🔞🌟✅️Jude Lennox, un talentoso pianista de treinta y cinco años atrapado en un invierno emocional tras la pérdida de su madre. Incapaz de tocar una sola nota, Jude camina sin rumbo bajo el monzón de Bristol hasta que encuentra refugio en una cálida cafetería-librería llamada Le June.
Allí conoce a Alistair, el dueño del local, un hombre robusto de treinta años con una mirada magnética y un hermoso tatuaje musical en su brazo. Entre ellos surge una atracción inmediata y madura. Aunque deciden comenzar a conocerse sin etiquetas, la pasión y la devoción protectora de Alistair se convierten en el cable a tierra que Jude tanto necesitaba.✅️🌟🔞
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Calidez
Los días siguientes al acuerdo transcurrieron con una suavidad que Jude no creía posible. El pacto de "conocerse como personas maduras, sin títulos" eliminó cualquier rastro de incomodidad. Jude seguía visitando la cafetería cada tarde a las cuatro, pero ahora ya no se sentaba en el rincón más oscuro. Se acomodaba directamente en la barra de madera, justo donde Alistair preparaba las bebidas, para poder conversar mientras el menor trabajaba.
La tensión entre ambos no había disminuido; al contrario, se había vuelto un juego constante de insinuaciones, roces de manos al pasar las tazas y miradas cargadas de recuerdos de la noche en el sofá de cuero. Los pocos clientes habituales del local podían notar la electricidad que vibraba entre el dueño de la cafetería y el elegante hombre.
Una mañana, la lluvia de Bristol dio una tregua y un sol tímido iluminó los ventanales de Le June. Jude llegó más temprano de lo habitual, cargando un libro bajo el brazo. Alistair estaba terminando de acomodar unas cajas de novelas de segunda mano en el suelo de la librería.
—Llegas temprano hoy —dijo Alistair, levantando la vista con una sonrisa brillante que acentuó sus ojos avellana. Se puso de pie, estirando su espalda.
—El cielo amaneció despejado y mi apartamento se sentía demasiado grande —respondió Jude, sentándose en una de las banquetas de la barra—. Además, quería ver si el café de la mañana sabe igual de bien que el de la tarde.
—Para ti, siempre sabe mejor —replicó Alistair con tono sugerente.
Alistair se acercó a la barra. Llevaba una camiseta de tirantes negra que dejaba al descubierto sus hombros robustos y, por supuesto, la impresionante manga tatuada de flores y notas musicales. Apoyó ambos brazos sobre la madera, quedando a pocos centímetros del rostro de Jude. El aroma a café, pan dulce y la propia calidez de la piel de Alistair envolvieron al pianista de inmediato.
—¿Qué tal dormiste anoche? —preguntó Alistair, bajando la voz a un tono más íntimo, acariciando discretamente el dorso de la mano de Jude con su dedo pulgar.
—Mejor de lo usual —admitió Jude, sosteniendo la mirada del menor sin timidez—. Aunque debo confesar que eché de menos el peso de tu brazo sobre mi cintura.
Alistair soltó una risa baja y profunda.
—Me alegra saber que me extrañas. Eso significa que nuestro trato está funcionando de maravilla. Si quieres, esta noche podemos repetir la dosis.
Antes de que Jude pudiera responder a la atrevida propuesta, el teléfono móvil de Alistair comenzó a vibrar sobre la barra. Alistair miró la pantalla y su expresión cambió a una de profunda ternura.
—Es mi madre —explicó Alistair, mirando a Jude—. ¿Te importa si respondo? Hace unos días que no hablo con ellos.
—Por favor, adelante —dijo Jude, retirando su mano con suavidad—. No te preocupes por mí.
Alistair contestó la llamada y se alejó apenas un par de pasos, apoyándose contra la estantería trasera. Jude se quedó en la barra, intentando concentrarse en su libro, pero le resultó imposible no escuchar la conversación.
