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Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Hombre lobo / Amor a primera vista / Ascenso de clase social / Amante arrepentido
Popularitas:181.5k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Cap 24: El Lobo y la Mesa de Juego

La cantina no tenía nombre. Tampoco ventanas.

Se llegaba por un camino de terracería que serpenteaba hasta el borde mismo del territorio Ríos, donde la línea de los cipreses se convertía en matorral seco y el aire dejaba de oler a pino para llenarse de polvo, sangre vieja y mezcal barato. Adentro, la luz venía de faroles de aceite colgados demasiado alto para que alguien pudiera apagarlos de un manotazo, y el humo de tabaco formaba una capa espesa a la altura de los ojos, perfecta para disimular pupilas que brillaban con un destello dorado cada vez que sus dueños perdían el control.

Luna nueva. Noche sin luz.

En el sótano, detrás de una puerta reforzada con hierro, dos lobos peleaban dentro de un foso excavado en la tierra. El primero —un Gamma joven, flaco, todo tendones y furia— le arrancó un trozo de oreja al segundo con un chasquido húmedo que resonó hasta el piso de arriba. La multitud rugió. Las monedas cambiaron de mano.

Felipe Ríos ni siquiera volteó a mirar. Estaba demasiado ocupado contando sus fichas.

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Tres rondas. Tres victorias.

La primera mano había caído casi por accidente: un par de reyes cuando los otros dos jugadores apenas tenían basura. La segunda fue más limpia, una escalera que Felipe leyó con suficiente velocidad para apostar fuerte antes de que los demás reaccionaran. La tercera —la que le puso la sangre caliente de verdad— fue una jugada que él mismo no terminó de entender, pero que le dejó frente a una pila de fichas que olían a cobre y a posibilidad.

—Otra ronda —dijo, con la voz ya espesa de mezcal, empujando la copa vacía hacia el hombre que servía desde una esquina.

El Coyote, sentado al otro lado de la mesa con la calma de quien ha contado cada carta antes de que se repartan, le llenó la copa él mismo.

—Con gusto, joven Ríos. La noche apenas empieza.

Felipe sonrió. Dientes blancos, mandíbula fuerte —la misma mandíbula que Sebastián, el mismo porte que su hermano mayor—, pero donde Sebastián tenía la quietud densa de un Alfa nato, Felipe solo tenía la imitación. Un gesto aprendido de mirarlo toda la vida sin entender jamás qué lo hacía funcionar.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —Felipe apoyó el codo en la mesa, inclinándose hacia El Coyote. El mezcal le aflojaba la lengua y el bolsillo—. Que mi hermano nunca me dejó hacer nada. Nada. Yo podría haber manejado la mitad del territorio si me hubiera dado la oportunidad, pero no. "Felipe, tú no estás listo." "Felipe, todavía no." Siempre todavía no.

El Coyote asintió con expresión comprensiva. Los ojos oscuros, impenetrables, no traicionaban nada.

—Un hombre con su talento, desperdiciado. Es una lástima.

—Exacto. —Felipe golpeó la mesa con la palma abierta—. Una lástima.

Debajo de la mesa, su pierna temblaba. Su lobo interior olía el peligro antes que él y le arañaba las costillas desde dentro. Felipe lo ignoró, como llevaba semanas ignorándolo.

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La cuarta mano empezó como las anteriores. Felipe apostó con confianza, empujó fichas al centro, miró sus cartas con la seguridad de quien cree que la suerte es un derecho, no un préstamo.

Perdió.

La caída fue rápida. La primera mano se la llevó El Coyote con una jugada que pareció salir de la nada. La segunda cayó ante un hombre de sombrero bajo que Felipe no recordaba haber visto sentarse. La tercera fue la peor: Felipe apostó doble por orgullo herido y empujó todas las fichas al centro con desesperación.

Cuando las cartas se voltearon, el silencio de la mesa pesó más que el rugido de los lobos peleando abajo.

—Mala suerte —dijo El Coyote, sin inflexión.

Felipe miró la mesa vacía frente a él. La garganta se le cerró. El sudor le bajaba por la nuca, frío, con un olor agrio que cualquier lobo en la sala podía leer como lo que era: miedo.

—Puedo... necesito otra ronda. Para recuperar lo que...

—Por supuesto. —El Coyote sacó un papel doblado del interior de su chaleco, alisándolo sobre la mesa con dedos largos y precisos—. Solo necesito una garantía. Algo formal. Usted entiende, joven Ríos. Es un negocio, al fin y al cabo.

