🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Ángel
La mañana del viernes comenzó con un cambio inesperado en la rutina del ático. Después del desayuno y del entrenamiento físico habitual, Azael Brinkman no se colocó el saco gris de la oficina. En su lugar, tomó un abrigo negro y miró a Bastian, quien terminaba de abrocharse la camisa del traje.
—Hoy no iremos directo a la firma, Bastian —anunció Azael, cruzando los brazos—. Ha pasado un mes desde que ingresaste a mi oficina privada. El informe de Josh indica que la recuperación de tu madre es óptima. Creo que ha llegado el momento de que vayas a verla.
A Bastian se le iluminó el rostro de inmediato. Por primera vez en semanas, una chispa de verdadera vida regresó a sus ojos. El nudo de angustia que cargaba en el pecho pareció aflojarse un poco.
—¿De verdad? ¿Voy a poder ver a mi madre? —preguntó Bastian, dando un paso hacia adelante, con la voz temblando por la emoción.
—Sí —respondió Azael, dando un paso hacia él y deteniéndose a escasos centímetros, obligando a Bastian a levantar la mirada—. Pero bajo mis condiciones. Recuerda la mentira que le dijimos para proteger su débil corazón: estuviste recluido en tu apartamento por culpa de un resfriado severo. No quiero lágrimas, no quiero escenas dramáticas y no quiero que menciones una sola palabra sobre tu nuevo horario de trabajo o tu estancia en mi ático. Si detecto un solo rastro de nerviosismo en tu voz, daré por terminada la visita de inmediato y Josh se encargará de trasladarla a un hospital público. ¿Fui claro, Murphy?
Bastian tragó saliva. La alegría momentánea se transformó en una tensión sofocante. Sabía que Azael no estaba siendo generoso; estaba usando la visita como una prueba de obediencia, un examen para comprobar si el entrenamiento psicológico de las últimas semanas había surtido efecto.
—Fuiste claro —respondió Bastian en un susurro, bajando la mirada.
—Buen chico. Vámonos.
El trayecto en el auto deportivo hacia la clínica médica fue silencioso. Bastian miraba por la ventana las calles de la ciudad que ya no recorría a pie. Se sentía como un extraño en el mundo exterior. Al llegar, el vehículo no se detuvo en la entrada principal. Azael condujo directamente hacia el estacionamiento privado de los médicos, un área exclusiva y alejada de las miradas del público.
Josh ya los esperaba en la entrada del ascensor de servicio de la clínica. Los guió por los pasillos internos hasta el piso VIP, un ala silenciosa con pisos de porcelanato y paredes decoradas con cuadros costosos. No parecía un hospital; parecía un hotel de cinco estrellas.
Al llegar a la puerta de la suite médica número 345, Azael se detuvo y tomó a Bastian por la muñeca. Su agarre fue firme, una última advertencia física antes de entrar al territorio de la verdad.
—Recuerda el trato, Bastian. Yo estaré adentro contigo a cada momento. Mide tus palabras —susurró Azael en su oído antes de abrir la puerta.
Bastian respiró hondo y entró.
La habitación era amplia y luminosa. Sentada en la cama, apoyada sobre varias almohadas mullidas, estaba Stella Murphy. Aunque se veía delgada y su piel aún lucía algo pálida, sus ojos se encendieron de felicidad al ver abrirse la puerta.
—¡Bastian! ¡Mi niño! —exclamó Stella, extendiendo sus brazos débiles hacia él.
—¡Mamá! —Bastian rompió a correr hacia la cama, arrodillándose al lado del colchón para rodear a su madre con un abrazo fuerte y desesperado. Enterró el rostro en su hombro, aspirando el olor familiar a colonia de bebé y hospital, conteniendo con todas sus fuerzas las ganas de llorar de verdad.
—Mírate, estás tan cambiado. Te veo más fuerte, has ganado peso —dijo Stella, acariciándole el cabello alborotado con ternura—. Estaba tan preocupada por ese resfriado tuyo. La enfermera me dijo que pasaste días con fiebres muy altas en tu apartamento. Me dolió tanto no poder ir a cuidarte, hijo.
Bastian sintió una punzada de dolor en el estómago. Miró de reojo hacia la entrada de la habitación. Azael Brinkman estaba de pie junto a la ventana, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo negro, observando la escena con una frialdad analítica. Su mirada estaba fija en cada movimiento de Bastian, lista para intervenir si el joven cometía el menor error.
