Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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Un beso y un desmayo
No pudo contenerse. Tomó la mano de Julian.
Él la observó.
—Oye, ¿qué estás haciendo?
Ella la tomó entre las suyas.
—Gracias, Julian. En serio. Gracias.
Algo cambió en su expresión. Algo pequeño. Casi invisible.
—Ah. De nada, Sara —dijo, frío, pero también curioso.
Din, din, din. Interés del hijo del destino por la heroína: 10%.
La pantalla apareció flotando junto a la cama. ¿Diez por ciento? ¿Por decirle gracias?
Se mordió el labio. Si debo hacerlo, que sea con todo.
Agarró la solapa del saco de Julian. Él la observó, sorprendido. Ella jaló. Julian tenía su rostro cerca del suyo. La mirada de sorpresa era genuina.
Sara sonrió. Y le dio un beso. Simple. Inocente. Suave. Propio de una niña de diecisiete años.
Cuando terminó, Julian la miraba conmocionado. Se tocó los labios.
—¿Qué hiciste?
—Bueno, estoy enferma. Quizás solo es un desvarío de una chica con fiebre.
Y fingió un elegante desmayo.
Julian se levantó. Corrió a la puerta. Llamó a una enfermera. La mujer entró, tomó el pulso, revisó los paneles.
—Solo es cansancio. Su cuerpo ha pasado por mucho. Es normal que se quede dormida. Pero llamaré al médico. No se preocupe. Su novia se encuentra bien.
Julian la miró.
—¿Ah?
La enfermera sonrió.
—Ay, el amor adolescente es tan lindo. Pero recuerda: no dejarte llevar. Estás en una edad importante. Los estudios son lo primero. Y el amor, si lo encuentras, también deberías disfrutarlo, ¿verdad?
Salió con una sonrisita cómplice.
Julian la vio retirarse.
—¿Qué mi novia? —murmuró, mirando a Sara, inmóvil en la cama.
Se acercó. La contempló.
—Esta pequeña cosita puede traer tantos problemas...
Caminó hacia la puerta. Iba a irse. Que se fuera al diablo Sara y su familia. Él no se veía involucrándose.
Pero se detuvo.
Regresó. Acomodó la almohada de Sara. La tapó. Le arregló un mechón que le caía sobre la frente. La contempló.
Realmente es muy bonita, pensó. ¿Por qué no la había visto antes?
Cuando los padres regresaron, la encontraron dormida. Julian estaba de pie junto a la puerta.
—El médico regresará para la guardia nocturna. Debo irme. Saludos a Sara.
Salió.
En la limusina que lo esperaba afuera, el chofer le abrió la puerta.
—¿A casa, joven amo?
—Sí.
—¿Y su padre?
—Reunión hasta la medianoche.
Julian movió la mano. La típica. La de todos los días.
El auto arrancó. La ciudad pasaba en un borrón de luces. Pero Julian no veía las luces. Veía una cara. Unos ojos cerrados. Unos labios que lo habían tocado sin permiso.
Se tocó los labios. Algo cálido empezó a crecer en su pecho. Algo que no sabía nombrar. Una sonrisa se dibujó sin que pudiera detenerla.
Su novia se encuentra bien.
Julian Bradenford, el que había obtenido todo y al que nada se le escapaba, por primera vez había sido sorprendido por una muchachita de diecisiete años con fiebre y una mochila rosa.
Sacó el celular. Marcó.
—Albert.
—Sí, señor.
—Quiero que averigües todo de una persona.
—Por supuesto. Dícteme su nombre.
—Sara Thornwright. Diecisiete años. Preparatoria San Luis.
Silencio al otro lado.
—Entendido, señor. ¿Algo más?
Julian miró por la ventanilla. La sonrisa seguía ahí. No se iba.
—No. Eso es todo.
Colgó. Se recostó en el asiento. Cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en nada.