El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 20
Lucero me acercó el sombrero de papel donde había echado los papelitos doblados.
—Saca uno —ordenó—. En blanco es verdad; con una equis es reto.
Metí la mano. Recé para que fuera lo menos malo. Saqué un papelito y lo desdoblé: en blanco.
—¡Verdad! —anunció ella, relamiéndose.
"Verdad. Bien. Lo que sea. Ya casi acaba esto."
Lucero se tomó su tiempo. Le dio un trago largo a su cerveza, me miró por encima del vaso y, con toda la crueldad afectuosa de una comadre en su elemento, preguntó:
—A ver, comadre… ¿cuándo fue la última vez que hicieron el amor tu esposo y tú?
El privado entero se calló. Hasta la canción de fondo pareció bajarle al volumen.
Yo me quedé con la boca entreabierta, buscando una respuesta que no llegaba. Porque la verdad —la verdad de verdad— era que no me acordaba. ¿Un año? ¿Dos? En algún momento de esos veinte años de matrimonio, Rodrigo había dejado de tocarme y yo había dejado de notar que no me tocaba, y las dos cosas me parecían ahora igual de tristes.
—Eso… no es asunto de nadie —dije, con la voz más firme que pude fabricar.
—¡Uy, tan misteriosa! —Lucero se rió—. No me digas que ya ni te acuerdas. —Y entonces, bajando la voz con falsa preocupación, remató—: Oye, comadre, ¿y no será que tu marido ya no… tú sabes? ¿Que está fallando el motor?
Las risas estallaron. Dos de los maestros jóvenes, envalentonados, se sumaron con doble sentido:
—Ah, es que a cierta edad ya el equipo no responde…
—O a lo mejor el problema no es él, ¿verdad, profesora? A lo mejor ya no hay quien le eche ganas a la mercancía…
Sentí las uñas clavárseme en la palma. Debajo de la mesa, apreté los puños hasta que me dolieron. No iba a llorar. No delante de ellos. No por esto.
Levanté la barbilla y miré al que había hablado, ese muchacho de treinta años recién titulado que enseñaba dos grupos y se creía Octavio Paz.
—Qué curioso —dije, y bajé la voz, porque cuando de verdad me enojo, la bajo—. Un hombre que necesita hablar de la vida sexual de las señoras para sentirse hombre suele tener muy poca de la suya propia. ¿Verdad, licenciado? Cuídese, que a los treinta ya empieza a fallar el equipo.
Se oyó un "¡ooooh!" y una carcajada, esta vez a costa de él, que se puso rojo hasta las orejas y se hundió en el sillón. Don Efraín Ordóñez soltó una risotada de barítono y golpeó la mesa.
—Bien dicho, profesora Nava. Y ya, muchachos, dejen la grosería. Esto se está pasando de la raya.
Pero Lucero, terca como una mula, no había terminado.
—Ash, se rajó con la verdad. —Me quitó el papelito—. Entonces vas a reto. Tienes que hacer un reto.
—Lucero…
—¡Reto, reto, reto! —coreó la mesa.
Ella fingió pensarlo un segundo, aunque yo sabía perfectamente que lo tenía planeado desde antes.
—Ya sé. —Señaló alrededor del privado, donde solo había un hombre que no rebasaba los treinta y cinco—. Tienes que besar al galán más guapo del cuarto. Y aquí, con todo respeto para don Efraín, el único candidato es… tu vecino.
Todos voltearon a ver a Dante. Y luego a mí.
—No —dije—. Eso sí que no.
—¡Es un reto! ¡Se vale todo!
—No voy a besar a nadie. Soy una mujer casada, tengo cuarenta años y él es…
—Ya párenle. —Don Efraín se puso de pie, serio de golpe—. Esto ya no es un juego, es una falta de respeto a la profesora. Se acabó. Yo pago la siguiente y nos calm…
—Yo puedo besar a la profesora Nava.
La voz de Dante cortó todo.
Se había puesto de pie. No lo empujó nadie, no lo retó nadie; lo dijo él, por su propia voluntad, con una calma que hizo que el privado entero se congelara. Me miraba solo a mí.
—¿Qué? —alcancé a decir.
Rodeó la mesa en dos pasos. Se agachó frente a mí. Me tomó la barbilla entre los dedos —firme, tibio, sin brusquedad pero sin permitir escape— y antes de que yo pudiera articular una palabra, me besó.
Delante de todos.
No fue un beso de reto, un pico rápido para cumplir. Fue un beso de verdad, hondo, que me abrió los labios y me robó el pensamiento entero. Sabía a menta y a algo cálido, y su mano me sostenía la cara como si yo fuera algo que se pudiera romper y que él no pensara dejar caer.
El privado estalló. Aplausos, silbidos, gritos. Lucero chillaba. Alguien golpeaba la mesa. Y yo, que debí empujarlo en el primer segundo, tardé tres en reaccionar, porque durante tres segundos completos se me olvidó que había gente, que había mundo, que yo era una mujer prudente.
Se separó apenas, con la respiración un poco alterada, y murmuró contra mi boca, tan bajo que solo yo lo oí:
—Besar es con lengua, profesora. Así se hace bien.
Y volvió a besarme. Más profundo. Buscando más.
Esta vez sí reaccioné. Le puse las dos manos en el pecho y lo empujé, con la cara ardiendo, un hilo de saliva rompiéndose entre los dos, y el corazón golpeándome como si quisiera salírseme por la garganta.
—¡Otro, otro, otro! —coreaban los maestros, muertos de risa, aporreando la mesa.
Me levanté de un salto. Tomé mi bolsa.
