A los sesenta años, Elena Rosales creía que ya lo había dado todo: treinta y siete años de matrimonio, una vida entera atendiendo a su pueblo como la única doctora, y un marido al que jamás dejó de servir. Hasta que un paquete que él le prohíbe abrir destapa lo que llevaba una década escondido: otra mujer, cartas de amor, y hasta una tumba comprada para dos.
Podría callar, como calló siempre. En cambio, por primera vez, decide dejar de obedecer.
Mientras reúne pruebas y aprende a decir "no" —a un esposo cobarde, a unos hijos que la ven como cajero automático, a un pueblo que solo sabe murmurar—, un accidente la cruza con Armando Balmori, uno de los hombres más ricos del país. Él no la deslumbra con lujos: la escucha, respeta sus límites y la mira como nadie la miró en toda su vida. Pero dejarse querer a esa edad da más miedo que la soledad, y la poderosa familia de Armando no piensa recibir con los brazos abiertos a una doctora de pueblo.
Entre juzgados, herencias, chismes de barrio y una segunda oportunidad que no pidió, Elena tendrá que decidir qué vale más: la paz de rendirse o el vértigo de, por fin, elegir su propia vida.
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Capítulo 17 - El grupo del barrio
Elena volvió de San Cristóbal con la rodilla todavía algo dolorida y la maleta más pesada que a la ida.
No por los recuerdos que traía.
Solo se había comprado una pañoleta de tela fina para ella, unos dulces para los hijos y un llavero para la nieta. Lo que pesaba en la maleta era la experiencia de esos tres días. Viajar sola en tren. Dormir sola en un hotel. Comer sola en una fonda sin preguntar a quién le tocaba la pierna del pollo. Caer en la calle, perder el bolso y ser socorrida por un desconocido llamado Armando Balmori.
Apenas bajó del taxi frente a la clínica, doña Rita ya salía de la tienda.
—¡La doctora volvió!
La voz de doña Rita fue lo bastante fuerte como para hacer salir a otras dos vecinas de sus casas. Don Mauricio, que pasaba en su moto, también aminoró la marcha.
Elena sonrió.
—Sí, doña Rita.
—¿Qué le pasó en la rodilla? ¡Dios mío! ¿De verdad se cayó?
Elena la miró.
—¿Y usted por quién lo supo?
Doña Rita se puso en aprietos al instante.
—Es que... Melisa contó algo en el grupo de la familia, y de ahí a lo mejor alguien contó...
—¿Mi grupo familiar entró al grupo del barrio?
Doña Rita soltó una risita seca.
—No es así.
Elena negó con la cabeza y abrió la puerta de la clínica.
Llevaba cinco minutos adentro cuando el teléfono se le llenó de mensajes. No de los hijos, sino de doña Rita.
Doña Rita le mandó una captura del grupo del barrio.
Doña Tere: ¿Doña Elena llegó en un carro negro?
Don Julián: Sería un taxi por aplicación.
Doña Nélida: Dicen que en San Cristóbal la ayudó un rico.
Doña Rita: No chismeen. Pobre la doctora.
Doña Tere: Yo solo pregunto.
Don Julián: ¿Qué rico?
Doña Nélida: Dicen que un Balmori. El de los hospitales.
Doña Tere: ¿Ah? ¿Será cierto?
Elena apagó la pantalla del teléfono.
Ni siquiera había alcanzado a abrir la maleta, pero la historia ya corría más rápido que el tren.
Al caer la tarde, Raúl llamó.
—Mamá, hay algo raro.
—¿Y ahora qué?
—Ese Armando Balmori no es un empresario cualquiera. El Grupo Balmori tiene hospitales, propiedades, logística, zonas industriales. Está en la lista de los hombres más ricos del país, según las revistas de negocios.
—Ah.
—Mamá, no digas "ah".
—¿Entonces qué quieres que diga?
