Una noche de fiesta fue el inicio de su condena. Matteo "El Halcón" Moretti, el criminal más temido del país, puso sus ojos en ella y decidió que le pertenecía.
Arrancada de su vida sencilla, Ana descubre que su cautiverio no fue un error: ella es la heredera perdida de la Dinastía Castellanos, un imperio que todos creen muerto.
Atrapada entre la obsesión del hombre que la compró y la traición de quien decía amarla, Ana deberá elegir: ser una víctima sumisa o convertirse en la reina que destruirá a sus enemigos.
¿Qué pesa más: el miedo al monstruo que la posee o la sed de venganza?
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Buscando respuestas
Mientras Ana se perdía en la inmensidad de la mansión Moretti, en el otro extremo de la ciudad, el silencio en la casa de sus padres era insoportable. Miguel estaba sentado en la acera, frente a la puerta de Ana, con la mirada fija en el asfalto. Había pasado la noche entera repasando cada palabra, cada gesto de la despedida en el hospital. Algo no encajaba, pensó.
Ana era brillante, sí, pero también era transparente. La frialdad con la que lo había rechazado parecía una máscara mal ajustada. Y luego estaba el tema de la "fundación". Miguel era un hombre de números y lógica, y sabía que los milagros anónimos de ese calibre no ocurrían de la noche a la mañana, mucho menos coincidiendo con una oferta de trabajo en Suiza que exigía un aislamiento total.
—Miguel, hijo, entra a descansar —dijo Teresa desde la puerta, con los ojos rojos—. Ella lo hizo por nosotros. Esa beca es la bendición que Lorenzo necesitaba.
—No fue una bendición, Teresa. Fue una ejecución —respondió Miguel, levantándose con una determinación sombría—. Ana no se va así de fácil. Ella ama esta casa, los ama a ustedes... y me amaba a mí. Voy a buscar respuestas.
Su primera parada fue la fábrica textil. Si el accidente de Lorenzo era el origen de todo, allí debía estar el final del hilo. Al llegar, se encontró con una fachada gris y portones cerrados con cadenas. Un guardia de seguridad con cara de pocos amigos le bloqueó el paso.
—Aquí no hay nada que ver, muchacho. La planta está cerrada por mantenimiento tras el incidente.
—Mi suegro casi muere ahí —espetó Miguel, acercándose con valor—. Sé que no estaba registrado, pero quiero saber quién dio la orden de ignorar su traslado al hospital. Quiero hablar con el dueño.
El guardia soltó una risa seca.
—¿El dueño? Muchacho, si supieras quién es el dueño, estarías corriendo en dirección contraria. Vete a casa antes de que alguien decida que tú también eres un "mantenimiento pendiente".
Miguel no se amilanó. Se quedó merodeando en los alrededores hasta que vio salir a un grupo de obreros por una puerta lateral. Los siguió hasta un bar cercano y, tras pagar un par de rondas, logró que uno de ellos, un hombre mayor llamado Julián —el mismo a quien Lorenzo había intentado ayudar—, soltara la lengua entre susurros de terror.
—Lorenzo es un santo, pero se metió en la boca del lobo —dijo Julián, mirando por encima del hombro—. Esa fábrica es solo una lavandería de dinero. Pertenece al clan Moretti. El joven, Matteo, es quien lleva las riendas ahora.
—¿Moretti? —el nombre resonó en la mente de Miguel. Recordó la noche de la discoteca, la última vez que vio a Ana feliz. Recordó que ella mencionó sentirse observada—. ¿Qué tiene que ver un mafioso con un hospital privado y una beca en Suiza?
—Escucha bien, muchacho —Julián lo tomó del brazo con fuerza—. Los Moretti no dan becas. Ellos compran voluntades. Si tu chica desapareció justo cuando el viejo entró en la San Lucas, no está en Suiza. Está en algún lugar donde el dinero de Moretti manda.
Miguel sintió que el estómago se le revolvía. Salió del bar y se dirigió a la universidad. Buscó a las amigas de Ana, específicamente a Jessica, sabiendo que ella siempre estaba al tanto de los rumores y que, a diferencia de las otras, tenía una fijación extraña con el estatus social.
La encontró en la cafetería del campus, luciendo unos pendientes nuevos que no recordaba haberle visto.
—Jessica, necesito la verdad —dijo Miguel, sentándose frente a ella sin preámbulos—. ¿Qué pasó realmente en la discoteca? Ana dijo que alguien la observaba.
Jessica fingió sorpresa, pero una chispa de malicia brilló en sus ojos. Ella sabía que Ana se había ido con "El Halcón", aunque no conocía los detalles del trato. Su envidia la empujó a soltar veneno.
—Vaya, Miguel... parece que el novio perfecto es el último en enterarse. Ana siempre fue la "santita", pero esa noche en el VIP... hubo una conexión. Un hombre muy poderoso puso sus ojos en ella. Y digamos que Ana no parecía tan disgustada con la atención.
—Mientes —gruñó Miguel, aunque la duda empezaba a corroerlo.
—¿Ah, sí? ¿Entonces por qué se fue sin dejar rastro? —Jessica se inclinó hacia adelante—. No busques en Suiza, Miguel. Busca en las colinas. Allí donde viven los que son dueños de la ciudad. Si Ana vendió su amor para salvar a su padre, o si simplemente prefirió un imperio sobre un apartamento pequeño... eso solo lo sabe ella.
Miguel salió de la universidad con el corazón ardiendo. No podía creer que Ana lo hubiera dejado por ambición, pero la conexión con Moretti era innegable. La rabia empezó a sustituir al dolor. Si Ana estaba en manos de ese hombre, ya fuera por sacrificio o por elección, él no iba a detenerse hasta encontrarla, incluso si eso significaba entrar en el infierno mismo.
pero estaría muerta como le dijo matteo
ojalá no sea verdad
pero ellos también no debieron actuar a si humillandote lo hiciste para salvarle la vida
si ella es tomada una heredera 🤔
pero cuando se entere de lo que tenía pensado el miguelito con ella como verá esto por una parte se puede decir matteo la salvo de ese maldito
ojalá Matteo se entere sus informantes se están pasando el por qué el miguelito quiere a toda costa a Ana
entonces el sabrá que viene de una familia fuerte🤔
pero será que le hicieron algo para a si poder tener a su merced a Ana