—Ya estoy bien, mamá. Fue solo una mala racha, pero los médicos me cuidaron mucho —mintió Bastian, sintiendo que la garganta se le cerraba por la culpa—. Lo importante es que tú te ves mucho mejor. Me dijeron que la cirugía fue un éxito completo.
—Todo ha sido gracias al señor Brinkman y a la fundación de su empresa, Bastian —dijo Stella, mirando hacia el director con una expresión de profunda gratitud—. Este hombre es un ángel. No solo pagó la deuda inicial, sino que me trasladó a esta hermosa suite y se asegura de que los mejores especialistas me revisen todos los días. Tienes que ser el empleado más eficiente y agradecido del mundo con tu jefe, hijo.
Bastian sintió que el aire se volvía espeso como el plomo. Escuchar a su propia madre llamar "ángel" al monstruo que lo mantenía secuestrado psicológicamente en un ático era una tortura insoportable. Quería gritarle la verdad, quería decirle que Azael lo tenía encadenado a sus deseos por culpa del dinero de esa suite, pero la mirada fija y fría de Brinkman desde la ventana le recordó el precio de la honestidad.
—Lo soy, mamá. El señor Brinkman es… muy atento conmigo —alcanzó a decir Bastian, forzando una sonrisa falsa que no llegó a sus ojos.
Azael se despegó de la ventana y caminó lentamente hacia la cama, colocándose justo detrás de Bastian. Extendió una mano y la apoyó de manera posesiva en el hombro del joven Murphy, apretando ligeramente la tela de su camisa.
—No hay nada que agradecer, señora Murphy —dijo Azael con una voz suave y una cortesía impecable que ponía los pelos de punta a Bastian—. Su hijo es un pasante excepcional. Su dedicación exclusiva a mis asuntos personales en la firma merece este tipo de consideraciones. Me aseguro personalmente de que Bastian tenga todo lo que necesita para rendir al máximo a mi lado.
—Dios lo bendiga, señor Brinkman —respondió Stella con los ojos húmedos—. Sé que mi hijo está en las mejores manos.
La visita duró apenas quince minutos. Para Bastian, cada segundo fue un ejercicio de actuación extrema, manteniendo una fachada de tranquilidad mientras sentía la mano dominante de Azael pesando sobre su hombro. Cuando el monitor cardíaco de Stella indicó que su ritmo comenzaba a acelerarse por la emoción de la charla, Azael dio la señal de retirada.
—Es hora de irnos, Bastian. Tu madre necesita descansar y nosotros tenemos una junta importante en la firma —anunció Azael, retirando la mano de su hombro.
Bastian se despidió de su madre con un beso en la mejilla y una promesa de regresar pronto, aunque sabía que la próxima visita dependería exclusivamente de su nivel de sumisión en el ático.
Al salir de la suite VIP y caminar por el pasillo hacia el ascensor de servicio, Bastian no pudo contenerse más. Se detuvo en seco, dándose la vuelta para enfrentar al millonario.
—¿Por qué hace esto? —preguntó Bastian en un susurro cargado de rabia, con los ojos empañados por las lágrimas—. Hacer que mi madre le dé las gracias… hacer que piense que usted es una buena persona mientras me destruye la vida. Es usted un ser despiadado, Brinkman.
Azael no se inmutó por el reclamo. Se acercó a él, acorralándolo contra la pared del pasillo del hospital, aprovechando que Josh vigilaba el extremo del corredor para que nadie pasara.
—No te estoy destruyendo la vida, Bastian Murphy. Te estoy dando una vida nueva —susurró Azael, tomando su barbilla con una fuerza controlada que impidió que el joven apartara la cara—. Tu madre está feliz, viva y bien atendida. Tú tienes un cuerpo sano, un trabajo seguro y toda mi atención. Lo único que tienes que dejar ir es tu absurdo deseo de libertad. Eres mío ahora, Bastian. Tu madre lo sabe, aunque no entienda el verdadero contexto de la palabra.
Bastian cerró los ojos, dejando que una lágrima rodara por sus dedos. La fuerza dominante de Azael Brinkman lo envolvía por completo, y lo más aterrador de todo era que, tras ver la seguridad de su madre, una parte retorcida de su mente empezaba a aceptar que las paredes de su jaula eran el único lugar donde su mundo no se caía a pedazos.
Subieron al ascensor en un silencio cargado de una sumisión rota. La prueba del hospital había terminado, y Azael Brinkman había ganado otra batalla en el entrenamiento psicológico de su prisionero.