Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 23
Capítulo 23: Cuarto privado
El salón privado estaba al final de un pasillo que Valentina no habría encontrado sola.
Damián la guió por una puerta lateral que parecía de servicio, luego por un corredor estrecho con paredes de piedra y piso de barro cocido, luego por otra puerta, esta de madera tallada con un escudo que Valentina reconoció vagamente como el de los Carrasco.
—¿A dónde me llevas?
—A un lugar donde nadie nos moleste.
—¿Y Santiago?
—Le dije a Catalina que te fuiste a descansar. Carrasco va a estar bien.
Valentina debería haber protestado. Debería haber dicho que no podía desaparecer de una fiesta con un hombre que todo el salón acababa de verla bailar. Debería haber pensado en las consecuencias.
No protestó.
Damián abrió la última puerta.
El salón era más pequeño de lo que esperaba. Un cuarto reservado para invitados de honor, con sillones de cuero oscuro, una mesa baja de nogal, estanterías llenas de libros encuadernados en piel y una chimenea apagada. Las paredes estaban decoradas con tapices de cacería y, en la esquina más alejada, un biombo de madera y tela bordada separaba una zona con un escritorio antiguo. Los faroles eran de cobre, con pantallas de cristal ámbar que teñían todo de un tono cálido, dorado, como si el cuarto existiera en una hora distinta del día.
Olía a cedro y a cuero viejo. Olía a otro siglo.
Damián cerró la puerta.
El ruido de la fiesta desapareció. No se atenuó. Desapareció. Como si los muros de piedra de la hacienda fueran una frontera entre dos mundos.
—Siéntate —dijo Damián, señalando uno de los sillones.
—¿Me estás dando una orden?
—Te estoy pidiendo que descanses. Te ves agotada.
—Qué galante.
—No soy galante. Soy honesto.
Valentina se sentó. El cuero del sillón estaba frío y se moldeó alrededor de ella como un abrazo antiguo. Se quitó los tacones sin pensarlo, primero el izquierdo, luego el derecho, y los dejó caer al piso con dos golpes suaves.
Damián la miró quitarse los zapatos con una expresión que Valentina no le conocía. No era deseo. No era ternura. Era algo entre las dos cosas, algo que se parecía a la sorpresa de ver algo ordinario volverse importante.
Se sentó en el sillón frente a ella. No junto a ella. Frente. A un metro de distancia. Las rodillas casi tocándose.
—¿Agua? —dijo.
—¿Hay?
Damián se inclinó y abrió un mueble bajo que Valentina no había notado. Sacó una botella de vidrio con agua mineral y dos vasos. Sirvió. Le pasó uno.
Valentina bebió. El agua estaba tibia pero le supo a alivio.
—¿Cómo sabías que este cuarto existía? —preguntó.
—Don Aurelio me lo mostró el año pasado. Se usa para reuniones privadas durante los eventos. Los Carrasco no hacen negocios en público.
—¿Y nos dejó usarlo?
—Le pedí permiso.
—¿Para qué le dijiste que lo necesitabas?
Damián la miró. La luz ámbar le suavizaba las facciones, le borraba las líneas duras de la mandíbula y le dejaba solo los ojos, que en esta luz eran del color del café antes del amanecer.
—Le dije la verdad —respondió—. Que necesitaba hablar contigo sin que nadie nos escuchara.
—¿Y Don Aurelio no hizo preguntas?
—Don Aurelio lleva cincuenta años en este negocio. No hace preguntas. Lee las respuestas antes de que las digas.
Valentina bajó el vaso. Sus pies descalzos tocaban el piso de barro y el frío le subía por las plantas.
—Damián.
—¿Sí?
—¿Qué va a pasar ahora?
La pregunta flotó en el espacio entre ellos. No era una pregunta sobre los cinco millones. No era una pregunta sobre Nicolás. Era más grande que eso. Era la pregunta que Valentina llevaba semanas queriendo hacer y que nunca se había atrevido a formular porque formularla significaba admitir que lo que sentía era real.
Damián se reclinó en el sillón. Cruzó las manos sobre el estómago. La miró con esa paciencia que era tan rara en él, esa quietud de depredador que ha decidido no cazar.
—Depende —dijo.
—¿De qué?
—De lo que tú quieras.
—¿Desde cuándo importa lo que yo quiera?
—Desde siempre. Tú eres la única que no lo sabía.
Valentina soltó una risa corta, sin humor.
—Todo el mundo decide por mí. Nicolás decidió quién soy desde que tenía seis años. Decidió dónde vivía, qué comía, a qué escuela iba, con quién hablaba. Después decidió que yo trabajara en el club. Después decidió que tenía un precio. Y ahora tú decidiste hacer una oferta por mí sin preguntarme.
—Tienes razón.
—¿Tienes razón? ¿Eso es todo?
—No —dijo Damián—. Tienes razón y lo hice mal. Debí contarte antes. Debí darte la opción de decir que no.