—Sebastián me está esperando —dije, con una voz que ni yo reconocí—. Ya me tengo que ir. Con permiso.
Y salí casi corriendo del privado, con las carcajadas persiguiéndome por el pasillo de luces moradas.
Afuera, la banqueta estaba fresca. Eran casi las siete y el cielo tenía ese morado de anochecer temprano. Caminé rápido, respirando el aire frío a bocanadas, tratando de apagar la fogata que traía en la cara.
—Profesora. —Sus pasos me alcanzaron—. Bea. Espérame.
Me di la vuelta.
—¿Por qué hiciste eso? —Le clavé el dedo en el pecho—. ¿Por qué me besaste delante de todo el mundo? ¿Sabes lo que van a andar diciendo mañana? Soy profesora, tengo un hijo, estoy en pleno divorcio, y tú…
—El que pierde, paga. —Se encogió de hombros, con esa media sonrisa insoportable—. Era un reto. Te salvé de tener que rechazarlo.
—¡No me salvaste de nada! ¡Me metiste en un problema más grande!
La sonrisa se le fue borrando. Se puso serio, y cuando se puso serio, se veía mayor de lo que era.
—Tienes razón. —Bajó la cabeza—. Perdón. De verdad. No debí, sin preguntarte. Perdóname.
Ese "perdóname" me desarmó más que cualquier beso. Suspiré. Me apoyé contra la pared fría del edificio y me froté la sien.
—Dante. Tenemos que hablar en serio.
—Te escucho.
—Voy a poner tres reglas. Y las vas a respetar. —Levanté un dedo—. Uno: nada de besos a la fuerza, nada de tocar de más. Lo de hoy no se repite.
—Aceptado.
—Dos: distancia. Somos vecinos, me llevas a la universidad porque te empeñas, y ya. No más de eso en público.
—Aceptado. —Un segundo de duda—. En público.
—Y tres. —Aquí me costó. Bajé la vista—. Tres: deja de cortejarme. Ya, en serio. Me… me pesa. Me haces regalos, me cuidas, curas a mi hijo, me defiendes, y yo no sé qué hacer con todo eso. Siento que te debo demasiado. Hay noches que no duermo pensando en cuánto te debo. Y no quiero deberle nada a nadie, ¿entiendes? No otra vez.
Se quedó callado un momento. La luz de un anuncio le pintaba media cara de rojo.
—Los primeros dos, aceptados —dijo despacio—. El tercero, no.
—Dante…
—No, Bea. —Dio un paso hacia mí, y bajó la voz, esa voz suya de cuando algo le importaba de verdad—. Yo no te cuido para que me debas nada. Lo que siento por ti no cobra intereses. No espera nada a cambio. Si tú nunca me correspondes, allá tú y allá mi corazón, pero no me pidas que deje de quererte, porque eso no lo controlo ni yo. Solo dame una cosa: la oportunidad de cortejarte. Una oportunidad. Si no funciona, no funciona. Pero déjame intentarlo.
Yo no supe qué contestar. Cuarenta años y un muchacho de veintidós me dejaba sin palabras en una banqueta.
—Dame tu meñique —dijo él, extendiendo el suyo.
—¿Qué somos, niños de primaria?
—Dámelo.
Se lo di. Enredó su meñique con el mío. Su piel tibia contra el frío de la noche.
—Prometido —dijo—. Reglas uno y dos, las respeto. La tres, seguiré intentando. —Y luego, echando a perder la solemnidad, me pellizcó la mejilla—. Estás bien bonita cuando te enojas, profesora.
Le aparté la mano de un manazo.
—Ya, respeta las reglas.
—La regla dice besos. No dice pellizcos. —Se rió, esquivándome—. Anda, sube al auto, te llevo. Sebastián debe tener hambre.
Estaba abriéndome la puerta del Maybach cuando mi teléfono empezó a sonar en la bolsa. Lo saqué. En la pantalla: PAPÁ.
Se me apretó algo en el pecho. Mi papá casi nunca llamaba. En el pueblo, a las siete de la noche, ya estaba dormido.
—¿Bueno? ¿Papá? ¿Está todo bien?
—¿Bien? —La voz de don Genaro tronó por la bocina, tan fuerte que Dante la oyó desde el otro lado del auto—. ¿Cómo va a estar bien? ¡Me acaba de hablar tu tía Chole para preguntarme si es cierto que su sobrina se anda divorciando! ¡Que anda de boca en boca en el pueblo! Dime que es mentira, Beatriz. Dime que mi hija no está pensando en divorciarse.
—Papá, yo…
—¡En esta familia nadie se ha divorciado nunca, óyeme bien! ¡Nadie! ¡Tu abuela aguantó, tu madre aguantó, y tú te vas a aguantar! ¡Ya tienes cuarenta años, no seas ridícula! ¿Qué te crees, una chamaca? ¡Vas a deshonrar el apellido, vas a dejar a mi nieto sin padre, y todo por tus caprichos!
Sentí que la banqueta se movía bajo mis pies.
—Papá, si supieras lo que hizo Rodrigo…
—¡No quiero saber nada! —rugió—. ¡Un hombre es un hombre! ¡Y una mujer decente perdona y se queda en su casa! Óyeme bien lo que te voy a decir, Beatriz: si te divorcias… si te atreves a divorciarte… no vuelves a poner un pie en esta casa. Para mí te mueres. ¿Me oíste? Te mueres.
Y colgó.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono muerto, en una banqueta fría, mientras a mi lado un muchacho de veintidós años me miraba sin saber qué decir, y el sabor de su beso todavía no se me quitaba de la boca.