—¡Hola, mamá! Sí, estoy bien —decía Alistair con una voz llena de vitalidad—. ¿Cómo están las cosas por el campo? Dime que el aire limpio está ayudando a papá... Qué bueno escuchar eso. Sí, el negocio va de maravilla. La tormenta de la semana pasada fue dura, pero el local resistió bien.
Jude escuchaba el tono afectuoso de Alistair. Sintió una punzada inmediata en el centro del pecho. No era envidia mala, sino una nostalgia pesada y azul. Recordó las llamadas que él solía tener con su propia madre antes de que el cáncer avanzara. Recordó la calidez de tener a alguien que se preocupara por si habías comido bien o si te habías abrigado para salir a la lluvia. Jude miró sus propias manos largas sobre la barra y sintió un repentino vacío.
—¿Ah, sí? ¿Las flores de junio ya están brotando en el jardín trasero? —continuaba Alistair, riendo con ganas—. Envíale un abrazo enorme a papá de mi parte. Dile que iré a visitarlos apenas baje el trabajo de la cafetería. Yo también te quiero, mamá. Cuídense mucho.
Alistair colgó el teléfono con una sonrisa en el rostro, pero al girarse y ver a Jude, su sonrisa se desvaneció. La madurez de Alistair le permitió notar de inmediato el cambio en el ambiente. Los ojos grises de Jude estaban fijos en la madera de la barra, desenfocados, y sus dedos de pianista temblaban levemente, aferrados al borde de la mesa.
Alistair guardó el teléfono en su bolsillo y regresó al lado de Jude. No dijo nada al principio; simplemente colocó su mano grande y caliente sobre las de Jude, deteniendo el temblor con firmeza.
—Te pusiste triste de repente —observó Alistair con suavidad—. Fue por la llamada, ¿verdad?
Jude tragó saliva y levantó la vista. Intentó sonreír, pero sus ojos grises lo traicionaron.
—Es hermoso escuchar cómo hablas con ella —dijo Jude con la voz un poco ronca—. Escuchar que tus padres están vivos, que se cuidan en el campo, que hablan de flores... Me recordó a mi propia madre. Ella también solía llamarme todas las mañanas cuando yo estaba de gira en los conciertos. Me preguntaba si había practicado lo suficiente. Siento... una envidia sana de que aún tengas ese refugio familiar.
Alistair apretó el agarre en la mano de Jude. La verdad con la que Jude expresaba su dolor, sin hacer berrinches pero con una honestidad descarnada, volvía loco a Alistair. Cada capa de vulnerabilidad que el pianista mostraba lo hacía ver más atractivo, más deseable.
—Mis padres son un gran refugio, es verdad —dijo Alistair, inclinándose hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos—. Pero ahora yo tengo mi propio espacio aquí en Bristol. Y quiero que este lugar también sea tu refugio. No solo para el sexo, sino para estos momentos en los que el pasado te aprieta el pecho.
Jude sintió un vuelco en el corazón. El menor lo desarmaba por completo.
—Eres demasiado bueno para mí —susurró Jude, estirando su mano libre para delinear con las yemas de sus dedos el contorno de las flores tatuadas en el brazo del menor—. A veces olvido que tienes treinta años. Tienes una estabilidad que a mí me falta.
—Tengo la estabilidad suficiente para sostenernos a ambos —replicó Alistair con una chispa de fuego en sus ojos avellana—. Y ya que estás tocando mi brazo... debes saber que esa nostalgia tuya me enciende. Ver la profundidad de tus sentimientos me da ganas de devorarte entero aquí mismo.
Jude soltó una pequeña risa, sintiendo cómo el deseo reemplazaba rápidamente la tristeza de la nostalgia. El juego de seducción de Alistair era infalible.
—¿Aquí mismo? —provocó Jude, arqueando una ceja—. Alistair, las puertas de la cafetería están abiertas. Podría entrar cualquiera.
