Karol Bellandi lo perdió todo en cuestión de semanas. La empresa que levantó con años de esfuerzo está al borde de la quiebra, las deudas la persiguen y el embargo de su casa termina de destruir el mundo que construyó con sacrificio.
Sin opciones y desesperada por salvar lo único que le queda de su padre, acepta buscar ayuda del frío y poderoso empresario Nathanael Moretti.
Nathanael no cree que asociarse con Karol sea una buena inversión. Para él, ella solo es una empresaria en caída libre. Sin embargo, intrigado por la determinación de Karol, le propone un trato: si logra conquistar al cliente más importante del próximo proyecto, considerará firmar el contrato que podría salvar su empresa.
Obligada a convivir con él después de quedarse sin hogar, Karol descubre que detrás de la arrogancia de Nathanael existe un hombre marcado por secretos y heridas del pasado. Lo que comienza como un acuerdo estrictamente profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
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Capitulo 23
Una tarde, Bianca se presentó en la oficina con una carpeta llena de papeles aparentemente oficiales, con una expresión dolida y contenida. Nathanael la recibió con frialdad, dispuesto a escuchar solo por descartar cualquier duda.
—No quería mostrarte esto —empezó ella con voz temblorosa—, pero no puedo permitir que te engañen así. Karol sabía desde meses antes de que su padre muriera que la empresa estaba al borde del abismo. Se acercó a ti calculando cada paso: necesitaba tu dinero y tu influencia para salvarse, y eligió usar tu cercanía como su mejor carta.
Extendió los documentos sobre la mesa: copias alteradas de correos, notas manuscritas falsificadas y un supuesto borrador donde ella hablaba de «ganarse al magnate para obtener el respaldo necesario».
—Mira las fechas —insistió Bianca—. Todo coincide con la primera vez que se vieron. No fue casualidad, Nathanael. Fue una estrategia bien planeada. Nunca te quiso a ti: solo quería lo que tienes.
Las heridas antiguas se abrieron de golpe en el pecho de él. La traición que tanto temía parecía confirmarse en esos papeles. Esa noche, cuando Karol regresó al apartamento, lo encontró en la sala, de pie, con la carpeta en la mano y la mirada vacía, como si hubiera perdido toda fe.
—¿Qué significa esto? —le preguntó sin rodeos, mostrándole las hojas—. ¿Es verdad que ya tenías todo planeado desde antes? ¿Que te acercaste a mí solo por mi dinero?
Karol miró los papeles y sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¡Nathanael, no! Esto es mentira, está todo manipulado. Yo no sabía nada de esto cuando te conocí, te lo juro.
—Todos juran lo mismo —la interrumpió él con amargura, retrocediendo como si su presencia le quemara—. Ya vi cómo falsifican contratos, cómo mienten para quedarse con lo que no es suyo. Ahora veo que lo tuviste preparado desde mucho antes. Fui un ingenuo al creer que entre nosotros había algo real.
—¿Cómo puedes pensar eso después de todo lo que hemos pasado? —suplicó ella, con lágrimas en los ojos—. ¿Todo lo que sentimos te parece una mentira?
—No sé qué creer ya —respondió él con voz ronca, tomando una decisión que le dolía en el alma—. Lo siento. Tienes que irte. Abandona el apartamento antes del amanecer. Y el apoyo económico queda suspendido hasta que aclare todo esto. No puedo seguir ayudando a quien solo me ha visto como un medio para llegar a su fin.
Karol se quedó inmóvil, sintiéndose traicionada nuevamente, esta vez por la persona en la que más confiaba. No hubo más palabras: él se encerró en su despacho, y ella se quedó sola, comprendiendo que Bianca había logrado su objetivo final: separarlos, sembrando la duda incluso en el amor que empezaban a construir.
Karol no intentó llamarlo de nuevo. Sabía que en ese momento, sus palabras no valían nada frente a las pruebas falsas que él había visto. Se dio la vuelta lentamente y caminó hacia su habitación, sintiendo que cada paso le costaba una parte de su fuerza. Empacó sus pocas pertenencias en silencio, evitando hacer el menor ruido, como si incluso el sonido de sus movimientos pudiera molestarlo más.
Cuando terminó, se detuvo un instante frente a la puerta del despacho, con la mano suspendida en el aire, deseando que él saliera, que la llamara, que le dijera que no podía dejarla ir. Pero el silencio desde adentro era absoluto.
—Adiós, Nathanael —susurró con un hilo de voz, sabiendo que probablemente no la escucharía—. Ojalá algún día veas la verdad.
Salió del apartamento y cerró la puerta tras de sí. El pasillo estaba frío y vacío, igual que su corazón. Abajo, la madrugada apenas empezaba a iluminar la ciudad, y ella se encontró de nuevo en la calle, sin techo, sin apoyo y con el dolor más profundo que jamás había sentido: el de haber sido juzgada y desechada por la única persona que creyó que la vería tal cual era.