Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 19
El lunes por la noche trajo consigo una tregua necesaria. Tras el huracán de emociones que había significado la irrupción de Ángela y la humillante aparición de Elena en la oficina, el ambiente entre Víctor y Cecilia exigía un espacio fuera de las cuatro paredes del piso doce. Víctor, haciendo gala de su madurez y de ese instinto protector que lo caracterizaba, reservó una mesa en un exclusivo restaurante de luz tenue y cortinas de terciopelo, apartado del centro corporativo. Ya no había contratos de por medio; era el momento de poner las cartas sobre la mesa.
Cecilia llegó al lugar vistiendo un espectacular vestido de seda color azul noche. El diseño se adhería a sus curvas con una precisión casi pecaminosa, con un escote halter que dejaba sus hombros y su espalda completamente al descubierto. Su cabello rubio iba recogido en un moño desenfadado, permitiendo que unos mechones enmarcaran su rostro de facciones delicadas. No quedaba rastro de la secretaria sumisa de la mañana; esa noche, la sensualidad que emanaba era magnética, un desafío directo al autocontrol del hombre que la esperaba sentado a la mesa.
Víctor la vio acercarse y se incorporó de inmediato. Vestía un traje negro impecable, sin corbata, con los primeros dos botones de la camisa desabrochados, revelando el inicio de su pecho firme. Su imponente presencia física de treinta años y su porte de superioridad natural intimidaban a cualquiera, pero cuando sus ojos oscuros se fijaron en Cecilia, la rigidez de su mandíbula se transformó en puro deseo contenido.
—Estás bellísima, Cecilia —murmuró Víctor con su voz profunda y ronca, tomándola de la mano para ayudarla a sentarse. El contacto de sus palmas desató una corriente eléctrica que les recorrió la piel.
—Gracias, Víctor. Necesitaba salir de esa oficina —respondió ella en un susurro atrevido, sosteniéndole la mirada con una intensidad que ponía a prueba las reglas del lugar.
Durante la primera parte de la cena, el vino tinto sirvió para aflojar la tensión de los días anteriores. Hablaron del caos que sus respectivas familias estaban provocando. Víctor, entrelazando sus dedos con los de ella por encima del mantel, la miró con una seriedad protectora que a Cecilia la hacía derretirse por dentro.
—Lamento mucho lo que pasó con Ángela en mi despacho. Sabes perfectamente que ella me besó y que la aparté de inmediato. No hay nada de ella en mi vida, Cecilia. Mi único negocio y mi única devoción eres tú —sentenció él, apretando su agarre con una firmeza posesiva dominante que a ella le erizó la piel.
—Lo sé, Víctor... por eso me dolió tanto —confesó ella, bajando sutilmente la mirada en un gesto dócil que alimentaba sus fetiches de sumisión—. Y también te pido disculpas por lo de mi madre. Me muero de la vergüenza de que hayas tenido que ver esa parte de mi vida.
—No tienes nada de qué avergonzarte —la interrumpió Víctor con un tono de mando que no admitía réplicas—. Tu madre es una manipuladora, y ya te lo dije: no vas a volver a darle un solo centavo de tu sueldo. Yo me encargaré de protegerte de ella si vuelve a pararse en mi empresa. A partir de ahora, tú solo debes preocuparte por obedecer mis reglas y dejar que yo tome el control de todo lo demás.
Cecilia sonrió de lado con un atrevimiento salvaje, extasiada por la seguridad de su jefe. Sentir que un hombre maduro y poderoso la reclamaba y la defendía de esa manera borraba cualquier rastro de enojo de su mente.
Sin embargo, la realidad de Víctor como padre soltero volvió a cruzarse en la conversación cuando su teléfono celular vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Angélica. Víctor sonrió con genuina ternura al leerlo y miró a Cecilia.
—Hablando de la familia... Angie me acaba de escribir. Parece que las cosas en el colegio están cambiando para ella —comentó Víctor, guardando el aparato—. Ayer me confesó que conoció a un muchacho en su clase de literatura. Dice que es un chico supuestamente decente, muy educado, que la ayuda con los proyectos de fin de ciclo y que le atrae muchísimo.
