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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 10: El precio de la puerta cerrada

La puerta negra no cedió. La piloto empujó con el hombro, Clara enfermera golpeó con los puños, Valentina buscó la manija del otro lado. Nada. Estaban atrapadas en la habitación blanca con la mujer de negro, y el tiempo —el verdadero tiempo, el que latía afuera de esa habitación— seguía su curso sin ellas.

—No intenten —dijo la mujer de negro, recostándose otra vez en su silla de madera—. Esta habitación cierra cuando yo quiero. Y yo no quiero que se vayan todavía.

—¿Qué vas a hacer? ¿Forzarnos a ocupar tu lugar? —preguntó Valentina, con el espejo roto aún caliente en sus manos.

La mujer negó lentamente. Sus ojos verdes, idénticos a los de ellas, brillaron con una luz que no era humana.

—No puedo forzarlas. El tiempo no funciona así. La única manera de que alguien ocupe mi lugar es que acepte voluntariamente. Que decida quedarse. Que decida pudrirse aquí, en este rincón olvidado del siglo XX, viendo cómo el mundo cambia sin poder tocarlo.

—Entonces nunca vamos a aceptar —dijo Clara enfermera con fiereza—. Prefiero morir en mi incendio antes que quedarme encerrada acá.

—Lo sé —respondió la mujer con calma—. Por eso voy a mostrarles algo. Algo que hará que una de ustedes cambie de opinión.

Se levantó otra vez y caminó hacia la pared blanca. No había nada en ella, pero la mujer levantó la mano y dibujó en el aire un círculo. La pared se volvió transparente, como un vidrio, y del otro lado apareció una escena.

Era el quirófano abandonado de Madrid. El cuerpo de Marta seguía envuelto en sábanas. Pero algo había cambiado: el mapa dibujado en el piso ahora tenía más nombres. Muchos más. Y entre ellos, uno se movía.

—¿Qué es eso? —preguntó la piloto, pegando la cara al vidrio.

—Eso es el futuro —dijo la mujer de negro—. Si ustedes no se quedan, las grietas no se cierran. El tiempo se sigue pudriendo. Y aparecen más viajeras. Decenas. Cientos. Todas con el mismo dolor. Todas condenadas a saltar eternamente, buscando un origen que nunca encuentran.

La imagen cambió. Ahora mostraba una ciudad del futuro —Valentina reconoció los autos voladores y las luces de neón de las películas de ciencia ficción— llena de grietas temporales. La gente caminaba por la calle y, de repente, desaparecía. Un niño jugaba con una pelota y se desvanecía en el aire. Una mujer mayor se partía en dos, como si fuera de cristal.

—Eso es lo que pasa si no me liberan —dijo la mujer de negro—. El tiempo se desintegra. Y todo el sufrimiento que causé para que ustedes existieran no sirve de nada.

—Causaste sufrimiento a propósito —dijo Valentina, con la voz quebrada por la rabia—. Mataste gente. Mi abuela...

—Tu abuela ya estaba enferma —cortó la mujer—. Yo sólo aceleré el proceso. Y si soy sincera, tu abuela lo sabía. Sabía que su muerte serviría para algo más grande. Por eso no te dijo la verdad. Por eso te crió con cuentos. Te estaba preparando para este momento.

Valentina sintió un nudo en la garganta. Quería creer que la mujer mentía. Pero en el fondo de su corazón, sabía que no. Su abuela Lucía siempre había actuado como si estuviera esperando algo. Como si su vida fuera un trampolín para algo más.

—¿Y si una de nosotras se queda? —preguntó la piloto—. ¿Se cierran las grietas? ¿El tiempo se sana?

—No del todo. Pero se frena. Les da tiempo a las otras dos de encontrar una solución definitiva. Una de ustedes se queda acá conmigo. Las otras dos viajan al futuro, aprenden a cerrar las grietas de verdad, y después vuelven a rescatarnos. ¿No es mejor eso que dejar que el mundo se destruya?

Clara enfermera negó con la cabeza.

—Es una trampa. Si una se queda, vos te aprovechás. La volvés loca. La convertís en otra versión tuya, y después esa versión viaja al pasado para manipular a más mujeres. Es un ciclo. No termina nunca.

La mujer de negro aplaudió lentamente.

—Qué lista. Sí, eso es exactamente lo que pasa. Pero ustedes no tienen otra opción. O aceptan el ciclo, o el tiempo se rompe. Elijan.

El silencio en la habitación era tan denso que Valentina podía escuchar los latidos de su propio corazón. Miró a la piloto. Miró a Clara enfermera. Tres mujeres idénticas en el rostro, pero diferentes en todo lo demás. Tres vidas hechas de pérdidas y culpas.

—Hay una cuarta opción —dijo Valentina de repente.

La mujer de negro arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—Lo que Nora nos dijo. Salvar a la mujer que está pudriéndose acá. No liberarte. No ocupar tu lugar. Salvarte. Devolverte tu humanidad.

—Ya no soy humana —siseó la mujer—. Hace siglos que dejé de serlo.

—Entonces la salvamos igual —dijo Valentina, y dio un paso hacia ella—. Porque si somos la misma alma, y vos sos nuestra versión más vieja y más dañada, salvarte es salvarnos a nosotras. No podemos cerrar las grietas si una parte nuestra sigue podrida en el origen.

La mujer de negro la miró con una expresión extraña. No era odio. No era desprecio. Era algo más parecido al asombro. Como si nadie le hubiera dicho nunca una cosa así.

—No se puede —dijo, pero su voz tembló—. El entre no tiene cura.

—Nora dijo lo mismo —intervino Clara enfermera—. Y sin embargo, cuando Valentina le prometió que la recordaría, Nora sonrió. Por primera vez en siglos. Tal vez la cura no es mágica. Tal vez es recordar. Tal vez es ver a la otra y decir “sos una de nosotras, no una monstruo”.

La mujer de negro dio un paso atrás. Por primera vez desde que entraron, parecía pequeña. Frágil. Una mujer común encerrada en un vestido negro, con siglos de soledad a cuestas.

—No entienden —susurró—. Lo que hice... los incendios, las bombas, las muertes... no fue por maldad. Fue porque el dolor era lo único que me conectaba con el mundo. Si dejaba de provocar dolor, dejaba de sentirme real.

—Y ahora —dijo la piloto, bajando el bisturí por primera vez— podés elegir otra cosa. Podés elegir que te recordemos sin dolor. Podés elegir ser nuestra hermana, no nuestra carcelera.

La mujer de negro se sentó en el suelo. No en la silla de madera. En el suelo blanco, con las piernas recogidas, como una niña asustada.

—Hace tanto que no me tratan bien —dijo, y su voz ya no tenía capas. Era una sola voz. La voz de una mujer joven que se había perdido en 1916 y nunca encontró el camino de vuelta—. No sé cómo se hace.

Valentina se agachó frente a ella. Le tendió la mano.

—Se empieza por un paso. ¿Cuál es tu nombre? El verdadero. No “la mujer de negro”. El que te dieron cuando naciste.

La mujer levantó la vista. Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas.

—Elena —dijo—. Me llamo Elena.

Y al decir su nombre, la habitación blanca tembló. La pared transparente se agrietó. La puerta negra se abrió sola.

El ciclo, por primera vez en siglos, se había roto.

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