Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
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Capítulo 20
- Clara, esta semana que pasé contigo y Pedro fue maravillosa... hacía tiempo que no me divertía así. Dice Nico al despedirse.
- Fue un placer conocerlo, Sr. Nico.
- Por favor, deja la formalidad, ahora somos amigos... por favor, llámame solo Nico.
- Anda, Nico, no tenemos todo el día. Dice Enrico sin paciencia.
- También te voy a echar de menos... ¡hermanito! Nos vemos pronto.
- Mi abogado se pondrá en contacto. ¡Adiós!
- ¡Ja, ja, ja! Qué gracioso, hermano. Nunca te librarás de mí... nunca. Dice con una mirada cargada de maldad.
- Clara, en tu próxima libranza, vamos a cenar juntos. Hasta luego. Dice y me abraza.
Acaricia el pelo de Pedro y sale por la puerta principal.
Enrico me mira y dice:
- Voy a participar en una conferencia en un resort. Y estaba pensando en hacer algo divertido con Pedro y quiero saber si puedes acompañarnos.
- ¡Sí! Pensé que estaba en mi contrato.
- Lo está. Pero la conferencia es en tu libranza quincenal... por eso te lo pregunto, ya que tienes derecho a negarte. Si aceptas, serás debidamente compensada.
Era una mezcla de sentimientos... primero, que nunca he estado en un resort y segundo, que no veré a mi familia.
Sin darme cuenta, mi semblante se abate.
- ¿Qué pasa? ¿Estás triste?
- ¡No! Es que echo de menos a mi familia.
Se pone serio.
- Vamos a hacer esto. Nos acompañas, porque realmente te necesito. Y luego te doy una libranza el fin de semana. ¿Puede ser?
- ¡¡SÍÍÍ!! Respondo animada.
- Genial, prepara tu maleta y la de Pedro, partiremos mañana temprano.
- ¿¿Mañana??
- Exactamente. Quiero disfrutar un poco con mi hijo, llegaremos con antelación.
- Sí, Sr.
...****************...
Me despierto con la cabeza hirviendo de pensamientos. Este será nuestro primer fin de semana fuera. “¿Está todo listo? Pedro necesita descansar, y tú también”, dijo, sin dar lugar a la discusión, la noche anterior.
No tuve tiempo de preguntar qué ropa debía usar, y ahora necesito hacer mi maleta corriendo.
Un resort. Todavía estoy intentando entender esa palabra en mi contexto.
Me arrodillo en el suelo, con la maleta abierta delante de mí y una pila de ropa que grita socorro.
- Vale, Clara… piensa. Murmuro para mí misma.
- ¿Qué tipo de ropa se usa en un resort?
En mi cabeza solo aparecen imágenes de las telenovelas que le gusta ver a mi madre: mujeres con sombrero gigante, vestidos de tela ligera y bebidas de fruta en la mano. Esas escenas con música de fondo y viento en el pelo. Solo que… lo máximo que tengo de “ligero” es un vestido de algodón arrugado que usé en un bautizo hace unos dos años. Y, sinceramente, el viento en el pelo suele ser de la ventana del autobús.
Reviso el armario, que ni siquiera es mío, es de la casa, dejado por las antiguas empleadas, pero está todo pésimo, manchado o mohoso. Separo el vestido y algunos cambios de uniforme.
La maleta de Pedro está lista. La ropita de él es un encanto, y ya conozco la mayoría de memoria. Pequeñitas, oliendo a suavizante, con animalitos dibujados. Coloco camisetas, bermudas, pijamas, una gorra y unas chanclas.
Lo organicé todo con mucho cariño. Sé que no debería encariñarme tanto, pero Pedro es... un pedacito de mi día que hace que todo valga la pena. Verle aprender palabras nuevas, reír, correr, buscarme cuando se asusta. A veces, incluso parece mío.
Respiro hondo y sigo arreglando. Intento imaginar el lugar al que vamos. ¿Será que hay piscina? ¿Será que las personas cenan con cubiertos de verdad y no esos desechables? Y la habitación… ¿será que es igual a las de las películas, con sábanas blancas y almohadas gigantes?
- Resort… repito en voz alta, probando el sonido.
- Parece cosa de otro mundo.
La curiosidad me deja ansiosa. Al mismo tiempo, una puntita de miedo me pincha allá en el fondo. ¿Y si hago algo mal? ¿Y si parezco fuera de lugar? Enrico es exigente. Todo en él es impecable: el traje, la voz, el modo de andar. Hasta su silencio parece caro.
Pero con Pedro es diferente. Él ríe, desarma cualquier tensión, y me hace olvidar quién soy ante el patrón.
Termino las maletas y me siento en el borde de la cama, observando la habitación. La casa está quieta, solo el sonido distante de la lluvia fina golpeando la ventana. El reloj marca casi medianoche, y aun así no consigo dormir.
Abro el celular e investigo discretamente: “cómo comportarse en un resort”.
Las respuestas me dejan aún más nerviosa. “Use ropa de baño adecuada”, “lleve protector solar”, “no olvide las chanclas”, “respete el dress code de las cenas formales”.
- ¿Dress code? ¿Y qué es eso? Digo bajito, frunciendo el ceño.
- Ahora sí que estoy fastidiada.
Guardo el celular y suelto un suspiro largo.
Tal vez solo necesite ser yo misma. Incluso si “yo misma” significa una mujer que nunca salió de casa a viajar. Aún más con el jefe, alguien que llegó con una mochila simple y un corazón latiendo rápido por miedo a lo desconocido.
Cojo la foto de mi padre que guardo dentro del libro de cabecera. A él le encantaba decir: “No te avergüences de lo que es simple, hija. A veces es en lo simple donde reside lo bonito”.
Sonrío.
- Está bien, padre… voy a intentar recordar eso.
Cierro la maleta, dejo todo alineado al lado de la puerta.
- Vamos a vivir una aventura. Susurro.
- Espero que el resort tenga zumo de uva y tarta de chocolate, porque es lo máximo que quiero de la vida.
Oigo un ruido en el pasillo. El corazón se dispara.
"Toc, Toc"
- Srta. Clara. Enrico me llama.
- ¡Entre!
La puerta se abre lentamente, y Enrico aparece. Lleva una camisa social doblada hasta el antebrazo, y un pantalón de sarga.
- ¿Está lista?
- Lo estoy.
- ¿Por qué está de uniforme?
- Es que yo... yo no...
- Vístase con otra cosa. Rápido.
- Yo... yo no tengo, Sr.
Él pone los ojos en blanco.
- Ok. Después resolvemos eso. ¿Podemos irnos?
- Sí, claro.
- Tendremos un largo viaje por delante. Dice y sonríe levemente.
Enrico coge mi maleta como acto de caballerosidad y yo lo acompaño.
- ¿Y Pedrinho?
Él me mira con esa mirada de reprobación.
- Pedro... él pone énfasis en el nombre.
- Ya está en el coche. Fred está con él.
Entro en el coche al lado de Pedro, me abrocho el cinturón. Enrico enciende el coche y partimos.