El papel tenía un espacio en blanco para la cantidad, otro para la firma, y un tercer espacio circular, del tamaño exacto de un sello familiar.

Felipe lo miró. Su lobo interior gruñó, bajo, gutural, un sonido que le vibró en el pecho como una advertencia que no supo interpretar.

—¿El sello?

—Formalidad. —El Coyote se encogió de hombros—. Nadie va a verlo. Es entre usted y la casa.

Felipe llevaba el sello de los Ríos en el bolsillo interior del abrigo. Lo cargaba siempre —uno de los pocos privilegios que Sebastián le había permitido, un sello menor, sin autoridad real sobre las tierras pero con el peso suficiente para dar legitimidad a documentos menores—. Lo había usado para comprar caballos, para cerrar tratos de grano, para las pequeñeces que Doña Milagros le delegaba cuando no quería ensuciar su propio nombre.

Nunca para esto.

Firmó. Presionó el sello sobre la cera tibia. La marca de los Ríos —tres montañas bajo una luna— quedó impresa en el papel con la nitidez de una sentencia.

Perdió la siguiente mano también.

Y la siguiente.

Cuando salió de la cantina, el cielo estaba negro y las piernas apenas lo sostenían. En el bolsillo no tenía nada. En la mesa de El Coyote quedaban tres pagarés con el sello de su familia, por cantidades que le revolvían el estómago cada vez que intentaba sumarlas.

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Entró a Hacienda Ríos por la puerta de servicio, la que usaban los criados para sacar la basura antes del amanecer. El ala oeste estaba en silencio. Doña Milagros estaría en el comedor principal, supervisando a las sirvientas que preparaban el desayuno para la jornada siguiente, contando cucharas y revisando manteles con la obsesión de quien cree que el control de los detalles equivale al control del mundo.

Felipe conocía la rutina de su madre mejor que cualquier oración.

También conocía la ubicación exacta de su cofre privado.

La habitación de Doña Milagros olía a lavanda seca y a cera de velas caras. El cofre estaba donde siempre: al fondo del armario, detrás de tres capas de ropa que nadie más tenía permiso de tocar. Hierro forjado, cerradura compleja, pero Felipe tenía la segunda llave desde que era adolescente —se la había robado a los catorce años para comprar un caballo que luego vendió en secreto—. Doña Milagros nunca lo supo. O nunca quiso saberlo.

Abrió el cofre.

La plata brilló con un resplandor opaco bajo la poca luz que se colaba por la rendija de la puerta. Monedas, algunas joyas menores, un par de documentos que Felipe no se detuvo a leer. Tomó un puñado de monedas, luego otro, luego un tercero, metiéndoselas en los bolsillos del abrigo hasta que el peso le tiraba de los hombros.

No lo suficiente para cubrir los pagarés. Pero sí para volver a la mesa.

Cerró el cofre. Reacomodó la ropa. Salió por donde entró.

En el pasillo, un aroma lo detuvo en seco: lavanda y reproche, la combinación que siempre precedía a la presencia de su madre. Pero el olor venía del comedor, lejano, amortiguado. Doña Milagros seguía contando cucharas. No había nadie.

Felipe soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y se escabulló hacia su habitación con los bolsillos pesados y el estómago vacío.

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Volvió a la cantina la noche siguiente.

La misma puerta de hierro. El mismo olor a mezcal y sangre. El mismo Coyote esperándolo con una sonrisa fría y una baraja nueva sobre la mesa.

—Bienvenido de vuelta, joven Ríos. ¿Listo para cambiar su suerte?

Felipe se sentó. Puso las monedas de su madre sobre la mesa con un golpe seco que pretendía sonar como confianza.

—Reparte.

Ganó la primera mano. Perdió las siguientes cuatro.

El ciclo se repitió: una euforia breve, una caída larga, la promesa de que la próxima vez sería distinta. Felipe firmó otro pagaré. Bebió más mezcal. Volvió a la hacienda antes del amanecer, volvió al cofre de su madre, volvió a tomar lo que no era suyo.

Cada noche, la misma ruta. Cada noche, menos plata en el cofre y más papel con el sello de los Ríos en la mesa de El Coyote.

Y cada noche, al cerrar la puerta de su habitación, Felipe se decía lo mismo: "Mañana voy a recuperar todo. Mañana la suerte va a cambiar."

