Elena Rossi, la princesa consentida de los Rossi, tras la disolución de la trinidad, busca un nuevo comienzo académico en Manhattan. Sin embargo, el pasado de los Rossi es un lazo de sangre imposible de cortar, y las mafias locales no tardan en rastrear sus pasos en Nueva York.
Para sobrevivir en este nueva etapa de su vida, Elena no estará sola. Cuenta con el amparo constante de Christopher Sterling, un frío y letal custodio profesional encargado de su seguridad perimetral. En medio de balaceras en callejones húmedos y persecuciones a alta velocidad, la estricta relación jerárquica y el protocolo de un contrato laboral por su padre empiezan a desmoronarse.
Entre la adrenalina del peligro y la soledad de las noches, un sentimiento profundo e indomable transformará a la heredera y a su sombra en un equipo indestructible y un amor que atravesará todas las barreras que les pondrá la vida en el camino.
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Capitulo 6
El fin de semana quedó atrás y el lunes me recibió con una claridad impecable que entraba a raudales por el ventanal del living. Me levanté de un humor completamente distinto, sintiendo que la victoria con los balances contables del viernes me había devuelto esa seguridad que la disolución del trío Rossi me había quitado en Chicago
Mientras me preparaba un café en la cocina, repasé mentalmente la agenda que Christopher me había dejado escrita sobre la barra el día anterior: una clase magistral sobre fusiones corporativas a las nueve de la mañana y luego una tarde libre que pensaba aprovechar para adelantar las lecturas obligatorias en la biblioteca del edificio
Ya no sentía ese vacío deprimente de las primeras mañanas, la rutina en Manhattan empezaba a tener un color propio y, en gran parte, se lo debía a la tranquilidad que me transmitía la sombra constante de mi custodio
Me vestí con un pantalón de vestir de color azul marino, una blusa blanca de seda y un saco ligero a tono, buscando esa imagen ejecutiva que me pertenecía por derecho de sangre. Al salir al palier a las ocho en punto, Christopher ya estaba allí, parado junto al ascensor con su impecable traje oscuro y esa mirada atenta que no descuidaba un solo centímetro del entorno. Al verme aparecer, su semblante serio se suavizó con un sutil asentimiento que ya se había convertido en nuestro código de barras matutino
— Buenos días, señorita Elena — me saludó con su tono bajo y correcto, extendiendo la mano para presionar el botón del ascensor — El vehículo está posicionado en la salida este y las avenidas principales hacia el campus muestran un tránsito fluido para ser el comienzo de la semana. El señor Fabián se comunicó temprano desde la central de Illinois para verificar que el blindaje del piso mantenga los estándares requeridos y le envié el reporte correspondiente antes de que usted se despertara
— Buenos días, Christopher — respondí, ingresando al ascensor y acomodándome la cartera en el hombro — Me parece perfecto que mantengas a mi padre tranquilo, ya sabés cómo se pone con los temas del control perimetral cuando alguno de nosotros está lejos del centro. Hoy tengo una jornada corta en la universidad, así que estimo que para el mediodía ya vamos a estar de regreso en el departamento para procesar los datos del nuevo módulo de inversiones
El viaje en el auto transcurrió con esa comodidad que habíamos ganado durante el almuerzo el día anterior en el sector portuario. Ya no sentía la necesidad de levantar una muralla de frialdad absoluta con él, aunque manteníamos las distancias protocolares que el apellido Rossi exigía delante del personal de la firma
Mientras Christopher manejaba con precisión por las calles céntricas de Manhattan, me dediqué a observar el movimiento de la gente a través del vidrio, dándome cuenta de que por fin empezaba a sentirme parte de esta ciudad y no una simple turista que escapaba del bajón emocional de su casa natal
La clase magistral en el campus fue sumamente enriquecedora, dictada por un ex asesor del tesoro que analizó los riesgos de las carteras de inversión en el mercado europeo. Tomé notas detalladas, completando varios gráficos en mi cuaderno con esa agilidad mental que siempre me había destacado en las reuniones de la corporación con Camilo y Franco
Al salir del aula, cerca de las once y media de la mañana, el sol brillaba con fuerza sobre los jardines universitarios y decidí caminar despacio hacia la dársena de estacionamiento, disfrutando de esa ligereza que da el trabajo bien hecho
Christopher me esperaba junto a la puerta del auto, manteniendo los ojos fijos en los accesos de la facultad con ese porte físico que lo caracterizaba. Al verme acercar con la carpeta bajo el brazo, dio un paso al frente para recibirme, evaluando mi postura con esa atención profesional que nunca decaía
— Asumo que la clase sobre fusiones corporativas fue de su agrado, señorita Rossi — comentó mientras ponía el motor en marcha y salíamos del predio universitario — Su semblante se ve mucho más relajado que el de los demás estudiantes que cruzaron la salida principal
— La verdad que sí, Christopher — admití, recostándome en el asiento de cuero con una sonrisa sutil — Es un placer escuchar a gente que sabe de lo que habla y que no se limita a la teoría de los manuales. Me recordó mucho a las discusiones que teníamos en la oficina de Chicago antes de que el búnker se disolviera, aunque ahora el panorama sea puramente académico y legal
