El contrato de la venganza narra la historia de una mujer que tras ser traicionada y despojada dé todo por quién más confiaba, decide cambiar su destino. fingiendo sumisión y paciencia, se acerca a su enemigo para desmantelar desde adentro su imperio de engaño y poder
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Cuándo todo sale a la Luz y toca solucionar
Nancy, suelta mis cosas, siempre es un problema contigo. ¿No te cansas de hacer lo mismo? Eso no es tuyo. Chicas, no se cansan, todos los días es lo mismo. Mejor salgo a dar una vuelta.
Mientras caminaba por las calles, sentía que me seguían. Comencé a correr, pero aún estaban detrás de mí. De repente se me aparecen tres hombres y empecé a gritar:
—¡Auxilio!
Uno de ellos me dijo:
—Por más que grites, nadie te va a salvar.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté asustada.
En ese momento apareció un hombre, casi de mi edad, unos 28 años, y comenzó a pelear con ellos.
—¡Aprovecha y corre! —me gritó.
Después me alcanzó y me preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí, estoy bien —le respondí.
Me llevó hasta mi casa y en la puerta le pregunté:
—¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Adrián —dijo—. ¿Y tú cómo te llamas?
—Joselín —respondí, sintiendo cómo me sonrojaba. Luego me despedí y entré.
Al día siguiente salí a correr temprano, como siempre hacía. Llegué al parque y comencé a estirar el cuerpo, cuando de repente me encontré con Adrián.
—¡Hola! Nos volvemos a ver —dijo él.
—No sabía que también corrías —le dije.
—Es un hábito antes de ir a trabajar. Antes lo hacía en España, pero desde que me trasladaron a este país llevo ya dos semanas saliendo a correr por aquí.
—No sabía que eras extranjero.
—Mis padres eran de aquí, pero cuando fallecieron, mis abuelos me llevaron con ellos. Además, soy huérfano —respondió con calma.
Joselín se apresuró a despedirse:
—Me tengo que ir, voy a trabajar. Nos vemos.
Llegó a casa y las chicas aún no se habían levantado, así que se arregló con calma y tranquilidad para ir a su empleo. Al llegar, su compañera le contó:
—Joselín, tenemos un nuevo jefe.
—¿En serio? Ahora quién será. Me imagino que es grosero, antipático y para colmo feo.
—Según he oído, es soltero, alto y muy guapo.
De pronto anunciaron:
—¡Todos al recibidor a recibir al jefe!
—Yo no iré, vayan ustedes —dijo Joselín.
El supervisor notó que no bajaba y la llamó:
—Si no estás aquí en un minuto, quedas despedida.
Joselín exclamó:
—Tengo que ir a recibir a un narcisista, engreído, antipático y de esos que solo miran por sí mismos. Sé que no puedo perder este trabajo, necesito mudarme cuanto antes.
Bajó con la cabeza agachada, arreglándose la camisa, y sin mirar chocó contra un hombre. Al levantar la vista, se quedó paralizada: era Adrián. Él la abrazó para que no se cayera.
—¿Qué haces tú aquí? —le dijo ella sin pensar—. ¿Tú eres el jefe?
Inmediatamente el supervisor le advirtió:
—¿Cómo le hablas así al jefe?
Joselín se apartó rápido y corrigió:
—Quise decir… al jefe, sí. Ahora sí estoy despedida.
Adrián se sonrojó levemente y siguió su camino hacia su despacho. Mientras tanto, sus compañeras la rodearon preguntándole cómo lo conocía, y Joselín solo se sonrojaba sin saber qué responder.
A la salida del trabajo, Adrián la esperaba y la llevaba hasta su casa. Pasaron así varios días, hasta que un día no pudo ir a buscarla. Joselín caminó un buen tramo para tomar el autobús, cuando de nuevo aparecieron esos hombres para perseguir. La metieron a la fuerza en una camioneta y, asustada, perdió el conocimiento.
Estuvo inconsciente durante más de tres meses. Cuando al fin despertó, estaba en una habitación de hospital. Adrián tenía su mano entre las suyas y dormía recostado en la cama.
—¿Dónde estoy? —preguntó ella con voz débil.
Adrián se despertó al instante y sonrió con alivio:
—Hasta que al fin despertaste. Sufriste un accidente y llevas aquí tres meses. Desde ese día no me he apartado de tu lado.
—¿Tres meses? Eso no es verdad. Cuando salí del trabajo esos hombres volvieron, me secuestraron…
—Joselín, te encontraron en la carretera, hubo un choque fuerte. Iban dos hombres y una mujer en ese vehículo, todos murieron en el impacto. Te digo la verdad, pero si no me crees, está bien. Te creeré y prometo investigar todo lo que pasó.
