Karol Bellandi lo perdió todo en cuestión de semanas. La empresa que levantó con años de esfuerzo está al borde de la quiebra, las deudas la persiguen y el embargo de su casa termina de destruir el mundo que construyó con sacrificio.
Sin opciones y desesperada por salvar lo único que le queda de su padre, acepta buscar ayuda del frío y poderoso empresario Nathanael Moretti.
Nathanael no cree que asociarse con Karol sea una buena inversión. Para él, ella solo es una empresaria en caída libre. Sin embargo, intrigado por la determinación de Karol, le propone un trato: si logra conquistar al cliente más importante del próximo proyecto, considerará firmar el contrato que podría salvar su empresa.
Obligada a convivir con él después de quedarse sin hogar, Karol descubre que detrás de la arrogancia de Nathanael existe un hombre marcado por secretos y heridas del pasado. Lo que comienza como un acuerdo estrictamente profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
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Capitulo 15
Esa tarde, mientras Nathanael estaba en una reunión, Karol buscaba unos planos antiguos en el estudio del apartamento, ya que él le había dado permiso para revisar allí ciertos documentos del proyecto. Al abrir un cajón que estaba entreabierto, encontró una carta arrugada, con fecha de muchos años atrás. No tenía intención de leerla, pero las primeras líneas llamaron su atención: hablaban de engaño, de dinero robado y de una promesa rota por parte de la persona en la que Nathanael más confiaba.
Se quedó con el papel en la mano, comprendiendo de golpe todo lo que hasta entonces le había parecido inexplicable: su frialdad, su dificultad para creer en la gente, su miedo a acercarse demasiado. No era arrogancia: era el recuerdo de una herida que nunca había cerrado.
En ese momento escuchó la puerta: Nathanael acababa de llegar. Al verla en su estudio con la carta en la mano, el rostro se le endureció de golpe, y sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y vulnerabilidad.
—¿Qué hace usted leyendo mis cosas? —le gritó, acercándose rápido y arrebatándole el papel de un movimiento brusco—. ¿Acaso no le basta con invadir mi casa, sino que ahora también quiere hurgar en mi pasado?
—Lo siento mucho, no fue mi intención —se apresuró a disculparse Karol, retrocediendo un paso—. Solo buscaba los planos que me dijiste, y esto estaba aquí arriba, medio fuera. No quise entrometerme, pero vi lo que decía…
—¿Y qué cree que sabe usted? —replicó él, con la voz temblorosa por la emoción contenida—. ¿Cree que entiende lo que pasó? Nadie lo entiende. Nadie sabe lo que es que te rompan el corazón y te vacíen los bolsillos al mismo tiempo, quien debía cuidarte más que nadie.
—Ahora lo entiendo —dijo ella con suavidad, sin apartar la mirada—. Entiendo por qué te pones tantas barreras. No eres frío por naturaleza, Nathanael. Estás asustado. Tienes miedo de volver a confiar y volver a sufrir igual.
Él se quedó callado, como si le hubiera quitado una máscara que llevaba puesta demasiado tiempo. La rabia se fue apagando poco a poco, dejando al descubierto un inmenso cansancio. Se dejó caer en el sillón, apretando la carta entre sus dedos.
—Tenía veintidós años —empezó a contar en voz muy baja—. Mi padre acababa de morir, y mi socio, mi mejor amigo, se llevó todo lo que habíamos construido juntos. Dijo que yo no estaba preparado, que el dinero servía más en sus manos… y se fue sin mirar atrás. Desde entonces aprendí que querer a alguien es darle la llave para destruirte.
—Pero eso no significa que todos sean iguales —se atrevió a decir Karol, sentándose frente a él—. No puedes pasar la vida encerrado solo porque una persona te falló.
—He pasado años cargando con esta soledad —admitió él, mirándola con ojos llenos de tristeza—. Es lo único que me parece seguro. Pero desde que llegaste… todo eso se me está desmoronando. Y me da pánico, Karol. Me da mucho pánico.
Por primera vez no hubo enfado entre ellos, solo la certeza de que ambos habían aprendido a defenderse del dolor, y que ahora, al encontrarse, tendrían que decidir si se atrevían a bajar la guardia.
Karol extendió la mano despacio, sin atreverse a tocarlo, pero para que él viera que no tenía ninguna intención de hacerle daño.
—Yo no te voy a traicionar —le dijo con una sinceridad que resonó en todo el cuarto—. No vine aquí para quedarme con nada que no sea mío, ni para engañarte. Vine a luchar por lo que mi padre construyó… y en el camino, he terminado queriéndote a ti también.
Nathanael cerró los ojos un instante, como si esas palabras le quitaran un peso enorme de encima. Cuando volvió a mirarla, su mirada ya no tenía miedo, sino una esperanza tímida que no había mostrado a nadie.
—Ojalá tengas razón —susurró—. Ojalá esta vez, la confianza no sea un error.