—¿Estás segura de que solo te ayudó?
Elena abrió la maleta.
—Raúl, uno puede ayudar sin mala intención.
—Puede. Pero un hombre tan rico no suele bajarse él mismo a ocuparse de un ladrón de bolsos.
—A lo mejor pasaba por ahí de casualidad.
—¿Y de casualidad se interesó en ti?
Elena dejó de doblar la pañoleta.
—Raúl.
—Solo estoy siendo cuidadoso.
—Tengo sesenta años, no soy una colegiala.
—Justamente, un hombre rico puede ser más peligroso que un colegial.
Elena casi se ríe.
—¿Te oíste lo que acabas de decir?
Raúl resopló.
—Mamá, no te prohíbo conocer gente. Es solo que... después de lo de papá, no confío en los hombres.
Elena se ablandó.
—Yo tampoco confío todavía.
La conversación terminó, pero las palabras de Raúl se quedaron.
Ella todavía no confiaba.
Cierto.
Armando era solo un desconocido que la había socorrido. Nada más.
Sin embargo, a la mañana siguiente, un carro negro se detuvo frente a la clínica.
El barrio entero se puso en movimiento.
Doña Rita salió de la tienda con el delantal todavía puesto. Doña Tere abrió la ventana. Los niños que compraban paletas dejaron de masticar. Hasta don Mauricio, que solía ser el prudente, se quedó un buen rato parado frente a su casa.
De aquel carro bajó un hombre joven que Elena reconoció como uno de los de Armando. Traía una cajita blanca.
—Buenos días, doña Elena.
Elena se plantó en el umbral de la clínica.
—Buenos días.
—Don Armando le manda medicina para la herida y un teléfono de repuesto. Dice que el suyo se le dañó con la caída.
Elena miró la caja.
—Mi teléfono todavía sirve.
—Es solo por si acaso.
—No puedo aceptarlo.
El hombre joven parecía haberlo previsto. Sacó un sobre pequeño.
—Don Armando también le manda esto.
Elena abrió el sobre.
Dentro había una tarjeta de presentación y una nota escrita a mano, con letra pulcra.
Doña Elena: si el teléfono le parece demasiado, tómelo como un préstamo hasta que se cierre la denuncia policial. No quiero que sea difícil localizarla si hay novedades en el caso.
Armando.
Elena miró aquellas líneas.
Pulcras. Breves. Sin presión.
Aun así, dijo:
—La medicina la acepto. El teléfono, lléveselo de vuelta.
El hombre joven vaciló.
—Señora...
—Dígale a don Armando que se lo agradezco. Pero todavía puedo comprarme mi propio teléfono.
Doña Rita, que escuchaba desde la tienda, casi deja caer la cuchara.
El hombre joven acabó asintiendo.
—Bien, señora.
Regresó al carro.
Cinco minutos después de que el carro se fuera, el grupo del barrio estalló.
Doña Tere: El carro de recién no era de aplicación.
Doña Nélida: ¡Tenía chofer!
Don Julián: ¿Quién vino?
Doña Rita: A traer medicina.
Doña Tere: ¿Qué medicina en semejante carro?
Don Mauricio: No anden regando lo que no está claro.
Doña Nélida: Si no está claro, averigüémoslo.
Elena no leyó hasta el final.
Abrió la clínica como cualquier otro día.
Pero la primera paciente de la jornada, una mujer joven que solía ser habladora con lo de la tos del niño, le preguntó en voz baja:
—Doctora, ¿es cierto que un rico de la capital la ayudó?
Elena la miró.
—¿Su hijo tiene tos o la paciente soy yo?
La mujer joven bajó la cabeza de inmediato.
—Tos, doctora.
Al mediodía llegó Sara.
Esta vez no lloraba. Se plantó frente a la clínica con la cara tensa. Varios de los que esperaban turno se pusieron a fingir que andaban ocupados con el teléfono.
