Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
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El compromiso
Luna Bianchi
Eran las cinco de la tarde y mi habitación parecía sacada de una revista.
Todo estaba preparado para la fiesta que mi familia había organizado aquella noche. Las flores habían sido colocadas desde temprano, los invitados seguramente ya estaban recibiendo sus invitaciones y, en algún lugar de la enorme mansión Bianchi, los empleados corrían de un lado a otro asegurándose de que cada detalle fuera perfecto.
Y yo...
Yo solamente estaba nerviosa.
Me encontraba frente al espejo observando el vestido que había elegido para la ocasión.
Era de un hermoso color azul, elegante y ligeramente esponjado en la falda. La tela caía con delicadeza sobre mi cuerpo y la espalda quedaba parcialmente descubierta, dándole un toque sofisticado que me encantaba.
—Al menos el vestido sí valió la pena —murmuré mientras lo observaba.
La fiesta era importante. Mi padre había insistido muchísimo en que debía estar perfecta aquella noche.
Yo había supuesto que se trataba simplemente de una celebración familiar.
Tal vez una cena.
Tal vez una reunión por algún negocio de mi padre.
O incluso una celebración relacionada con mi hermano mayor.
Después de todo, mi hermano había sido quien siempre ocupaba el centro de atención en ese tipo de eventos.
Yo, en cambio, solamente quería bajar, comer algún postre y disfrutar de la noche.
Decidí salir de mi habitación.
Mientras caminaba por el pasillo, recordé que había visto algunos postres en la cocina. Mi favorito estaba entre ellos, así que aceleré un poco el paso.
Sin embargo, cuando pasé frente al despacho de mi padre, escuché voces.
Me detuve.
La puerta estaba entreabierta.
No tenía intención de escuchar conversaciones ajenas, pero entonces escuché una frase que hizo que todo mi cuerpo se quedara inmóvil.
—Felicidades por el compromiso...
Fruncí el ceño.
¿Compromiso?
Me acerqué un poco más a la puerta.
—Después de todo, era cuestión de tiempo para que Luna y...
Sentí que el corazón me dio un vuelco.
¿Luna?
Me quedé completamente quieta.
Entonces escuché el nombre.
—Thiago.
Mis ojos se abrieron de golpe.
Thiago Del Monte.
Mi mejor amigo.
El chico con el que había crecido.
La persona que conocía prácticamente desde siempre.
¿Compromiso?
¿Yo?
No.
Eso tenía que ser un error.
Di un paso hacia atrás.
Después otro.
Y, antes de que alguien pudiera verme, salí corriendo hacia las escaleras.
Subí los escalones casi tropezándome y llegué a mi habitación. Pero no me quedé allí.
Entré directamente al cuarto de mi hermano mayor.
—¡Mateo!
Mi hermano levantó la mirada desde su teléfono.
—Luna, ¿qué tienes?
Respiraba agitadamente.
—¿Sabías que me voy a casar con Thiago? —pregunté casi gritando.
Mateo se quedó inmóvil durante unos segundos.
Fue apenas un instante.
Pero yo lo vi.
Había sorpresa en sus ojos.
Después intentó disimularla.
—Lunita...
—¡No me digas Lunita! —protesté—. ¿Es verdad?
Mateo dejó el teléfono sobre la cama.
—Estás nerviosa por la fiesta. Seguramente escuchaste mal.
Lo miré fijamente.
—Escuché perfectamente.
—Luna, sabes que nuestro padre jamás haría algo que tú no quieres.
Aquellas palabras deberían haberme tranquilizado.
Pero no lo hicieron.
—¿Entonces por qué escuché el nombre de Thiago?
Mateo tragó saliva.
—Porque... probablemente estaban hablando de otra cosa.
—¿Otra cosa?
—Sí.
—¿Y por qué mencionaron un compromiso?
Mateo suspiró.
—Luna, el único compromiso del que se ha hablado últimamente es el mío.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Pero tú rompiste tu compromiso hace dos meses.
—Exactamente. Por eso seguramente hablaban de eso.
