Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 2
Isadora tardó en darse cuenta de cuándo dejó de ser prioridad. No hubo un anuncio, ni una discusión clara, ni una escena dramática que marcara el momento exacto. Fue algo más sutil, más cruel. Un alejamiento que se infiltró en los días como polvo fino, cubriendo todo sin que ella se diera cuenta.
Aquella mañana, se despertó sola otra vez.
El lado de Henrique en la cama estaba frío, intacto, como si no hubiera sido usado. El reloj marcaba las seis y veinte, pero la casa ya parecía despierta. Voces bajas venían de la sala. El sonido de una tetera. Una risa contenida que Isadora reconoció de inmediato, aunque no quisiera.
Permaneció acostada por unos segundos, mirando al techo. El corazón latía demasiado lento, pesado. No era celos lo que sentía. Era algo más profundo. Una sensación de estar sobrando dentro de la propia vida.
Se levantó y caminó hasta la cocina.
Henrique estaba de espaldas, preparando té. Catarina se sentaba a la mesa, envuelta en un abrigo claro, las manos delicadas sosteniendo la taza como si fuera algo precioso. Cuando vio a Isadora, abrió una sonrisa suave, casi tímida.
—Buenos días —dijo Catarina—. Espero no haberte despertado.
Isadora sonrió por reflejo.
—No —respondió—. Ya iba a levantarme.
Henrique se volteó, un poco sorprendido, como si hubiera olvidado que ella existía a esa hora.
—Buenos días —dijo, acercándose para un beso rápido, demasiado apresurado para ser íntimo.
Isadora sintió el perfume de Catarina en el aire. Lavanda. Suave. Persistente.
—Le hice un té —explicó Henrique, señalando la taza—. La noche fue difícil.
—Entiendo —respondió Isadora.
Pero no entendía. No completamente. No aceptaba sin que algo dentro de ella se rebelara.
En los días que siguieron, la casa pasó a girar en torno a Catarina. Los horarios. Las comidas. El tono de voz. Todo necesitaba ser adecuado al estado frágil de ella. Isadora comenzó a medir palabras, pasos, hasta el volumen de la propia existencia.
—Evita ese asunto —Henrique pidió cierta vez, cuando ella comentó sobre el matrimonio—. Se pone sensible.
—Tal vez sea mejor aplazar la visita de tu madre —dijo en otra ocasión—. Catarina no se está sintiendo bien.
Isadora concordaba. Siempre concordaba.
Poco a poco, dejó de invitar amigas, de salir sola, de hablar sobre el trabajo. La casa ya no parecía segura para nada que no fuera cuidado extremo.
Una tarde, mientras organizaba algunas cajas en el cuarto de huéspedes, encontró algo que no debería estar allí.
Las invitaciones de boda.
Las mismas que ella había elegido con tanto cuidado, semanas antes. Papel grueso, letras doradas, el nombre de ella al lado del de Henrique, grabados con promesa.
El estómago se contrajo.
Ella llevó las invitaciones hasta la sala, donde Henrique y Catarina conversaban en voz baja.
—¿Por qué esto está aquí? —preguntó, intentando mantener la calma.
Henrique miró las invitaciones, después a Catarina, y solo entonces a Isadora.
—Ah… —comenzó—. Se las estaba mostrando.
—¿Mostrando? —repitió Isadora, sin entender.
Catarina bajó la mirada, la voz débil.
—Disculpa… tenía curiosidad. Siempre imaginé cómo sería su boda.
La frase atravesó a Isadora como un corte fino.
—¿Y te pareció una buena idea? —preguntó, ahora directamente a Henrique.
Él suspiró, impaciente.
—No es nada grave. Solo quiso ver.
Nada grave.
Isadora asintió lentamente, recogió las invitaciones y volvió al cuarto. Cerró la puerta con cuidado, como si cualquier ruido pudiera ser considerado exageración.
Se sentó en la cama y respiró hondo.
Ella no estaba exagerando. No estaba siendo egoísta. No estaba equivocada.
Aun así, comenzó a dudar de sí misma.
En la semana siguiente, Henrique hizo algo que Isadora jamás olvidaría.
—Necesito pedirte una cosa —dijo él, aquella noche, con un tono demasiado serio para ser ignorado.
Ella se sentó frente a él, el corazón acelerado.
—¿Qué?
Henrique respiró hondo, como quien se prepara para algo difícil.
—Catarina quiere hacer una pequeña ceremonia.
Isadora parpadeó, confusa.
—¿Ceremonia?
—Sí —continuó él—. Nada oficial. Nada de verdad. Solo… un momento simbólico. Ella siempre soñó con casarse. Y ahora… bueno, ya sabes.
Isadora sintió que le faltaba el aire.
—¿Estás hablando de una boda? —preguntó, incrédula.
—Un gesto —corrigió él—. Para darle paz. Usar el espacio, algunos detalles. No significa nada.
No significa nada.
—¿Y esperas que yo…? —Isadora no consiguió terminar la frase.
—Que entiendas —dijo Henrique—. Es solo un día. Ella se está muriendo, Isadora. Sé comprensiva.
El silencio que se siguió fue ensordecedor.
Isadora miró a aquel hombre y percibió, con una claridad dolorosa, que él ya había elegido. No a Catarina. Sino a su propia cobardía. La comodidad de no enfrentar nada, ni a nadie.
—¿Y mi lugar en todo esto? —preguntó, por fin.
Henrique frunció el ceño.
—No hagas de esto un drama.
La frase fue el golpe final.
Aquella noche, Isadora no lloró. No gritó. No discutió.
Se acostó sola y encaró la oscuridad, sintiendo algo reorganizarse dentro de ella. Una parte que estaba cansada de pedir, de ceder, de desaparecer.
Tal vez ella aún no supiera lo que haría.
Pero sabía, con absoluta certeza, lo que no aceptaría más.