✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Envenenada por las sombras
La medianoche regresó a las Torres de Marfil, pero esta vez el palacio no estaba en calma. En sus aposentos privados, la princesa Lysandra se despojó del vestido plateado con movimientos rápidos. Lo arrojó al suelo como si fuera una cadena que la mantenía prisionera.
En su lugar, se vistió con ropa que nunca usaba frente a los ministros: pantalones de cuero negro reforzado, botas altas de montar y una túnica oscura de cazadora. Abrió un baúl secreto debajo de su cama y sacó un cinturón con dos dagas de acero fino y una espada corta que había aprendido a usar en secreto durante su adolescencia. Finalmente, metió en un bolso de cuero varios frascos con antídotos reales, hierbas curativas y esencias de luz, las medicinas más caras de la capital.
Antes de salir, guardó la carta manchada de Kaelith en el bolsillo más cercano a su pecho.
Lysandra no usó las puertas principales. Conocía el palacio mejor que nadie. Se deslizó por los pasadizos ocultos detrás de los tapices de la biblioteca, aquellos que los antiguos reyes usaban para escapar en tiempos de revolución. Bajó por escaleras de piedra caracol, a oscuras, guiándose solo por el tacto, hasta llegar a las caballerizas de la terraza media.
Allí, esquivando las linternas de los guardias de ronda, ensilló por sí misma a su yegua blanca, un animal veloz y resistente.
—¿A dónde cree que va, princesa? —una voz la congeló a mitad de la oscuridad.
Lysandra se giró despacio, con la mano apoyada en el pomo de su daga. De entre las sombras de las caballerizas salió el capitán de la guardia real, un hombre anciano que había servido a su familia por décadas.
—Capitán —dijo Lysandra, manteniendo la voz firme y fría—. Voy a salir de la ciudad. No intente detenerme.
—El emperador se enfurecerá. Su boda con el príncipe de Zephyria es en poco tiempo. Si usted no está aquí, la alianza se romperá y el imperio caerá.
Lysandra dio un paso al frente, permitiendo que la luz de la luna iluminara su rostro decidido. Sus ojos verdes brillaban con una fuerza que el capitán nunca había visto en ella.
—El imperio ya está cayendo en el sur, capitán. Si la general Kaelith muere, no habrá ejército que defienda estas murallas, aunque tengamos todo el oro del norte. Mi padre entenderá mi decisión cuando regrese con la victoria. Déjeme pasar.
El viejo soldado miró a la princesa, luego miró el bolso de medicinas y la espada corta en su cintura. Comprendió que no era un capricho de una joven asustada, sino la orden de una gobernante que había decidido tomar las riendas de su propio destino. El capitán dio un paso a un lado y bajó la cabeza.
—La muralla oeste tiene un relevo de guardias en cinco minutos —dijo en un susurro—. Ese puente estará libre por un instante. Vaya, princesa. Y que la luz la acompañe.
Lysandra asintió, montó a caballo y salió al galope por la puerta lateral de las caballerizas. Cruzó el gran puente de piedra de la muralla oeste justo cuando los guardias cambiaban de turno. En pocos minutos, la silueta majestuosa y blanca de Aethelgard quedó atrás, flotando entre la niebla nocturna, mientras la princesa se internaba en los caminos oscuros que llevaban al sur.
Pasaron cuatro días de viaje continuo. El paisaje brillante de mármol y vegetación dio paso a la desolación. La tierra se volvió de un color gris enfermo, y una lluvia fina de ceniza empezó a caer desde el cielo encapotado, manchando la ropa de Lysandra y dificultando la respiración de su yegua.
El olor a azufre y a magia podrida era cada vez más fuerte. Lysandra se cubrió la boca y la nariz con una bufanda oscura, manteniendo los ojos bien abiertos. Sabía que estaba en territorio peligroso. Las patrullas del ejército imperial no llegaban hasta aquí, y las criaturas de Umbralia rondaban los caminos destruidos.
En la tarde, mientras cruzaba un bosque de árboles secos y retorcidos, su yegua relinchó con fuerza y se frenó en seco, parándose sobre sus patas traseras.
—Tranquila, chica, tranquila —susurró Lysandra, intentando controlar las riendas.
De entre los troncos quemados surgieron tres figuras. No eran monstruos de humo, sino hombres. Llevaban armaduras oxidadas y capas desgarradas. Eran desertores del ejército, soldados que habían huido del frente de batalla presos del pánico y que ahora vivían como bandidos en la llanura de ceniza.
