"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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CAPÍTULO 23 Confianza y asado en familia
Ya había pasado tiempo suficiente para que entre ellos y con sus familias la confianza fuera total.
Ya no había miradas de duda ni preguntas reservadas; Cristian y Eluney se movían con naturalidad, como si formaran parte de un mismo hogar, y sus padres los trataban con el cariño de quien ve crecer algo sano y verdadero.
Fue un sábado de sol claro, de esos días en que el calor invita a estar al aire libre.
Decidieron reunirse todos en el amplio jardín de la casa de Eluney para compartir un asado sencillo, pero lleno de buena voluntad.
Desde temprano se escuchaba el crujir de la leña en la parrilla y el aroma a carne que se iba extendiendo por todo el barrio.
Cuando llegaron Cristian, sus padres y Anahís, el recibimiento fue cálido y sin formalidades.
—¡Qué bueno que llegaron!
—saludó el padre de Eluney con una sonrisa.
Ya tenemos todo listo para pasar una tarde tranquila.
Cristian saludó con respeto, y en cuanto tuvo oportunidad, buscó la mano de Eluney para entrelazarla con la suya, un gesto que ya hacían sin pensarlo.
Ambos llevaban puestos sus anillos de promesa y sus pulseras iguales, que brillaban suavemente bajo la luz del sol.
Mientras los mayores se encargaban de la parrilla y preparaban las ensaladas, las dos parejas de jóvenes se sentaron en un banco bajo un árbol frondoso.
Antonella y Anahís, más sueltas que nunca, corrían de un lado a otro recogiendo flores y persiguiendo mariposas, sabiendo que nadie las regañaría mientras estuvieran a la vista de todos.
—¿Te das cuenta?
—le dijo Cristian en voz baja, apretando suavemente los dedos de ella—.
Ya no hay barreras.
Tus padres me reciben como si fuera de aquí, y los míos te quieren como si fueras parte de la familia.
Esa confianza es lo más valioso que hemos construido hasta ahora.
—Es verdad —respondió Eluney, recostando su cabeza en el hombro de él—.
Antes había un poco de nerviosismo, de querer quedar bien, pero ahora todo fluye solo.
Me siento en tu casa como en la mía, y sé que tú te sientes igual.
—Y lo mejor —agregó él mirándola a los ojos— es que seguimos sin prisa.
Disfrutamos cada momento, nos ayudamos, nos respetamos.
Todavía nos queda mucho camino por recorrer, muchas cosas por vivir, sin apresurarnos a nada.
Poco después, cuando todo estuvo listo, se sentaron alrededor de la mesa larga que habían puesto en el jardín.
La conversación fluía con naturalidad: hablaban del colegio, de las vacaciones que se acercaban, de anécdotas de cuando eran chicos y de los planes para los meses siguientes.
—Me da mucha tranquilidad verlos así —dijo la madre de Cristian mientras servía la bebida—.
Se nota que se cuidan y se respetan.
Esa es la base para que cualquier cosa perdure en el tiempo.
—Así es —agregó el padre de Eluney—.
No hay prisa, no hay excesos.
Solo van construyendo paso a paso, y eso es lo que vale.
Mientras comían, Anahís señaló con el tenedor las manos de los dos jóvenes.
—¡Tienen los anillos iguales!
—exclamó—.
¿Ya son para siempre?
Cristian sonrió y le explicó con mucha paciencia.
—Son para recordarnos que queremos estar juntos mucho tiempo, mi vida.
Mientras nos queramos y nos respetemos, vamos a seguir así, paso a paso.
Cuando terminaron de comer, los mayores se quedaron charlando y tomando café, mientras Cristian y Eluney se alejaron un poco, caminando despacio por el borde del jardín, donde el sol se filtraba entre las hojas de los árboles.
Allí, con la tranquilidad que les daba saber que todo estaba bien, Cristian detuvo el paso, le tomó ambas manos y le dio un beso suave en la frente, luego otro más dulce y reposado en los labios, lleno de todo el cariño y la confianza que habían logrado.
—Gracias por estos días —le dijo él en voz baja—.
Gracias por ser como eres, por confiar en mí y por dejarme caminar a tu lado.
—Gracias a ti —respondió ella, mirándolo con los ojos brillantes—.
Esta tarde es un recuerdo más de todo lo que estamos construyendo, y me siento muy afortunada.
Al atardecer, cuando empezó a refrescarse, se despidieron con la promesa de volver a reunirse pronto.
Cristian acompañó a Eluney hasta la puerta de su casa, se despidió con otro beso suave y se fue con su familia, dejando atrás una tarde llena de paz y de buenos momentos.
Esa noche, Eluney se miró las manos y la pulsera en la muñeca, pensando en que esa confianza que tenían, ese respaldo de sus familias y ese amor tranquilo eran los mejores cimientos para seguir avanzando, sin prisa, disfrutando cada paso que les quedaba por recorrer.