Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Te encontré
La lluvia golpeaba los ventanales con furia, como si quisiera arrancarlos de cuajo. El cielo estaba tan gris y opaco como el corazón de Isabella esa tarde. Sentada en el enorme sillón de la sala principal, con una manta liviana sobre las piernas, intentaba leer un libro que no le importaba. Las letras se mezclaban entre sí como una sopa sin sentido. Su mente, en cambio, era un hervidero.
Pensaba en Luca.
En el calor de su cuerpo en las noches frías, en la manera brusca pero tierna con la que le enseñaba a defenderse. En los silencios compartidos, en las miradas que decían más que mil palabras, en el deseo. Pero también... pensaba en él.
En Dante.
Ese maldito beso no se borraba de su boca. Ese recuerdo tenía filo, le cortaba los pensamientos cuando menos lo esperaba.
Suspiró, cerró el libro con fuerza y lo dejó sobre la mesa. Hacía ya varias horas que Luca había salido. Le había dicho que debía resolver algo urgente sobre su hermana. Isabella recordaba bien esa conversación, unas semanas atrás: Luca se había abierto con ella, le había contado por qué no pudo estar allí la noche que Dante se la llevó. La llamada de su hermana lo había sacado del radar por un tiempo. Esa culpa aún pesaba sobre sus hombros.
—Vuelvo pronto, principessa —le había dicho con una media sonrisa antes de salir, y la besó en la frente. Pero ahora el sol ya se había ido, y él no regresaba.
Isabella había intentado llamarlo. Una, dos, cinco veces. Nada. El móvil solo daba tono o se iba directamente al buzón de voz. La ansiedad le apretaba el pecho. Se levantó, caminó por la casa, volvió a mirar por la ventana. Afuera, la lluvia se deshacía contra los cristales, distorsionando el mundo.
Cuando el teléfono vibró entre sus manos, casi se le cae del susto.
—¿Luca? —preguntó, su voz cargada de alivio.
Pero del otro lado no hubo respuesta inmediata. Solo un silencio tenso... hasta que una voz profunda, oscura y absolutamente reconocible rompió el momento como una cuchillada:
—Te encontré.
Isabella se quedó paralizada, con el móvil pegado a la oreja. Un escalofrío le recorrió la espalda, y un segundo después, el timbre de la puerta sonó. Dos toques firmes, decididos.
Su mente no podía unir los hilos.
—¿Dante? —susurró al teléfono, como si necesitara confirmar lo que ya sabía.
Volvió a sonar el timbre. Su corazón latía tan fuerte que creía que iba a vomitarlo. Pensó en Luca. “Tal vez volvió y olvidó las llaves”, se dijo con un hilo de esperanza. Se acercó a la puerta. La mano temblorosa en el picaporte. No miró por la mirilla.
Abrió.
Y allí estaba.
Empapado, con su abrigo negro chorreando agua y una sonrisa torcida en los labios. Los ojos verdes que la miraban como si supieran exactamente lo que ella sentía.
—Ahora sí… —dijo con esa voz suya, áspera, sensual, peligrosamente baja—. Te encontré.
Isabella retrocedió un paso, el teléfono cayó de su mano y golpeó el suelo con un chasquido seco. Tragó saliva.
—¿Cómo me…? ¿Cómo me encontraste? —balbuceó.
—Eso no importa —dijo él, cerrando la puerta detrás de sí con calma, como quien no teme nada—. Lo que importa es que estás acá. Y yo también.
Dante dio un paso. Ella otro hacia atrás.
—No deberías estar aquí —dijo Isabella, intentando sonar firme, aunque su voz se quebraba.
—Tarde para eso. —Se encogió de hombros, divertido—. ¿Me extrañaste?
—¿Estás loco?
—Un poco. Pero eso nunca impidió que desees lo que no debés —le soltó, directo, como una bala.
Estaba a centímetros de ella. Isabella podía sentir el aroma de su perfume mezclado con la lluvia, el calor que irradiaba su cuerpo bajo la ropa mojada.
—Dante, andate. No quiero esto…
—No vine a obligarte, Isabella —la interrumpió suavemente—. Esta vez no. Vine a darte una opción. Se inclinó y le levantó el mentón con dos dedos. El tacto era suave, pero firme. Como su mirada.
—Tenés 48 horas para pensarlo. Vas a volver conmigo. Pero quiero que lo elijas.
—¿Y si no lo hago?
Dante sonrió. Se abrió el saco con un movimiento lento, teatral… y sacó algo. Una libreta.
La misma donde Isabella escribía pensamientos, frases sueltas, deseos que no decía en voz alta.
—Leí esto. —Le mostró la tapa con su nombre, con esa letra suya tan prolija—. Todo lo que pensaste sobre mí... y sobre Luca. Interesante comparación, la verdad. Aunque algo injusta conmigo, debo decir.
Ella palideció.
—¿Leíste mis cosas?
—Te observé en silencio durante semanas, Isabella. ¿Y creés que no iba a leerte si me dejaste entrar sin querer a lo más íntimo que tenés?
—Eso es una amenaza —susurró, conteniendo el temblor.
—No, amor. Eso es una advertencia.
Dio media vuelta. Caminó hacia la puerta.
—Ah… y saludame a Luca. Si es que en algún momento te responde las llamadas.
Y se fue, dejando tras de sí el sonido de la lluvia… y a Isabella con el corazón latiéndole tan fuerte que no podía pensar. Su cuerpo temblaba. No sabía si era rabia, miedo o… deseo.
Tal vez todo al mismo tiempo.