Me quedé en silencio.
Sabía que estaba mintiendo.
Mi hermano podía engañar a cualquier persona, pero no a mí.
Lo conocía demasiado bien.
Había aprendido a reconocer cuándo estaba nervioso, cuándo estaba ocultando algo y, sobre todo, cuándo intentaba protegerme.
—Creo que tienes razón —dije finalmente.
Mateo pareció relajarse.
—Sabía que entenderías.
Sonreí débilmente.
—Sí...
Pero por dentro sabía perfectamente que me estaba mintiendo.
Y él también sabía que yo no le creía.
No dije nada más.
Salí de su habitación y bajé nuevamente.
Mateo esperó unos segundos antes de levantarse.
Sabía que Luna había descubierto algo.
Así que tomó su teléfono y se dirigió al despacho de nuestro padre.
—¿Estás seguro de que debemos hacerlo así? —preguntó Mateo.
Su padre lo observó con seriedad.
—No tenemos otra opción.
—Luna sospecha.
—Lo sé.
—Entonces hay que hablar con Thiago.
Su padre asintió.
—Llámalo.
Mateo sacó su teléfono.
Unos minutos después, Thiago recibió la llamada.
Thiago Del Monte
Cuando recibí la llamada de Mateo, inmediatamente supe que algo había salido mal.
No podía ser casualidad.
La noticia de mi compromiso con Luna debía mantenerse en secreto hasta la fiesta.
Solamente el padre de Luna, Mateo y yo conocíamos el acuerdo.
Bueno...
Al menos eso creíamos.
—¿Qué ocurrió? —pregunté apenas contestaron.
—Luna escuchó parte de nuestra conversación.
Cerré los ojos y suspiré.
—Perfecto.
—Está preguntando por el compromiso.
—Voy para allá.
—Thiago...
—En quince minutos estoy ahí.
Colgué.
No sabía quién había arruinado nuestro secreto, pero tenía una sospecha.
La exnovia de Mateo.
Ella era capaz de hacerlo.
Después de todo, me odiaba.
Yo había sido quien le contó a Mateo que ella le estaba siendo infiel. Desde entonces, aquella mujer había jurado que algún día se vengaría de mí.
Quizá había hablado con alguien.
Quizá alguien había escuchado algo.
Pero ya no importaba.
La noticia estaba a punto de salir a la luz antes de tiempo.
Tomé las llaves de mi automóvil y me dirigí a la mansión Bianchi.
Quince minutos después, llegué.
No me molesté en esperar.
Entré directamente.
—¿Dónde está Luna? —pregunté.
—Arriba —respondió Mateo.
Subí las escaleras.
Cuando abrí la puerta de su habitación, encontré a Luna sentada tranquilamente, todavía con la ropa que había usado durante la tarde.
Me quedé mirándola unos segundos.
—Luna...
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—Estás hecha un desastre.
—¡Sal de mi habitación!
—No.
—Thiago.
—Tenemos un problema.
Luna cruzó los brazos.
—Yo no tengo ningún problema.
—Claro que sí.
—No voy a casarme contigo.
La miré fijamente.
—Ese no es el problema.
—Para mí sí.
Me acerqué un poco.
—Luna, deja de fingir que no sabes lo que está pasando.
—No estoy fingiendo.
—Entonces te lo diré claramente.
Hice una pausa.
—Nos vamos a casar.
Su rostro cambió inmediatamente.
—No.
—Sí.
—¡No!
—Sí.
—¡Thiago, yo no acepté nada!
—Lo sé.
—Entonces no puedes decidir por mí.
Mi expresión se endureció.
—Ya está decidido.
Luna se levantó de golpe.
—¡Nunca voy a aceptar este compromiso!
La miré durante unos segundos.
Sabía que estaba asustada.
También sabía que odiaba sentirse acorralada.
Pero yo tenía mis propios motivos.
—Luna, escucha.
—No quiero escuchar nada.
—Vas a bajar conmigo dentro de dos horas.
—No.