Su lobo interior dejó de gruñir después de la tercera noche. No por resignación. Por vergüenza.

---

La séptima noche, Felipe contó las monedas robadas a la luz de una sola vela, sentado en el borde de la cama con las manos temblando. El cofre de Doña Milagros estaba casi vacío. Quedaba plata para una noche más, quizá dos si apostaba con moderación, aunque Felipe no conocía esa palabra ni en su idioma materno.

Dentro de su pecho, algo gimió. Un sonido agudo, animal, patético. Su lobo interior, acurrucado en algún rincón oscuro de su conciencia, con el hocico entre las patas, negándose a mirarlo.

Felipe apretó las monedas hasta que el metal le mordió la palma.

—Una noche más —susurró—. Solo una más.

En el ala opuesta de la hacienda, donde las paredes eran más delgadas y las sombras más densas, Valentina Solís cerró un cuaderno de tapas oscuras y levantó la vista hacia Sofía, que acababa de entrar por la puerta con el sigilo de quien ha aprendido a caminar sin hacer ruido entre enemigos.

—¿El reporte? —preguntó Val.

Sofía asintió. Le entregó un papel doblado: fechas, cantidades, número de pagarés firmados con el sello Ríos. Todo exacto. Todo documentado.

Val leyó cada línea. No sonrió —Val casi nunca sonreía—, pero algo cambió en sus ojos. Un brillo tenue, frío, como el filo de un cuchillo captando la luz de la vela.

—El cofre de Doña Milagros está casi vacío —dijo Sofía en voz baja—. Felipe ha sacado más de tres cuartas partes.

Val dobló el papel y lo guardó en el cuaderno.

—Bien. —Una sola palabra—. Que El Coyote siga. Cada peso. Cada moneda. Hasta que no quede nada.

Sofía asintió y se fue tan silenciosamente como había llegado.

Val apagó la vela de un soplo. En la oscuridad, sus ojos brillaron con el destello dorado de su loba interior.

Doña Milagros estaba perdiendo su dinero desde adentro.

1
Gabyy Dyaz
Gracias por actualizar pero ya por favor no puedo con la intriga 😭😭😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
Esa luna de sangre 🤣🤭🤣🤭🤣🤭🤣🤭🤭👏👏
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Ya me cansé, no voy a pedir actualización ni nada, mejor regreso en unos meses a ver si ahora sí está completa 😒
Marleys Sofia Cervantes
La luna de sangre 🤣🤭🤣🤭🤣
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
Irene Aranda
el capitulo 122 es muy parecido al capitulo 120, parece que a la autora lo unico que le interesa es publicar capitulos aunque deteriore la novela
Zimaray Varrato
Autora me tiene con los nervios d punta,solo un capítulo me desespera 🤣🤣🤣está muy buenaa veces quiero q termine vya y a veces no quiero🤔🤔🤔🤣🤣🤣🤣
Susana
porfavor necesito más capítulos 😭😭😭😭😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
Llegó 🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Marleys Sofia Cervantes
La luna de sangre 👏👏👏👏👏
Marleys Sofia Cervantes
Luna de sangre llega pronto
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Ya cambiaste demasiado la historia, la verdad me gustaba más la otra en que ella era la hija del primer matrimonio de su padre y esta familia nueva de su padre nunca la quiso por desicion de la madrastra bruja 🙄
ANGELOSUAREZ Mendez
buenísimo
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Muy enredada la historia 🤔 esta muy bien jwr no era la hermana que cuando ella regresó a la hacienda se puso de su lado y le pidió que le enseñará a llevar los libros de contabilidad 🤔
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Que relajo es éste? Ahora salen con que la madrastra es su madre??? 😅😅😳😅 Ya no entiendo nada 🙄
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
No que Lucianavera hija de Carmen la vieja bruja que la envenenó con su media hermana? 🤔 Que desmadre trae la escritora 🙄
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Vaya! Que desmadre de capítulos, ya había leído que estaban repetidos o cambiados los capítulos pero ahorita si... ya solo faltaban 2o3 días y ahora me regresó a 17!!!! 🤬🤬
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
20 dias????!!! No eran 5? 😳 Creo que la escritora se tomó el vino que le gusta a la abuela 😅😅😅😅😅
ANGELOSUAREZ Mendez
no entendí porque el teatro de Luciana , porque ella le dijo a Valentina que ella no quería al rey no entendí? /Speechless//Right Bah!//Smug/
Elena Osorio
muy bueno
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