Elena acababa de revisar a un paciente anciano. Se quitó los guantes.
—¿Necesita algo médico?
Sara entró sin que la invitaran.
—Solo quiero hablar un momento.
—Si es por el pleito, hable con mi abogada.
—No es por eso.
Sara miró a Elena de arriba abajo.
—Qué rápido, ¿no, señora?
Elena arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Apenas metió la demanda de divorcio y ya hay un hombre de carro lujoso mandándole regalos.
La sala de espera quedó de pronto en silencio.
El paciente anciano al que acababa de revisar hasta se olvidó de ponerse las sandalias.
Elena miró a Sara con calma.
—¿Vino a la clínica a acusarme?
—Solo me extraña. Antes usted se enojaba conmigo. Ahora también anda cerca de otro hombre.
Elena casi admira el descaro de aquella mujer.
—Sara, usted anduvo con mi marido durante diez años mientras yo todavía dormía bajo el mismo techo con él. A mí me socorrió un desconocido después de que me arrancaron el bolso, cuando ya había metido la demanda de divorcio. Si en su cabeza esas dos cosas son iguales, a lo mejor la que necesita revisión es usted.
Varios pacientes contuvieron la risa.
A Sara se le enrojeció la cara.
—No sea soberbia, señora. Ese hombre rico a lo mejor solo le tiene lástima. ¿Cómo va a ir en serio alguien como él con una mujer de pueblo de sesenta años?
Antes de que Elena respondiera, una voz de hombre sonó desde la puerta.
—¿Por qué no habría de ser posible?
Todos voltearon.
Armando Balmori estaba de pie en el umbral de la clínica.
No traía traje como en San Cristóbal. Ese día llevaba una camisa blanca de manga larga y un pantalón oscuro. El pelo cano, peinado con esmero. Detrás de él, un chofer se mantenía a distancia.
Sara se quedó helada.
Elena también.
Armando entró con paso sereno.
—Buenas tardes, doña Elena.
Elena lo miró.
—¿Don Armando?
—Tenía un asunto en la zona industrial de por aquí. De paso quería asegurarme de que la herida iba mejorando.
De paso.
Elena no lo creyó del todo.
Armando se volvió hacia Sara.
—Y respecto a la pregunta que hacía recién, no veo por qué una mujer de sesenta años no pueda ser querida en serio.
Sara se quedó sin palabras.
Doña Rita, que quién sabe desde cuándo estaba parada en la puerta, se tapó la boca con las dos manos.
Elena sintió que el barrio entero contenía el aliento.
Armando volvió a mirar a Elena.
—Si a usted no le molesta, quisiera anotarme como paciente. Dicen que esta clínica es buena.
Elena miró largo rato a aquel hombre.
Sabía que, después de ese día, el grupo del barrio no iba a dormir.
Pero al ver la cara pálida de Sara, por primera vez Elena sintió un poco de ganas de reír.
—Tome un número de turno, señor.
Armando sonrió.
—Bien, doctora.
Armando caminó de verdad hasta la mesita donde estaban los números de turno.
Tomó un papel, miró la cifra y se sentó en una silla de plástico sin una queja. El chofer pareció querer acercarse, quizá a decirle algo, pero Armando solo levantó la mano.
Aquella escena dejó a la gente aún más confundida.
El rico que ellos se imaginaban solía entrar sin hacer fila, hablar por medio de un asistente y obligar a los demás a ponerse de pie. Armando, en cambio, se sentó entre don Anselmo y un niño pequeño que sostenía un caramelo.
Elena veía todo aquello desde detrás de la mesa de consulta.
No sabía si debía enojarse, sospechar o reír.
Lo cierto es que, después de ese día, el nombre de Armando Balmori dejó de ser una historia lejana de las noticias de negocios. Ese nombre entró en la tienda de doña Rita, en la sala de espera de la clínica y, por supuesto, en el grupo del barrio.