Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
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CAPÍTULO 13 - El miedo disfrazado
Aceptar fue fácil.
Lo difícil vino después.
Porque una cosa era escribir una palabra en una libreta.
Y otra muy diferente era vivir las consecuencias de esa palabra.
Durante los siguientes días, Axel empezó a recibir información sobre el programa.
Horarios.
Actividades.
Requisitos.
Materiales.
Evaluaciones.
Cada página que leía aumentaba una sensación incómoda dentro de su pecho.
Nervios.
Muchos nervios.
Porque cuanto más aprendía sobre el programa, más evidente se volvía una realidad.
Había personas mucho más preparadas que él.
Personas con estudios.
Personas con experiencia.
Personas que parecían tener la vida mucho más organizada.
Y entonces apareció otra vez.
La voz.
La misma voz que durante años había saboteado cada intento de cambio.
—No perteneces ahí.
Axel intentó ignorarla.
—Ellos son mejores.
Continuó leyendo.
—Vas a hacer el ridículo.
Apretó la mandíbula.
—Van a descubrir que no sabes nada.
Finalmente cerró la carpeta.
Porque la voz estaba ganando.
Otra vez.
Al día siguiente llegó temprano al parque.
Necesitaba correr.
Pensar.
Despejarse.
El aire frío golpeaba su rostro mientras avanzaba por el sendero.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Veinte.
Treinta.
Seguía corriendo.
Pero sus pensamientos corrían más rápido.
¿Qué pasa si soy el peor?
¿Qué pasa si fracaso?
¿Qué pasa si no soy suficiente?
Preguntas.
Siempre preguntas.
Cuando finalmente se detuvo, estaba agotado.
Y no solo físicamente.
Mentalmente también.
—Pareces preocupado.
Sofía apareció con un vaso de café.
—Estoy preocupado.
—Lo imaginé.
Ella tomó asiento junto a él.
—¿Qué pasó ahora?
Axel le contó todo.
Las dudas.
Los miedos.
Las inseguridades.
Cuando terminó, Sofía permaneció observándolo durante varios segundos.
Luego hizo una pregunta inesperada.
—¿Recuerdas tu primer día aquí?
—Claro.
—¿Cuánto corriste?
—Cinco minutos.
—¿Y ahora?
—Treinta.
—¿Cómo llegaste de cinco a treinta?
Axel levantó los hombros.
—Entrenando.
—¿Eras bueno el primer día?
—No.
—¿El segundo?
—No.
—¿El tercero?
—Tampoco.
Sofía sonrió.
—Entonces ya conoces la respuesta.
Axel la observó.
Y poco a poco entendió.
No necesitaba ser bueno al principio.
Solo necesitaba comenzar.
Como había hecho con el ejercicio.
Como había hecho con los ahorros.
Como había hecho con cada pequeño cambio.
Esa noche ocurrió algo extraño.
Mientras limpiaba su habitación encontró una vieja fotografía.
Tenía diecisiete años.
Aparecía junto a varios compañeros de escuela.
Sonriendo.
Lleno de sueños.
Lleno de energía.
Lleno de posibilidades.
Se sentó en la cama observando la imagen.
Durante mucho tiempo.
Y entonces se dio cuenta de algo.
Aquel muchacho creía que a los veintidós tendría la vida resuelta.
Universidad.
Dinero.
Objetivos claros.
Todo.
Y aquí estaba.
Sin universidad.
Sin grandes ahorros.
Sin respuestas definitivas.
Pero también vio algo más.
Aquel muchacho jamás habría imaginado levantarse a las cinco de la mañana.
Jamás habría imaginado correr treinta minutos.
Jamás habría imaginado ahorrar dinero constantemente.
Jamás habría imaginado enfrentar sus problemas en lugar de huir.
Sonrió.
Porque por primera vez comprendió algo importante.
No estaba donde quería estar.
Pero tampoco era quien solía ser.
El primer día del programa llegó más rápido de lo esperado.
Axel apenas pudo dormir.
Dio vueltas en la cama durante horas.
Miró el reloj.
La ventana.
El techo.
Todo.
Hasta que finalmente sonó la alarma.
4:30 A.M.
Se levantó de inmediato.
No porque estuviera tranquilo.
Sino porque estaba demasiado nervioso para seguir acostado.
Se duchó.
Se vistió.
Preparó todo.
Y salió de casa.
Las calles todavía estaban oscuras.
La ciudad apenas despertaba.
Mientras caminaba hacia la parada del autobús sintió algo familiar.
Miedo.
Mucho miedo.
Pero esta vez era diferente.
Antes el miedo lo paralizaba.
Ahora caminaba junto a él.
Cuando llegó al edificio donde se realizaría el programa, sintió que el estómago se le encogía.
Era enorme.
Moderno.
Profesional.
Personas entrando y saliendo.
Personas que parecían seguras de sí mismas.
Personas que parecían pertenecer a ese lugar.
A diferencia de él.
—Genial...
Respiró profundamente.
Luego avanzó.
Paso a paso.
Hasta llegar a la recepción.
Le indicaron el salón.
Subió las escaleras.
Abrió la puerta.
Y se congeló.
Había más de treinta participantes.
Algunos conversaban.
Otros revisaban documentos.
Otros parecían tan nerviosos como él.
Tomó asiento en una esquina.
Intentando pasar desapercibido.
Sin éxito.
Porque inmediatamente alguien se sentó a su lado.
—¿Primer día?
Axel volteó.
Era un joven de su edad.
Quizás un poco mayor.
—Sí.
—Igual yo.
—Perfecto.
—¿También estás muerto de nervios?
Axel soltó una risa.
—Completamente.
—Excelente.
—¿Excelente?
—Sí.
Pensé que era el único.
Ambos comenzaron a reír.
Y de repente la tensión disminuyó.
Solo un poco.
Pero suficiente.
Minutos después apareció el instructor principal.
Y para sorpresa de Axel...
Era el hombre del traje.
El mismo.
Exactamente el mismo.
El salón quedó en silencio.
El hombre observó a todos los participantes.
Luego habló.
—Bienvenidos.
Aquella palabra otra vez.
Bienvenidos.
Bien.
Parecía perseguirlo.
—Antes de comenzar quiero aclarar algo.
Nadie aquí fue elegido por ser perfecto.
Nadie aquí fue elegido por ser el más inteligente.
Nadie aquí fue elegido por saberlo todo.
El silencio era absoluto.
—Fueron elegidos porque demostraron potencial.
Porque hicieron preguntas.
Porque mostraron disciplina.
Porque decidieron avanzar cuando era más fácil quedarse quietos.
Axel sintió un nudo en la garganta.
Como si aquellas palabras estuvieran dirigidas exactamente a él.
—Y les prometo algo.
Durante los próximos meses cometerán errores.
Muchos errores.
Se sentirán frustrados.
Confundidos.
Agotados.
Pero si permanecen aquí...
Saldrán diferentes.
El corazón de Axel latía con fuerza.
Porque por primera vez en mucho tiempo sentía que estaba exactamente donde debía estar.
No porque fuera el mejor.
No porque estuviera preparado.
Sino porque había tenido el valor de presentarse.
Y a veces...
Eso era suficiente para comenzar.
Mientras observaba el salón lleno de desconocidos, comprendió algo.
La verdadera oportunidad nunca había sido el programa.
La verdadera oportunidad era demostrarse a sí mismo que podía entrar en lugares que antes le daban miedo.
Y esa batalla...
Ya la estaba ganando.
Fin del Capítulo 13