para ser mi compañera. Mi reina.
El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor. Lo miré fijamente, buscando un rasgo de burla en su rostro, pero solo encontré una verdad aterradora.
—Estás loco... —susurré, dando un paso atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared—. Eso es imposible. La anatomía humana no permite... los hombres lobo no existen.
—Existen. Y estás parada en medio de su territorio —sentenció Alexander, colocándose frente a mí y bloqueando cualquier vía de escape con su imponente figura—. Sé que es demasiado para procesar. Sé que estás asustada y que me odias por haberte sacado de tu rutina. Pero de aquí no vas a salir.
Me clavó la mirada, reafirmando el título de la historia con una intensidad que me hizo temblar la piel.
—Tu manada te va a exigir que seas una guerrera, que te comportes como una loba y que te arrodilles ante las tradiciones de mi pueblo. Pero yo solo necesito que sobrevivas.
Apreté los puños contra la pared, levante el mentón con toda la dignidad que me quedaba y lo miré a los ojos con la firmeza de quien no piensa dejarse vencer.
—Entonces escuchame bien, Alexander —le respondí con voz helada—. Si tu gente espera que me convierta en una de sus bestias, van a quedar muy decepcionados. No voy a pelear tus guerras, no voy a usar garras y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Y si piensas tenerme cautiva, vas a tener que lidiar con una mujer que jamás se va a rendir.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto