Segunda parte
Isabella creía haber dejado atrás los secretos del pasado, hasta que un contrato inesperado la obliga a unir su destino con el misterioso heredero Blackwood.
Un matrimonio por conveniencia, una regla que no pueden romper y sentimientos que jamás estuvieron en el contrato. 💍❤️
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Capítulo 2 — La firma falsa
Isabella permaneció inmóvil frente al escritorio.
La hoja temblaba ligeramente entre sus dedos.
No por miedo.
Por rabia.
La firma de Damián Blackwood estaba debajo de una advertencia que podía cambiar completamente el significado del contrato.
“No firmes el contrato con el heredero.”
—Esto no puede ser una coincidencia —murmuró.
Volvió a mirar la firma.
Había visto la firma de Damián en los documentos que le había entregado aquella tarde.
Parecía idéntica.
Pero algo no encajaba.
Si Damián quería impedir que firmara, ¿por qué se había tomado la molestia de ofrecerle un contrato?
Y si realmente quería engañarla, ¿por qué advertirle que no firmara?
Isabella guardó la hoja en una carpeta.
No iba a tomar ninguna decisión impulsiva.
Primero necesitaba respuestas.
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A la mañana siguiente, Isabella llegó temprano a la Fundación Aurora.
Valentina ya la estaba esperando.
—Tienes una cara terrible.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Isabella dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Alguien entró anoche a la biblioteca.
Valentina se puso seria.
—¿Qué?
—Encontré esto.
Le entregó la hoja.
Valentina la leyó.
—¿La firma de Damián?
—Sí.
—¿Él entró?
—No lo sé.
—¿Y qué piensas hacer?
Isabella tomó aire.
—Voy a preguntárselo directamente.
Valentina negó.
—No vayas sola.
—No tengo miedo de Damián.
—No estoy hablando de él. Estoy hablando de quien dejó esto.
Isabella la miró.
Valentina tenía razón.
—Entonces vienes conmigo.
—Por supuesto.
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Dos horas después, el automóvil se detuvo frente al edificio principal de Blackwood Holdings.
El lugar era enorme.
Cristal, acero y mármol.
En la entrada, el símbolo de la familia Blackwood aparecía grabado sobre una pared.
Isabella lo observó durante unos segundos.
—Todo esto pertenece a Damián.
—En teoría —respondió Valentina.
—¿Qué quieres decir?
—Si el contrato es cierto, todavía no tiene el control completo.
Isabella recordó las palabras de Damián.
Su abuelo había establecido una condición.
El matrimonio.
La situación comenzaba a parecer mucho más complicada.
Entraron al edificio.
Una recepcionista se acercó.
—¿Puedo ayudarla?
—Soy Isabella Iglesias. Necesito hablar con Damián Blackwood.
La mujer revisó su computadora.
—El señor Blackwood está en una reunión.
—Dígale que estoy aquí.
—No creo que pueda interrumpirlo.
—Entonces dile que encontré la nota.
La recepcionista levantó la mirada.
—¿Qué nota?
Isabella sonrió.
—Exactamente.
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Cinco minutos después, las puertas del ascensor privado se abrieron.
Un hombre salió rápidamente.
Era Damián.
Su expresión cambió al ver a Isabella.
—¿Qué haces aquí?
Isabella sacó la hoja.
—Tenemos que hablar.
Damián tomó el papel.
La leyó.
Su rostro se endureció.
—¿Dónde encontraste esto?
—En mi biblioteca.
—¿Cuándo?
—Anoche.
Damián volvió a mirar la firma.
—Yo no escribí esto.
—La firma parece tuya.
—Lo sé.
—Entonces explícame.
Damián levantó la mirada.
—Porque alguien está intentando incriminarme.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Y por qué querrían hacerlo?
Damián respondió inmediatamente:
—Para que rechaces el contrato.
Isabella lo observó.
—¿Quién?
Damián guardó silencio.
—Eso es lo que estoy tratando de descubrir.
—¿Ya sabías que alguien estaba intentando impedir el acuerdo?
—Sí.
Isabella frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
—¿Y no pensaste que era importante decírmelo?
—No quería involucrarte.
Isabella soltó una pequeña risa.
—Ya estoy involucrada.
Damián no respondió.
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—Necesito enseñarte algo —dijo finalmente.
Los condujo hasta una sala privada.
Cerró la puerta.
Sobre la mesa había varias carpetas.
Damián abrió la primera.
—Durante los últimos seis meses, tres personas intentaron acceder a los archivos privados de mi familia.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—¿Y qué buscaban?
—El mismo documento que mencionó tu abuelo.
Isabella se quedó quieta.
—¿El documento que conecta a nuestras familias?
Damián asintió.
—Exactamente.
Sacó una copia de un registro antiguo.
—Mi padre me habló de él antes de morir.
Isabella lo tomó.
—¿Qué dice?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—El documento está incompleto.
Valentina se acercó.
—¿Qué parte falta?
Damián señaló una sección.
—La última página.
Isabella recordó la frase que había encontrado.
“No firmes el contrato con el heredero.”
—Quizás la última página explique todo.
Damián la miró.
—Eso creo.
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De repente, las luces se apagaron.
Valentina dio un pequeño salto.
—¿Qué pasó?
Damián permaneció tranquilo.
—No se muevan.
Se escuchó un ruido en el pasillo.
Una puerta cerrándose.
Damián tomó su teléfono.
—Seguridad.
No hubo respuesta.
Volvió a intentarlo.
Nada.
—Esto no es un apagón normal.
Isabella sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué está pasando?
—Alguien desactivó el sistema de seguridad.
Unos segundos después, las luces de emergencia se encendieron.
Damián miró hacia el escritorio.
Una de las carpetas había desaparecido.
—No.
—¿Qué? —preguntó Isabella.
Damián caminó hasta la mesa.
—La copia del registro.
Ya no estaba.
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Damián salió de la sala.
—¡Seguridad!
Dos empleados aparecieron por el pasillo.
—¿Qué ocurrió?
—Revisen todas las salidas. Nadie abandona el edificio.
Los hombres se marcharon.
Isabella observó a Damián.
—Esto ocurrió justo cuando llegamos.
—Sí.
—¿Crees que fue por mí?
—Creo que alguien sabía que ibas a venir.
Valentina miró a Isabella.
—Eso significa que nos estaban siguiendo.
Isabella sintió un escalofrío.
—Desde la fundación.
Damián asintió.
—Probablemente.
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Una hora después, revisaron las cámaras.
En una de ellas apareció una persona entrando al edificio.
Llevaba una gorra y una chaqueta oscura.
El rostro no era visible.
Pero había algo extraño.
La persona llevaba una pequeña pulsera.
Isabella se acercó a la pantalla.
—Detén el video.
Damián lo hizo.
—Amplía.
La imagen se volvió borrosa.
Pero el símbolo de la pulsera podía verse.
Un círculo atravesado por una línea.
Isabella palideció.
—Ese símbolo…
Damián la miró.
—¿Lo reconoces?
—Sí.
Valentina se acercó.
—Es el mismo símbolo que encontramos en los documentos de Aurora.
Damián se quedó en silencio.
—Entonces no terminó —dijo Isabella.
—No —respondió él—. Nunca terminó.
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Esa tarde, Damián llevó a Isabella y Valentina a una habitación privada del último piso.
—Aquí nadie puede escuchar nuestras conversaciones.
Isabella se sentó.
—Quiero saber toda la verdad.
Damián asintió.
—Entonces tendrás que escuchar algo que probablemente no te guste.
—Estoy preparada.
—El contrato no fue idea de mi familia.
Isabella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mi abuelo dejó una condición sobre mi herencia. Eso es cierto.
—Entonces…
—Pero el matrimonio contigo no estaba escrito en su testamento.
Isabella se quedó completamente quieta.
—¿Cómo?
—Alguien añadió esa condición después.
Valentina abrió los ojos.
—¿Estás diciendo que alguien modificó el testamento?