Valentina parpadeó. No esperaba eso. No de él. No del hombre que daba órdenes como quien respira, que movía piezas en un tablero que solo él veía, que controlaba todo menos lo que sentía por ella.
—¿Lo dices en serio?
—¿Cuándo te he mentido?
Valentina pensó. Buscó. Recorrió cada conversación, cada promesa, cada silencio.
No encontró nada.
Damián nunca le había mentido. Le había ocultado cosas, sí. Había guardado secretos. Pero cuando hablaba, cada palabra era exactamente lo que quería decir. Sin adornos. Sin doble fondo.
—Nunca —admitió.
—Entonces créeme ahora. Lo que pase después de esta noche, lo que sea que venga, tú decides. Si quieres quedarte, te quedas. Si quieres irte, te vas. Si quieres pelear, peleamos juntos. Pero no voy a tomar esa decisión por ti. Ya tuviste suficiente de eso.
El nudo en la garganta de Valentina se apretó tanto que tuvo que abrir la boca para respirar. No era tristeza. Era algo que se parecía al alivio pero que dolía más, como cuando te quitas un torniquete y la sangre vuelve de golpe a la extremidad dormida.
—Nadie me había dicho eso —susurró.
—Lo sé.
—Nadie me había preguntado qué quiero.
Damián se inclinó hacia adelante. Sus rodillas tocaron las de ella. El contacto fue mínimo, tela contra piel desnuda, pero Valentina lo sintió como una corriente que le subió por los muslos hasta el centro del pecho.
—Entonces te lo pregunto —dijo Damián. Su voz era apenas un murmullo. El tono que solo usaba con ella. El tono que la convertía en mariposa—. ¿Qué quieres, Valentina?
Valentina lo miró.
—Quiero dejar de tener miedo.
—¿De qué?
—De todo. De Nicolás. De lo que me va a hacer cuando se entere de que sé la verdad. Del club. De la gente que me mira como si fuera una cosa. De despertar un día y darme cuenta de que nunca tuve opción, que siempre fui una pieza en el juego de alguien más.
Su voz se quebró en la última frase pero no lloró. Se negó a llorar. Apretó los dientes y tragó y siguió.
—Quiero tener algo mío. Algo que no me hayan dado por lástima o por interés. Quiero una vida donde yo decida. Donde yo escoja. Donde mi nombre no sea una deuda que alguien cobra.
Damián no la interrumpió. No le dijo que todo iba a estar bien. No le prometió que iba a arreglarlo. La escuchó. La escuchó como si cada palabra fuera algo precioso que él estaba memorizando para no olvidar jamás.
Cuando Valentina terminó, el silencio del cuarto era absoluto. Ni siquiera se oía el riego del jardín.
Damián extendió la mano. No hacia su cintura. No hacia su cara. Hacia sus dedos, que estaban apretados contra el borde del sillón con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Tomó su mano. Le abrió los dedos uno por uno. Con cuidado. Con una lentitud que no combinaba con sus manos de pelea, manos que Valentina había visto golpear y amenazar y destruir. Pero aquí, en este cuarto donde nadie los veía, esas mismas manos la trataban como si estuviera hecha de cristal.
—Te voy a dar algo —dijo Damián—. No porque me lo pidas. Porque te lo mereces.
—¿Qué?
—Tiempo. —Le acarició el dorso de la mano con el pulgar—. Tiempo para que decidas sin presión. Sin amenazas. Sin que nadie te diga qué sentir o a quién perteneces.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, yo estoy aquí.
—¿Hasta cuándo?
Damián levantó su mano. La giró. Le besó el interior de la muñeca, donde el pulso latía desbocado bajo la piel fina. Sus labios eran tibios y la barba le raspó la piel y Valentina cerró los ojos porque si no los cerraba iba a hacer algo que no podía deshacerse.
—Hasta que tú me digas que me vaya —murmuró Damián contra su muñeca.
—¿Y si nunca te lo digo?
—Entonces nunca me voy.
Valentina abrió los ojos. Damián la miraba desde abajo, con sus labios todavía rozando su muñeca, y en ese ángulo, con esa luz, parecía otro hombre. No el Halcón. No el heredero. Un hombre joven que estaba haciendo una promesa que le costaba cada gramo de su armadura.
—Damián...
—No tienes que decir nada. No tienes que decidir nada esta noche. Solo quédate aquí un rato. Conmigo. Sin pensar en Ferrera, sin pensar en el club, sin pensar en lo que pasa mañana.
Valentina se deslizó del sillón. No al piso. Hacia adelante. Sus rodillas quedaron entre las de él y su mano libre encontró la solapa de su saco y se aferró a ella con los dedos.
—Un rato —dijo.
Damián soltó su muñeca y le pasó la mano por el cabello. Un gesto lento, largo, desde la coronilla hasta detrás de la oreja. Valentina inclinó la cabeza hacia su palma sin pensarlo, como un gato que busca el calor.