—Sí.
—No pienso sonreír.
—Lo harás.
—No pienso fingir que estoy feliz.
—Lo harás.
—¡Te odio!
Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.
—Eso ya lo sé.
Luna me lanzó una mirada furiosa.
—Entonces vete.
Me acerqué a ella y bajé la voz.
—Si no aceptas este compromiso, Nicolás tendrá problemas.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—No te atrevas.
—Sabes perfectamente de lo que soy capaz.
—Esto es una amenaza.
—Es una advertencia.
Luna apretó los puños.
—Eres un monstruo.
—Puede ser.
Nos quedamos en silencio.
Finalmente, Luna bajó la mirada.
—Está bien.
La observé.
—¿Está bien qué?
—Lo aceptaré.
—Bien.
—Pero no porque quiera.
—Eso lo discutiremos después.
Señalé hacia el baño.
—Ahora cámbiate.
—¿Qué?
—Quiero escuchar la regadera en cinco minutos.
—¿Y si no entro?
—Entonces entraré yo y te llevaré.
Luna abrió los ojos indignada.
—¡Eres insoportable!
—Y puntual.
Me di la vuelta.
—Tienes dos horas para estar lista.
—¡Dijiste cinco minutos!
—Para entrar a la ducha.
—¡Te odio!
—Ya lo dijiste.
Salí de la habitación antes de que pudiera lanzarme algo.
Quince minutos después, Luna salió del baño envuelta en una toalla.
Se sentó frente al tocador y comenzó a maquillarse.
Primero aplicó una base ligera.
Después delineó sus ojos, colocó un poco de brillo en sus labios y finalmente empezó a secarse el cabello.
Yo permanecía sentado en un sillón de la habitación, esperando.
Luna tomó el cepillo y comenzó a hacerse algunos rizos.
—¿Puedes dejar de mirarme? —preguntó.
—No.
—Eres molesto.
—También lo sé.
Continuó arreglándose.
Cuando terminó, tomó el vestido azul y desapareció detrás del biombo para cambiarse.
Pasaron algunos minutos.
Entonces salió.
Me quedé mirándola.
El vestido le quedaba perfecto.
Luna se acomodó el cabello nerviosamente.
Yo me acerqué.
Un mechón había quedado sobre su rostro.
Lo tomé suavemente y lo coloqué detrás de su oreja.
Ella levantó la mirada.
Por un instante ninguno de los dos dijo nada.
—Te ves hermosa —murmuré.
Luna apartó la mirada.
—No significa que esté feliz.
—Lo sé.
—Y tampoco significa que te quiera.
—Eso también lo sé.
Ella respiró profundamente.
—¿Bajamos?
Extendí mi brazo.
—Vamos.
Luna lo observó.
—Tengo otra opción.
—No.
—Podría fingir que me desmayé.
—No.
—Podría encerrarme en el baño.
—Tampoco.
—Podría escapar por la ventana.
—Estamos en el segundo piso.
—Tengo imaginación.
Sonreí.
—Luna, nos vamos.
Ella puso los ojos en blanco, pero terminó tomando mi brazo.
Juntos comenzamos a bajar las escaleras.
Abajo, la música ya sonaba.
Las luces estaban encendidas.
Los invitados comenzaban a llegar.
Y ninguno de ellos sabía todavía que aquella noche no estaban allí simplemente para celebrar una fiesta.
Estaban allí para descubrir que Luna Bianchi y Thiago Del Monte estaban comprometidos.
Luna respiró profundamente.
—Esto es una pesadilla.
Me acerqué a su oído.
—Sonríe.
—Te odio.
—Sonríe.
Ella levantó la cabeza.
Y, aunque sus ojos seguían llenos de enojo, dibujó una sonrisa perfecta.
La misma sonrisa que engañaría a todos.
Porque desde ese momento, ante la sociedad, Luna Bianchi y Thiago Del Monte serían la pareja perfecta.
Aunque ninguno de los dos imaginaba cuánto iba a cambiar su relación después de aquella noche.