Pasaron los meses. Joselín no quería salir de casa. Sus amigas nunca la dejaban sola: una trabajaba de día y la otra de noche, para turnarse y cuidarla. Adrián seguía apareciendo, siempre atento, y poco a poco comenzaron una relación.
Pero un día, al salir de su trabajo, se le acercó una mujer mayor con mirada llena de angustia y le dijo:
—Tu esposo es malo. Él mató a mi hija, y hará lo mismo contigo, igual que ha hecho con muchas otras jóvenes.
Joselín se quedó helada, con la duda clavada en el pecho. Comenzó a investigar en secreto, sin que él se diera cuenta. Descubrió la espantosa verdad: Adrián era quien organizaba los secuestros, traficaba con órganos y operaba en un laboratorio secreto que tenía construido bajo el suelo de su casa. Lo hacía con tanta discreción que nadie sospechaba nada.
Poco a poco, Joselín fue reuniendo pruebas, documentos y testimonios, hasta que consiguió tener todo lo necesario para exponerlo ante la justicia y poner fin a sus crímenes.
Un día me tocó viajar por trabajo. Una de mis compañeras debía hacer el recorrido, pero se encontraba embarazada y, por su condición, la empresa no le permitió salir de la ciudad ni exponerse a largos trayectos. Así que, sin pensarlo dos veces, asumí la responsabilidad y partí hacia la zona asignada.
Durante el viaje comencé a sentir un malestar que no podía explicar: dolores agudos y punzantes en la parte baja del costado derecho, una fatiga extrema que me hacía sentir que me faltaba el aire, y una debilidad que no me dejaba ni siquiera sostener los papeles con firmeza. Pensé que sería solo cansancio o alguna infección leve, pero al regresar a la ciudad, el dolor aumentó hasta volverse insoportable. Sin perder tiempo, fui directamente a la clínica para que me revisaran.
Me hicieron análisis completos, radiografías y ecografías. Cuando el médico entró a la sala con los resultados en la mano, su rostro tenía una expresión tan seria que mi corazón dio un vuelco. Se sentó frente a mí, me miró fijamente y me dijo con voz grave:
—Señora Joselín, hay algo que debe saber, y le pido que mantenga la calma aunque le parezca increíble. Le han extraído un riñón y usted no lo sabía. El otro que le queda funciona en buen estado, pero también le han retirado una glándula importante, y todo esto se hizo sin que usted diera su consentimiento ni estuviera consciente.
Sentí que el suelo se me abría bajo los pies. Mis manos comenzaron a temblar, el sonido de sus palabras parecía lejano y confuso.
—¿Cómo es posible eso? —pregunté con voz quebrada, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a brotar sin control—. Nunca me han operado, nunca he firmado nada para donar nada… ¿Qué está pasando?
—Puedo hacerle una pregunta, por favor responda con sinceridad —continuó el médico con mucha cautela—. ¿Recuerda haber sido intervenida quirúrgica o haber donado algún órgano en los últimos meses?
Negué con la cabeza con desesperación.
—No, nunca. Pero… hace unos meses sufrí un suceso terrible. Fui secuestrada cuando salía del trabajo, me metieron en una camioneta y perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba en un hospital, me dijeron que había tenido un accidente de tránsito y que los hombres que iban conmigo habían muerto. Mi esposo Adrián fue quien me cuidó día y noche durante tres meses, me dijo que todo estaba bien y que solo había tenido golpes fuertes. Nadie me creyó cuando conté que había sido secuestrada, todos pensaron que era producto del susto o de la confusión.
El médico se quedó en silencio por unos segundos, luego se inclinó hacia adelante y me contó la verdad que me heló la sangre por completo:
—Escúchame bien, señora. Hace tres años, en esta ciudad y en sus alrededores, hubo una serie de desapariciones misteriosas de mujeres jóvenes. Todas ellas tenían algo en común: desaparecen de la nada, y cuando aparecían, si es que aparecían, estaban inconscientes, con heridas quirúrgicas recientes y les faltaban órganos. Se trataba de una banda criminal dedicada al tráfico ilegal de partes del cuerpo, operando con técnicas muy avanzadas para no dejar huellas. Pero un día su plan les salió mal: durante una operación, una de las víctimas sufrió complicaciones y murió. Desde entonces, la policía y las autoridades sanitarias los buscan intensamente.
Me quedé paralizada, sin poder articular palabra, mientras mi mente comenzaba a unir pieza por pieza todo lo que había vivido.
—Pero… eso no coincide con lo que me dijeron —susurré.
—Coincide mucho más de lo que cree —respondió él con firmeza—. Mire bien esta marca de la cirugía, observe el tipo de corte, la forma en que se cerró la herida y los puntos que usaron. Es exactamente la misma técnica, el mismo procedimiento que se encontró en todas las víctimas anteriores. No es un accidente, no es una lesión. Es una operación planeada y ejecutada con