Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.
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Capítulo 2
Capítulo 2 — No voy al matadero, voy a cazar
La noticia del decreto revuelve la casa Montenegro antes de que yo llegue siquiera a mi cuarto.
Mi madre adoptiva, Ofelia, está furiosa. Pero no por mí. Por Rosalía.
—¿El sexto príncipe? —le grita a mi hermana apenas cruzamos la puerta—. ¡Un hijo de cantante, sin tierras, sin nombre! ¿Y tú te arrodillas delante del rey para pedirlo? ¿Te volviste loca?
Yo sé muy bien lo que hizo Ofelia en la otra vida. Movió cielo y tierra, sobornó a quien hizo falta y cambió los papeles en secreto para que su Rosalía se quedara con Adrián, el favorito del rey. Ahora quiere hacer exactamente lo mismo. Se lo veo en la cara.
—Todavía estamos a tiempo —le dice a Rosalía, bajando la voz—. Hablo con tu padre y buscamos la forma de cambiarlo. Tú te quedas con el cuarto príncipe, que es el que vale, y la otra… —me lanza una mirada de reojo, sin molestarse en disimular— la otra que se quede con el don nadie. Para eso la criamos.
Rosalía niega con la cabeza, pálida.
—No, madre. Yo quiero al sexto príncipe. A Damián. No quiero al cuarto, ¿me oye? ¡No lo quiero!
A Ofelia se le desencaja la cara. No lo entiende. ¿Cómo va a entenderlo? No sabe que su hija recuerda otra vida, una en que se casó con el favorito y terminó muerta de pena. Solo ve a su niña rechazando el mejor partido de la corte para tirarse a los pies de un pobre diablo.
—Este disparate me va a matar —dice, y sale a buscar a mi padre.
La sigo de lejos. La encuentro casi de rodillas frente al marqués Bernardo, mi padre adoptivo, rogándole con las manos juntas.
—Se lo suplico, esposo. Vaya a hablar con el rey. Pida que cambien el decreto. Que Rosalía se quede con el cuarto príncipe. No podemos entregar a nuestra hija legítima a un hijo de cantante mientras la adoptada se lleva al favorito del rey. ¡Es al revés como tiene que ser!
Mi padre, que es un viejo general y no un tonto, la mira cansado.
—Mujer, es un decreto del rey. No se cambia porque a ti te parezca. Y si Rosalía se arrodilla a pedir al sexto príncipe delante de toda la corte, ¿qué quieres, que vaya yo a desmentir a mi propia hija ante Su Majestad? Se acabó. Cada una se casa con quien dice el papel.
Ofelia se deshace en lágrimas de rabia. Rosalía aprieta los dientes, aliviada de que nadie le quite a su Damián.
Y yo, parada en la puerta, callada, sonrío por dentro.
Que peleen. Que la madre quiera al favorito para su hija, que la hija se aferre al don nadie, que el padre se lave las manos. A mí me viene todo de maravilla. Nadie está peleando por lo único que yo quiero: ese moribundo al que todos desprecian. Me lo dejan servido en bandeja.
Porque mientras ellos discuten quién se queda con qué príncipe, yo ya estoy haciendo lo único que importa.
Mando a Nube, una de mis dos guardianas, a que se acerque al palacio del cuarto príncipe y me traiga todo lo que pueda. Vuelve al segundo día, cierra la puerta y me lo cuenta en voz baja.
—Mi señora, el príncipe casi no sale de su alcoba. Quien lo cuida es un ama de llaves que puso la reina, una tal Casiana, y ella misma le prepara toda la comida. Dicen que hay días enteros en que no despierta. Tiene la piel amarilla. Le tiemblan las manos.
Asiento. Cada palabra confirma lo que ya me olía.
Hay algo que nadie sabe de mí: sé de medicina y sé de venenos. Lo aprendí en secreto desde niña. Y esos síntomas no son de ninguna enfermedad. Son de un veneno lento, de esos que se dan en dosis pequeñas durante años, para apagar a alguien poco a poco sin que se note.
La reina lleva años matándolo despacio. Pero para mí eso no es una desgracia. Es una oportunidad. A un hombre al que envenenan se le puede curar. Y un príncipe al que todos dan por muerto, si de pronto revive, se vuelve la carta más valiosa del tablero.
Así que me pongo a trabajar. Preparo lo que voy a necesitar y lo escondo en el forro de mi ropa, en el fondo del ajuar: hierbas para el antídoto, una lanceta fina para sangrar el veneno y una bolsa con mi propio dinero. Mi dote irá al palacio. Pero mis verdaderas armas van conmigo, cosidas en el forro y en una faltriquera a la cintura.
Cuando termino, faltan tres días para la boda.
La reina no va a dejar pasar mi entrada sin recordarme quién manda. Odia a Adrián con toda el alma, y ahora ese hijo que quiere ver muerto acaba de ganar, sin mover un dedo, a una esposa de la casa más poderosa del reino. Eso le hierve la sangre.
Me va a recibir con algo preparado. Algo pensado para humillarme desde el primer paso.
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