—Entonces es una suerte que falte una hora para que se cumpla el horario de apertura formal —dijo Alistair con una sonrisa descarada.
Sin previo aviso, Alistair rodeó la barra de madera con movimientos rápidos. Tomó a Jude por la cintura con sus dos manos fuertes, levantándolo de la banqueta casi sin esfuerzo debido a la complexión delgada del pianista. Jude soltó un jadeo de sorpresa mientras Alistair lo empujaba hacia la trastienda de la cafetería, un pequeño almacén lleno de sacos de granos de café, cajas de libros nuevos y un viejo sillón de tela verde.
Alistair cerró la puerta de madera de la trastienda con el pie y acorraló a Jude contra la pared de ladrillo visto. El olor a granos de café tostado en el espacio cerrado era penetrante y afrodisíaco.
—Alistair... esto es una locura —susurró Jude, aunque sus manos ya estaban desabrochando los primeros botones de la camiseta de tirantes del menor, desesperado por tocar los músculos de su pecho.
—Te dije que la propuesta seguía en pie —respondió Alistair con la voz ronca por el deseo—. Y no pienso esperar hasta la noche para probar el manjar de tu cuerpo otra vez.
Alistair capturó los labios de Jude en un beso profundo, rítmico y lleno de una posesividad salvaje. El sexo en la trastienda comenzó con la misma intensidad de una tormenta. Alistair levantó una de las piernas largas de Jude, acomodándola alrededor de su propia cadera ancha, mientras sus manos grandes buscaban despojarse de la ropa que los estorbaba.
—Ah... Alistair —gimió Jude contra su boca, sintiendo la dureza del miembro del menor presionando contra su muslo—. Tu brazo... abrázame fuerte con ese brazo.
Alistair obedeció, envolviendo la espalda delgada de Jude con su brazo tatuado, haciendo que las flores de tinta se pegaran contra la piel blanca y sudorosa del pianista. Los embates en ese espacio estrecho fueron rápidos, urgentes y cargados de necesidad.
—Eres adictivo —jadeaba Alistair, hundiéndose en él con una fuerza brutal que hacía que la espalda de Jude rozara el ladrillo de la pared—. Me vuelve loco cómo te entregas a mí.
—Es porque... porque tú me haces sentir vivo —respondía Jude entre gemidos agudos, con los ojos nublados por el placer puro—. Muévete más duro, Alistair... llévate todo de mi cuerpo.
El sexo en la trastienda continuó durante varios minutos de intensa pasión, donde el contraste de sus cuerpos, sus edades y sus historias personales se fusionó perfectamente a través de la piel. Alistair demostró una vez más que, a pesar de ser el menor, su fuerza y su devoción eran el ancla perfecta para el pianista roto.
Cuando el clímax los alcanzó, ambos compartieron un gemido ahogado en el silencio del almacén. Jude se aferró al cuello de Alistair, temblando por completo, sintiendo que la calidez del menor llenaba cada rincón de su ser.
Minutos después, volvieron a la barra de la cafetería justo a tiempo para abrir las puertas al público. Jude, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa de absoluta conformidad, tomó el primer sorbo de su café americano, entendiendo que la llamada al campo de Alistair no solo le había traído recuerdos del pasado, sino que había abierto la puerta a un presente lleno de pasión, fuego y un refugio que ya no quería soltar.
Muchas felicidades por la culminación de esta gran obra ☺️ ✨
y si no es mucho pedir una segunda parte 🤭.
Me encanta la madurez y la pasión de su romance 🤭. El cómo avanzo su relación sin la necesidad de una etiqueta desde el principio. ojalá tener más de ellos 💙.
Muchas Gracias autor/a por tu gran dedicación ☺️. me encantan tus novelas. tienes un gran talento muchas gracias por compartirlo con nosotros. Felicidades por una gran obra finalizada. 💐✨
y ya llega alguien a aguar la fiesta 🤦♀️