Llegamos al edificio de Manhattan antes de las doce y media. Christopher estacionó en el subsuelo y me acompañó hasta el hall, pero cuando estábamos por subir al ascensor, el empleado de la recepción nos llamó con un gesto formal, sosteniendo una caja mediana de madera noble que lucía el sello de una de las empresas de transporte que manejábamos en los muelles del sur de Illinois
— Llegó este envío urgente para usted desde Chicago, señorita Rossi... Se verificó el remitente en la aduana antes de ingresarlo al complejo — anunció el recepcionista, entregándole el paquete a Christopher, quien de inmediato lo tomó para revisar los sellos de seguridad perimetral con una mirada minuciosa
Subimos al departamento en silencio y, una vez adentro de la sala principal, Christopher apoyó la caja sobre la mesa de caoba, sacando un cuchillo táctico de su bolsillo para romper las cintas de resguardo con un movimiento limpio y seguro que denotaba su experiencia en los galpones del norte
— El remitente es su hermano, señorita Elena — informó, dando un paso atrás para dejarme el espacio libre una vez que constató que el contenido no representaba ningún riesgo — Viene con una nota escrita adjunta en la parte superior de los archivos
Me acerqué a la mesa con el corazón acelerándose un poco por la sorpresa. Al abrir la tapa de madera, lo primero que encontré fue una carta con la caligrafía firme y apurada de Franco, acompañada por un juego de carpetas antiguas de cuero negro que reconocí al instante: eran los registros históricos de nuestra primera sociedad en el distrito financiero, los papeles que firmamos los tres cuando éramos apenas unos chicos recorriendo las calles con más ambición que capitales
Desplegué la nota de mi hermano y la leí en silencio, sintiendo que la garganta se me cerraba por la emoción contenida
"Elena, ordenando el despacho de la vieja central encontré esto y quise que lo tuvieras con vos en Nueva York. Sé que las cosas cambiaron muy rápido para todos y que el equipo ya no se mueve de la misma manera, pero quiero que recuerdes siempre que la mente detrás de cada uno de estos éxitos fuiste vos. Camilo y yo no seríamos nada hoy sin tu inteligencia cuidándonos las espaldas en las cuentas. No estás sola, hermana, solo estás abriendo tu propio mercado. Te queremos"
Me quedé mirando los papeles de cuero negro, tocando las firmas manuscritas de Franco, Camilo y la mía que sellaban un pacto de lealtad de hacía cinco años. Una lágrima rebelde amagó con salir, pero la contuve con esa firmeza Rossi que Christopher ya conocía tan bien. Levanté la vista y me di cuenta de que él me estaba observando desde la entrada de la cocina con una mirada cargada de un respeto absoluto, entendiendo el peso de ese recuerdo en mi estructura emocional
— Es el registro de nuestra primera aduana, Christopher — le comenté con la voz un poco blanda, señalando los documentos — El día que firmamos esto, Franco no tenía ni la mitad de los camiones que maneja ahora y Camilo ni siquiera soñaba con la galería de Chelsea. Éramos solo tres chicos contra el mundo entero
— Los inicios siempre son la parte más valiosa de una estructura, señorita Elena — pronunció Christopher, acercándose despacio a la mesa sin romper esa distancia protocolar que nos cuidaba — Su hermano Franco me dijo una vez en el puerto norte que usted era el verdadero blindaje de la familia, la que mantenía las bases firmes mientras ellos salían a dar las batallas en la frontera. Que le haya enviado esto hoy es una prueba de que ese reconocimiento sigue intacto, sin importar la distancia geográfica
Sus palabras cayeron como el mejor de los remedios para esa melancolía que a veces intentaba regresar. Miré a Christopher a los ojos, descubriendo en su expresión una firmeza y una lealtad que no tenían nada que ver con los contratos que mi padre Fabián le pagaba cada mes, había un lazo de amparo real que se estaba construyendo entre nosotros, una complicidad diaria que me hacía sentir segura dentro y fuera de estas cuatro paredes de Manhattan
— Gracias por estar acá, Christopher... Sé que no debe ser fácil lidiar con mis silencios y con los recuerdos de una familia tan compleja como la mía — le manifesté, cerrando la caja de madera con un movimiento pausado y guardando la nota de Franco en el cajón de mi escritorio
— Es el mayor de los honores cuidar de usted, señorita Rossi — me contestó con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa sutil que iluminó sus ojos oscuros — Mi trabajo es asegurar su tranquilidad para que pueda procesar sus materias y sus proyectos con la concentración que se merece. Si me lo permite, voy a preparar el almuerzo en la cocina para que pueda concentrarse en la revisión de estos nuevos archivos históricos sin tener que preocuparse por los detalles de la casa
Asentí con la cabeza, quedándome sola en el living mientras escuchaba el ruido de las ollas y el movimiento seguro de Christopher en el sector de servicio. Me senté frente al ventanal con la carpeta de mi hermano sobre la falda, mirando el perfil de los rascacielos de Nueva York que ahora se veían imponentes bajo la luz de la tarde
El pasado en Chicago seguía siendo una parte fundamental de mi identidad, pero el presente en la costa este, al lado de este custodio que empezaba a conocer mis pensamientos antes de que yo misma los pronunciara, se perfilaba como el camino correcto para demostrar de qué estaba hecha Elena Rossi fuera del búnker de su juventud.