Cecilia arqueó una ceja con simpatía, acomodándose en su asiento, permitiendo que la seda de su vestido se deslizara por su muslo debido a la abertura lateral.
—Tiene quince años, Víctor. Es la edad de las primeras ilusiones —opinó Cecilia con madurez—. Aunque me imagino que tu instinto de padre sobreprotector ya debe estar encendiendo las alarmas.
—No lo imaginas, lo sabes —admitió Víctor con un gruñido bajo y posesivo—. Angélica es mi prioridad absoluta. Confío en su criterio porque es una chica sumamente inteligente y perceptiva, pero no puedo evitar querer investigar quién es ese maldito muchacho. Si se atreve a lastimarla, conocerá al Víctor Moreira que nadie quiere ver en el mundo de los negocios.
La forma en que Víctor hablaba de su autoridad y de su rol de protector no hacía más que encender los deseos ocultos de Cecilia. Ese mismo hombre que cuidaba de su hija con un amor infinito, era el salvaje depredador que la reclamaba contra el escritorio de caoba debajo de las sábanas de la discreción corporativa.
Al regresar a la suite del hotel donde habían decidido pasar el resto de la noche para no volver al departamento, el ambiente se volvió espeso en un parpadeo. En cuanto el pestillo de la puerta trasera hizo clic, Cecilia dejó caer su bolso al suelo. La penumbra de la habitación, rota solo por el reflejo de las luces de la ciudad, era el escenario perfecto para reescribir sus términos.
Sin embargo, antes de que Víctor pudiera acortar la distancia, el teléfono de Cecilia comenzó a sonar en su bolso. Al revisar la pantalla, el nombre de su madre, Elena, brilló con insistencia. Cecilia soltó un suspiro de amargura; la mujer seguía insistiendo con el dinero a través de mensajes de texto llenos de chantajes emocionales.
Víctor avanzó hacia ella con pasos lentos y seguros, haciendo gala de su imponente contextura física. Le quitó el teléfono de las manos sin pedir permiso y lo apagó, tirándolo sobre el sofá de cuero negro.
—Te di una orden en el restaurante, Cecilia —le recordó Víctor, acorralándola contra la pared de la habitación, atrapando sus muñecas con una sola de sus manos grandes y firmes—. Te prohibí que siguieras pensando en tu madre esta noche. Tu mente, tus pensamientos y tu cuerpo me pertenecen solo a mí. Rompiste la regla de la obediencia al prestarle atención a esa pantalla.
A Cecilia se le cortó la respiración. La sumisión que tanto la volvía loca cobró vida en un segundo. Sentir la fuerza y la autoridad con la que Víctor la dominaba hacía que todos los problemas del mundo exterior se disolvieran en el aire.
—Castígueme, señor Moreira... he sido una secretaria muy desobediente hoy —rogó ella en un murmullo ronco, arqueando la espalda para pegar su pecho al de él, buscando el contacto de sus labios.
Víctor soltó un gruñido posesivo y atrapó su boca en un beso ardiente, profundo y hambriento. Fue un reclamo crudo que selló la reconciliación y el inicio de un castigo que ambos deseaban con locura. Sin romper el beso, la levantó por las caderas con una facilidad pasmosa y la llevó hacia la enorme cama King Size, depositándola en el centro de las sábanas blancas.
Se posicionó sobre ella, mirándola desde arriba con esa superioridad natural que la desarmaba por completo. Sus manos viajaron por la espalda descubierta de Cecilia, subiendo la seda azul de su vestido, reclamando la piel suave de sus muslos con una confianza renovada. Esa noche, en la clandestinidad de su romance secreto, Víctor demostró que no había exesposas, madres manipuladoras ni pretendientes de colegio que pudieran romper el control absoluto que él ejercía debajo de las sábanas sobre la voluntad de su hermosa y dócil secretaria.