Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Cuñadita
—Sí —dije, y me subí la sábana hasta el cuello, como si eso sirviera de algo.
Entró una muchacha joven, de delantal, que no me miró a la cara ni una vez; dejó una charola en la mesita y se fue con la misma prisa con que había entrado. Detrás de ella venía doña Meche, y doña Meche traía otra cara.
—Buenas tardes, niña. ¿Cómo amaneció? —Se corrigió sola—: ¿Cómo amaneciste?
No era la voz de ayer. Era una voz con cuidado adentro, como cuando se le habla a alguien que acaba de salir del hospital. Puso la charola sobre mis piernas: un caldo de mariscos espeso, con arroz, humeando. Luego fue al buró y acomodó algo que ya estaba ahí, acomodado.
Era un vestido. Dos piezas: una blusa corta de seda dorada, muy clara, con flores de dalia bordadas al tono, y una falda larga y recta, verde oscuro, con plumas de pavo real cosidas en hilo de oro que subían desde la orilla hasta la cadera. Y encima, doblado con la misma precisión, un conjunto de ropa interior de encaje verde.
—El patrón lo mandó pedir anoche, antes de irse. El taller de Bocalarga cosió toda la noche. —Doña Meche alisó una pluma con el dedo—. Yo di las medidas al ojo, pero él las corrigió. Todas. Como si te hubiera medido con las manos.
No contesté. Me acordé de las manos y bajé la vista al caldo.
—Las sábanas ya las cambié de madrugada —dijo, más bajo, y no dijo nada de lo que había en ellas—. Come. Cuando termines, puedes salir al jardín. Sin cruzar la línea de la Casona: hasta donde llegan las piedras claras, y ya.
Comí. Me vestí con el Pavo Real, que me quedaba como si me lo hubieran cosido puesto, y eso fue lo que más me asustó de todo. No había liga para el pelo. Encontré un cepillo de dientes nuevo en el baño, todavía en su envoltura, y me lo clavé en un chongo. Me miré en el espejo: una muchacha de seda con un cepillo de dientes en la cabeza. Casi me río.
Vivir. Portarme bien. Que se le acabara el interés, que se aburriera de mí como se aburre uno de una revista, y que entonces me soltara. Ese era todo mi plan, y me lo repetí en el pasillo, descalza, hasta la puerta del jardín.
Afuera había llovido. El jardín olía a tierra y a bugambilia, y el camino de piedras claras estaba interrumpido por charcos de lodo negro. Fui hasta la bugambilia, que estaba morada y enorme, cargada como si nadie le hubiera dicho que esa casa era blanca y negra, y me quedé mirándola con los pies hundidos en la tierra fresca.
—¿Es la sirvienta nueva?
Eran tres. Venían del lado de las canchas, sin camisa, con los torsos brillantes de sudor y toallas al cuello: uno güero, de pelo casi blanco, con la piel enrojecida; otro con una cicatriz que le bajaba de la oreja al cuello como una cremallera; el tercero se quedó atrás, riéndose.
—Está buena —dijo el de la cicatriz, y se me acercó como se acerca uno a un caballo—. ¿Y ese cepillo, mamacita?
Retrocedí un paso. La bugambilia me picó la espalda.
Levantó la mano y me tocó la mejilla con el dorso de los dedos.
—¡No me toque!
El disparo sonó antes de que terminara de gritar.
La tierra saltó a un palmo de la bota del de la cicatriz. Los tres se quedaron de piedra y yo también, con el zumbido en los oídos y el corazón tratando de salir por la boca.
—¿Lo que es de mi primo también se atreven a tocar?
Venía por el camino de piedras claras un hombre de camisa de seda con flores, blanca de pantalón, con mocasines sin calcetines y una pistola plateada que hacía girar en el dedo como si fuera un llavero. Sonreía. Sonreía muchísimo.
—¿Ya se cansaron de vivir?
Los tres se hincaron en el lodo. Al mismo tiempo, sin que nadie les dijera, empezaron a darse cachetadas, ellos solos, con la mano abierta, fuerte, y el sonido de las palmas contra las caras se mezcló con el "perdón, don Bruno, perdón" del güero.
—Lárguense.
Se fueron a gatas y luego corriendo. El hombre dejó de girar la pistola, la guardó en la cintura y se volvió hacia mí. Me miró de arriba abajo, sin prisa, con la cabeza ladeada, y silbó bajito.
—Con razón el cactus ese que nunca florece trajo a alguien de afuera. —Señaló la falda con el mentón—. Y hasta le mandó hacer un Pavo Real. ¡No manches!
Yo seguía pegada a la bugambilia. Él extendió la mano, y como yo no la tomé, se la estrechó a sí mismo, riéndose.
