Una historia de amor, odio y venganza
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Primer beso, primera grieta
Cap 3
Las semanas siguientes a la gala fueron un tira y afloja digno de las mejores novelas de espías románticos. Valentina aceptaba cada cita que Dante le proponía, pero mantenía una distancia calculada al milímetro: llegaba tarde, desaparecía sin explicación durante días, contestaba los mensajes con monosílabos justo cuando él empezaba a preocuparse. Era un plan perfecto de manipulación emocional que había ensayado mentalmente cientos de veces. Haz que desee tu presencia, luego retíratela. Repite hasta que su mundo gire en torno a ti.
Lo que no había previsto era que Dante Montenegro no solo no se alejara, sino que pareciera encontrar en esos juegos una razón para quererla más. Cada vez que ella lo dejaba en visto, él aparecía al día siguiente con un ramo de flores silvestres o con la dirección de una exposición privada. Cada vez que ella cancelaba una cena a último momento, él la esperaba a la salida de su supuesto trabajo en el museo con café caliente y una sonrisa que no debería haber sido tan sincera.
—Eres imposible —le dijo una noche, después de que ella cancelara una cita por una supuesta "emergencia familiar" que en realidad fue una sesión de autoodio frente al espejo de su pensión—. Pero no voy a rendirme hasta entender qué escondes.
—Todos escondemos algo, Dante. La diferencia es que yo no tengo miedo de que lo descubran.
Estaban en el parque del Retiro, cerca del estanque. El sol se había puesto hacía una hora, y los faroles proyectaban sombras largas y temblorosas. Él la miró fijamente, con esa intensidad que le desarmaba los esquemas, y dio un paso hacia ella.
—Entonces déjame verlo.
No le dio tiempo a responder. Dante la besó en medio de la llovizna fina que empezaba a caer, frente al estanque donde los patos dormían arrullados por el agua. Fue un beso incómodo al principio, lleno de desconfianza y dientes chocando. Valentina sintió el impulso de apartarse, de recordarse a sí misma que aquello era una estrategia, una herramienta, un medio para un fin. Pero entonces Dante apoyó una mano en su nuca, con una suavidad que contrastaba con la fiereza de su mirada, y susurró contra sus labios:
—Confía.
Y Valentina sintió cómo el odio de diez años se derretía como cera al sol. Por unos segundos —solo unos segundos— no hubo venganza, ni planes, ni fotografías amarillentas. Hubo un chico y una chica bajo la lluvia, y sus labios que aprendían a conocerse sin permiso de sus fantasmas.
Cuando por fin se separaron, la lluvia ya les había empapado el cabello y los hombros. Dante tenía los ojos brillantes, pero no de lluvia.
—Ese collar —dijo, señalando la llave de plata que ella nunca se quitaba, ahora pegada a su piel mojada—. Lo vi antes. En el cuello de una mujer de mi padre... que murió.
Valentina estaba palida. El mundo se recompuso como un puñetazo. Había cometido el error más grande: mostrar su verdadera joya, la única prueba tangible de que su madre había existido, la que nunca debió llevar a una cita con el enemigo. Pero era tan suya, tan parte de su piel, que olvidó quitársela.
—¿Qué mujer? —preguntó, con voz más firme de lo que se sentía.
—No lo sé —respondió Dante, y había una grieta en su tono, una vulnerabilidad que él intentaba ocultar sin éxito—. Solo recuerdo que mi padre la buscaba. Que un día llegó a casa con esa llave en la mano y la guardó en su caja fuerte. Nunca me explicó por qué.
Valentina respiró hondo. Una mentira, dos mentiras, una cadena de mentiras. Pero su cabeza funcionaba más rápido que su corazón.
—Las llaves de plata como esta se regalaban en los años ochenta a los bebés de familias adineradas —improvisó—. Mi madre tuvo una. Tu madre tuvo otra. Quizás eran amigas. Quizás eso explica por qué nos hemos encontrado.
Dante frunció el ceño. No parecía del todo convencido, pero tampoco la acusó de mentir. En lugar de eso, le tomó la mano y la apretó con fuerza.
—Quiero creerte, Valentina. Quiero creerte más que a nada en el mundo.
Esa noche, de vuelta a su casa Valentina se quitó el collar por primera vez en diez años. Lo sostuvo bajo la luz de la lámpara, y las inscripciones diminutas que había en la llave —un número, una inicial, una fecha— le parecieron más nítidas que nunca.
Junto a la cama, sobre la mesilla, seguía la fotografía de su padre y el Dante adolescente. La nota al dorso seguía allí: «Él lo hizo. Él nos destruyó. Encuéntralo. Mátalo.»
Su padre no le había dicho que matara a Héctor Montenegro. Le había dicho que matara a Dante.
Pero ella acababa de besar al hombre al que debía asesinar. Y lo peor de todo no era eso. Lo peor era que, por un instante bajo la lluvia, había dejado de desearlo.
—Eres una idiota —se dijo al espejo, mientras se secaba el pelo con una toalla húmeda—. Las armas no besan a sus objetivos. Las armas disparan.
Pero esa noche no durmió. Dio vueltas en la cama pensando en los ojos verdes de Dante, en la forma en que había dicho "confía", en la calidez de su mano en su nuca. Y por primera vez desde que empezó el plan, sintió miedo. No de que él la descubriera. Sino de no querer seguir adelante cuando llegara el momento.
El reloj marcó las tres de la madrugada cuando tomó una decisión: aceleraría el plan. Cuanto antes destruyera a Dante, antes podría dejar de sentirlo. La venganza sería su salvación. O su condena.
Cogió el teléfono y escribió un mensaje que no enviaría hasta la mañana:
"Dante. Mañana quiero verte. Tengo que contarte algo importante."
Luego apagó el móvil y se quedó mirando el techo, sintiendo cómo el odio y el amor recién nacido libraban la primera batalla bajo su piel.