—Sí.
Isabella sintió que todo volvía a complicarse.
—¿Quién?
Damián negó.
—Todavía no lo sé.
—Entonces ¿por qué me ofreciste el contrato?
Damián sostuvo su mirada.
—Porque cuando descubrí tu nombre en los documentos modificados, entendí que alguien quería unirnos por una razón.
—¿Y decidiste seguirle el juego?
—Decidí descubrir por qué.
Isabella se quedó en silencio.
Por primera vez, comenzó a comprender que Damián quizá no fuera el enemigo.
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—¿Y si el contrato es una trampa? —preguntó Valentina.
Damián respondió:
—Probablemente lo sea.
Isabella lo miró.
—Entonces ¿por qué debería firmarlo?
—No deberías.
Ella frunció el ceño.
—Pero tú dijiste que necesitabas casarte.
—Lo necesito para proteger mi posición en la empresa.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
Damián se levantó.
—Que tomes tu propia decisión.
—¿Y tú qué harías?
Damián la miró.
—Yo firmaría.
Isabella quedó sorprendida.
—¿Incluso sabiendo que puede ser una trampa?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si no lo hacemos, nunca sabremos quién está detrás.
Valentina negó.
—Eso es demasiado arriesgado.
Damián respondió:
—Lo sé.
Isabella permaneció pensativa.
El contrato podía ser una trampa.
Pero también podía ser la única forma de descubrir quién estaba manipulando a ambas familias.
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Esa noche, Isabella regresó a casa.
Encontró a Alexander esperándola.
—Necesitamos hablar —dijo él.
Isabella dejó el bolso.
—¿Sobre qué?
Alexander la miró seriamente.
—Sobre Damián Blackwood.
Ella sintió que algo no estaba bien.
—¿Qué pasa con él?
Alexander colocó una carpeta sobre la mesa.
—Investigué su pasado.
Isabella abrió la carpeta.
Había fotografías.
Documentos.
Registros empresariales.
Y una fotografía que la dejó sin palabras.
Damián aparecía junto a una mujer.
Isabella conocía a esa mujer.
La había visto muchas veces.
—¿Quién es? —preguntó Alexander.
Isabella respondió lentamente:
—Es Mónica.
Alexander asintió.
—Exactamente.
Isabella miró la fotografía.
—¿Cuándo fue tomada?
—Hace tres meses.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Mónica se fue después de declarar contra la sociedad.
Alexander señaló otra fotografía.
—Entonces explícame esto.
En la segunda imagen, Mónica entregaba un sobre a Damián.
Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué hay dentro?
—No lo sé.
—¿Dónde conseguiste estas fotografías?
—Una fuente anónima me las envió esta tarde.
Isabella volvió a mirar la imagen.
Entonces comprendió.
Quizás Damián estaba diciendo la verdad.
O quizás era mucho más peligroso de lo que aparentaba.
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Esa noche, Isabella no durmió.
Tenía demasiadas preguntas.
El contrato.
La firma falsa.
La sociedad.
El documento desaparecido.
Mónica.
Damián.
Y ahora aquellas fotografías.
A las tres de la madrugada, tomó una decisión.
Se levantó.
Fue hasta el escritorio.
Sacó el contrato.
Lo abrió.
Tomó una lapicera.
Pero antes de firmar, su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
“Si firmas, descubrirás quién es Damián Blackwood.”
Isabella miró la pantalla.
Llegó otro mensaje.
“Pero cuando lo descubras, ya será demasiado tarde.”
Isabella dejó la lapicera sobre el escritorio.
No firmó.
Todavía.
Porque antes de entregar su nombre a un contrato, necesitaba descubrir quién estaba moviendo los hilos.
Y esa misma noche, sin que ella lo supiera, alguien observaba las cámaras de seguridad de su casa.
En la pantalla apareció Isabella frente al contrato.
La persona sonrió.
—Exactamente como estaba previsto.
Y cerró la computadora.
La decisión de Isabella estaba a punto de comenzar una guerra que ninguno de ellos podría detener.