—Bruno Ledesma. Si sobrevives un mes aquí, me puedes decir primo. —Se guardó las manos en los bolsillos—. Él es el que mata y quema. Yo soy el contador. Cuento los muertos y cuento los billetes, y a veces los dos salen en la misma hoja.
—Marisol —dije, porque algo tenía que decir—. Gracias, señor.
—Bruno. Señor es mi primo. —Empezó a caminar hacia el lado de las canchas y me hizo un gesto para que lo siguiera—. A ver, chilanga, explícame una cosa, porque llevo días sin entenderla. Mi primo custodia piedras, oro, cuadros. Ni un gramo de polvo, ni una persona. Al que se lo proponga, lo manda al cerro. —Se detuvo—. Por eso no entiendo qué hacías tú en el rancho del Basa.
—Me… me llevó mi tío. Me dijo que mis papás…
Levantó la mano y no me dejó terminar.
—Ya. No me cuentes, que luego me da por sentir cosas. —Volvió a caminar—. Lo que te digo es esto: mi primo nunca acepta mujeres regaladas. Nunca. En estos años le han mandado de todos los ranchos, y los cuatro señores le han mandado, y él ni una. Ni una. Y de repente baja del rancho del Basa con una muchacha descalza y le manda coser un Pavo Real de madrugada. —Me miró de lado—. ¿No serás espía, cuñadita?
—¿Qué? No. No, yo…
—Es broma. —Y luego, sin cambiar la cara—: Más o menos.
Me vio los pies. Se detuvo en seco y su cara sí cambió: se puso seria como se pone uno cuando ve a un niño cerca de la estufa.
—Lávate eso. Ahorita. Pero ahorita.
—¿Los pies?
—Mi primo tiene una cosa con la limpieza que no es normal, y otra cosa con lo que es suyo que es peor. Si se entera de que andas pisando lodo que pisaron esos tres, te las corta y te pone unas nuevas. —Hizo una pausa—. No. Nada más te tira al cerro. Es menos trabajo.
No supe si reírme o vomitar. Hice algo intermedio con la cara.
Me llevó por la orilla del jardín, sin cruzar las piedras claras, y me fue señalando como quien enseña un rancho a una visita: allá, la explanada de tierra donde unos hombres corrían con costales a la espalda, era el área de entrenamiento; allá, un edificio bajo de concreto sin ventanas, con una sola puerta de acero, era la bóveda, "el corazón de mi primo, ahí es donde de verdad no entras"; allá, más abajo, una construcción cuadrada con una puerta de rejas, era la celda de agua, y no me explicó qué era, y yo no pregunté. Al final levantó el brazo hacia el cerro verde que subía detrás de la casa.
—Y allá arriba viven los lobos. Para la basura.
—Mejor me muero de una vez —dije, y me salió tan de verdad que él soltó una carcajada.
—Eso es lo que dicen todas al principio. Luego se acostumbran. Bueno, no ha habido "todas". Tú eres la primera.
Me dejó en la puerta del jardín. Yo fui derecho al baño y me lavé los pies con el cepillito de las uñas hasta que me ardieron.
Esa noche doña Meche me sirvió la cena en la cocina, no en el cuarto, y me dijo, sin que yo le preguntara, que el patrón no iba a venir a cenar.
—Nunca cena aquí, ¿o sí? —pregunté.
—Casi nunca. —Se encogió de hombros—. Ahora que hay a quien servirle, a lo mejor.
Yo estaba a media cucharada cuando sonaron los disparos.
Tres. Secos, uno detrás del otro, del lado de las canchas. Se me cayó la cuchara. Doña Meche ni volteó; siguió secando un plato.
—No es el enemigo —dijo—. Come.
—¿Entonces qué…?
—Al patrón le gustas, niña. —Puso el plato en su lugar, alineado con los otros—. Ni modo.
Lo entendí en el estómago antes que en la cabeza. Los tres de la bugambilia. El güero, el de la cicatriz, el que se reía. Tres disparos. Uno, uno y uno.
Yo no le había dicho nada a nadie. Bruno se había ido a media tarde en una camioneta, riéndose, y no me pareció que fuera a contarle nada a nadie. Y aun así, él lo sabía. Sabía que me habían tocado la cara. Sabía dónde, y cuándo, y quiénes.
Cámaras. O alguien. O las dos cosas.
Me levanté de la mesa y alcancé a llegar al fregadero antes de que el caldo intentara volver. No salió. Me quedé con las manos en la orilla de acero, respirando, y pensé una cosa que me heló más que los disparos: si en la cabeza de ese hombre tocarme era un delito, ¿qué era dejarme tocar?
Doña Meche me puso una mano en la espalda, un segundo, y la quitó.
En el cuarto, con la puerta cerrada, me saqué el cepillo de dientes del chongo y me quedé con él apretado en el puño, mirando las esquinas del techo.
En esa casa, hasta lo que yo traía clavado en el pelo, él lo iba a saber.