—Mariposa —dijo Damián, y la palabra sonó como una oración—. Antes de ti, nada de esto tenía sentido. El dinero, el poder, los territorios. Todo era un tablero donde yo movía piezas sin importarme el resultado. Pero cuando te vi aquella noche en el club, con ese delantal ridículo y esa mirada que me decía que no me tenías miedo...
—Sí te tenía miedo.
—No. Me tenías precaución. Es diferente. El miedo te paraliza. Tú me miraste como si me estuvieras midiendo. Como si decidieras si valía la pena temerme o no.
—¿Y qué decidí?
—Decidiste que no. Y eso... —Se le quebró algo en la voz. Algo pequeño. Algo que solo Valentina podía escuchar—. Eso me rompió, Valentina. Porque nadie me había mirado así. Todos me miran con miedo o con cálculo. Tú me miraste como si yo fuera una persona.
Las manos de Valentina subieron del saco a su cuello. Sus pulgares rozaron la línea de su mandíbula. La piel de Damián estaba caliente y debajo ella podía sentir el pulso, acelerado, traicionándolo.
—Eres una persona —dijo Valentina.
—Contigo, sí.
Se quedaron así. Las manos de ella en su cara. La mano de él en su cabello. Las rodillas entrelazadas. La distancia entre sus bocas reduciéndose con cada respiración, milímetro a milímetro, como una marea que sube sin prisa.
Damián le pasó el pulgar por el pómulo. Le recorrió la línea del labio inferior con una lentitud que la hizo temblar.
—Si te beso —dijo—, no voy a poder parar.
—No te estoy pidiendo que pares.
—Te estoy pidiendo que pienses.
—Ya pensé demasiado.
Damián se rió. No la risa corta y seca que le conocía. Una risa real, suave, que le vibró en el pecho y que Valentina sintió en las yemas de los dedos.
—Mariposa —dijo—. Un día de estos me vas a matar.
—Pero no hoy.
—No. Hoy no.
Le besó la frente. Largo. Los labios presionados contra su piel como si estuviera sellando algo.
Valentina cerró los ojos y dejó que la sensación se extendiera por todo su cuerpo como agua tibia. La boca de Damián bajó a su sien. A su pómulo. A la esquina de su mandíbula. Cada beso era un punto en un mapa que él estaba dibujando sobre su piel.
—Cuando esto termine —susurró Damián contra su mejilla—, cuando Ferrera ya no tenga poder sobre ti, voy a llevarte a un lugar que no conozcas. Sin guardaespaldas. Sin nombres. Sin nada.
—¿A dónde?
—A donde tú quieras.
—No conozco ningún lugar.
—Entonces vamos a conocerlos juntos.
Valentina le rodeó el cuello con los brazos y hundió la cara en el hueco entre su hombro y su mandíbula. Olía a tequila añejo y a colonia cara y debajo de todo eso, a piel, a calor, a algo que se parecía peligrosamente a un hogar.
—No me sueltes —dijo contra su cuello.
—No te suelto.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Damián la rodeó con ambos brazos y la apretó contra él. No con la fuerza posesiva de antes. Con algo más raro. Con la fuerza de alguien que sostiene algo que tuvo miedo de perder antes de tenerlo.
Se quedaron así.
El cuarto estaba en silencio. Los faroles de cobre parpadeaban. La chimenea estaba fría. Los libros en las estanterías olían a polvo y a tiempo. Y en algún lugar muy lejano, al otro lado de los muros de piedra, la fiesta seguía sin ellos.
Valentina sentía el latido de Damián contra su pecho. Constante. Fuerte. Un metrónomo que le marcaba el ritmo de una vida que todavía no tenía pero que empezaba a imaginar.
"Esto es real", pensó. "Esto no es una transacción. No es una deuda. No es una apuesta. Esto es real."
Damián le murmuró algo al oído. Algo que Valentina apenas escuchó porque sus ojos se estaban cerrando y el calor de su cuerpo la arrastraba hacia un lugar donde no había miedo ni cálculos ni hombres que la miraban como si tuviera un precio.
—Duerme si quieres —dijo Damián—. Yo cuido.
Valentina sonrió contra su cuello.
—Siempre estás cuidando.
—Solo a ti.
El silencio los envolvió.
Valentina estaba a punto de quedarse dormida cuando algo la sacó del borde del sueño. No un sonido. No una voz. Algo visual, captado por el fragmento de atención que todavía estaba despierto, el que nunca dormía del todo porque había aprendido que dormir del todo era peligroso.
Un movimiento.
Al fondo del cuarto. En la esquina donde estaba el biombo de madera y tela bordada.
La tela se movió.
No mucho. Un centímetro. Menos. Como si una corriente de aire hubiera entrado por alguna rendija y hubiera empujado la tela hacia afuera, solo un instante, antes de que volviera a su lugar.
Valentina parpadeó.
El biombo estaba quieto.
"El aire", pensó. "Solo fue el aire."
Cerró los ojos.
Se acomodó contra el pecho de Damián.
Y la tela del biombo volvió a moverse. Un temblor mínimo, casi imperceptible, como la respiración contenida de alguien que está mirando.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?