—Miren lo que tenemos aquí —dijo el más alto, un hombre con una cicatriz en el ojo, desenvainando una espada mellada—. Un caballo fino, ropas caras y una mujer sola. Hoy es nuestro día de suerte.
—Bájate del caballo, muchacha, y déjanos el bolso —ordenó otro, avanzando con un hacha pequeña—. Si cooperas, tal vez te dejemos caminar de regreso.
Lysandra evaluó la situación en un segundo. Su mente estratega analizó el terreno. Eran tres contra uno, hombres con experiencia militar pero hambrientos y desesperados. Ella no tenía la fuerza física de Kaelith para un combate bruto, pero tenía velocidad y entrenamiento de élite.
—Sé quiénes son —dijo Lysandra, manteniendo la voz calmada y autoritaria, sin mostrar un ápice de miedo—. Son soldados de la tercera división de infantería. Reconozco las marcas en sus hombreras oxidadas. Abandonar el frente es un delito que se paga con la horca en Aethelgard.
Los hombres se tensaron al escuchar su tono de voz. El líder soltó una carcajada forzada para ocultar su nerviosismo.
—Aethelgard está muy lejos, niñita. Aquí no hay leyes. Solo está el hambre y las sombras. ¡A por ella!
El hombre del hacha se abalanzó primero. Lysandra no esperó el impacto. Espoleó a su yegua para que avanzara, usó el cuerpo del animal para golpear al atacante y hacerlo rodar por el suelo de ceniza. Al mismo tiempo, desenfundó su espada corta y bloqueó el golpe directo del líder bandido.
El metal chocó con un sonido seco. La fuerza del hombre la hizo tambalear sobre la silla, pero Lysandra usó la velocidad a su favor. Deslizó su hoja por el filo de la espada enemiga, desvió el arma hacia un lado y, con un movimiento rápido de su bota, pateó el rostro del líder, haciéndolo retroceder sangrando por la nariz.
El tercer desertor intentó atacarla por la espalda con una lanza. Lysandra saltó del caballo, rodó por la tierra gris y sacó una de sus dagas finas con la mano izquierda. Antes de que el lancero pudiera girar su arma larga, la princesa se deslizó por debajo de su guardia y le clavó la daga en el muslo.
El hombre gritó de dolor y cayó de rodillas, soltando la lanza.
Lysandra se levantó de inmediato, colocándose en posición de combate, apuntando con su espada corta al líder, que se limpiaba la sangre del rostro, y manteniendo al tercer bandido en su línea de visión. El hombre que había sido golpeado por el caballo apenas empezaba a levantarse, quejándose del dolor en las costillas.
En pocos segundos, una mujer sola de la corte había inhabilitado a una patrulla de desertores.
—Escúchenme bien —habló Lysandra, y su voz resonó con la misma frialdad que usaba en el salón del consejo—. Podría matarlos aquí mismo. Sé exactamente dónde golpear para que se desangren en esta ceniza. Pero necesito información y ustedes quieren vivir.
El líder bandido, mirando la punta del acero de la princesa y notando la postura perfecta de una noble entrenada, tragó saliva y bajó su espada mellada.
—¿Qué quiere saber? —preguntó con voz ronca.
—¿Dónde está el campamento base de la general Kaelith? ¿Sigue en pie el cañón?
Los hombres se miraron entre sí. El herido de la pierna habló entre dientes, quejándose:
—El cañón sigue bajo el control imperial, pero es un cementerio. La general Kaelith detuvo el primer gran ataque, pero dicen que cayó envenenada por las sombras. El campamento médico está en la retaguardia, detrás de las colinas de piedra, a unas pocas horas de aquí. Pero no durarán mucho. El ejército de Umbralia atacará de nuevo al amanecer.
Lysandra sintió un nudo en el estómago al confirmar que Kaelith seguía con vida, pero el tiempo se agotaba. Guardó su espada corta con un movimiento limpio, subió de un salto a su yegua y tomó las riendas. Miró a los tres hombres con severidad.
—Regresen al norte si quieren salvar sus vidas —les dijo—. Pero si vuelvo a encontrarlos robando en estos caminos, yo misma me encargaré de que cumplan su sentencia.
Sin esperar respuesta, Lysandra espoleó a su yegua y salió disparada a toda velocidad a través del bosque de árboles secos, siguiendo la dirección de las colinas de piedra. La lluvia de ceniza continuaba cayendo, y el cielo empezaba a tomar los primeros tonos oscuros de la noche. El amanecer del día siguiente traería una batalla, y ella tenía que llegar al lado de Kaelith antes de que las sombras se lo arrebataran todo.