Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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El Último Latido
Después de tantas tormentas, de miedos compartidos y de una huida que parecía no tener fin, el amor entre Elena y Julián finalmente floreció de la manera más pura. Aquel atardecer donde Elena pronunció un emocionado «¡Sí, claro que sí quiero!» marcó el inicio de una época dorada, un refugio de absoluta felicidad donde el peligro del pasado parecía haber quedado sepultado bajo una hermosa capa de promesas.
Los días siguientes se convirtieron en un carrusel de risas y momentos inolvidables. Se entregaron al romance con la inocencia de quienes descubren el mundo por primera vez. Sus fines de semana favoritos pasaron a ser aquellas idas al cine, donde sentados en la última fila y protegidos por la penumbra de la sala, compartían un gran bote de palomitas mientras sus dedos se rozaban "accidentalmente", desatando sonrisas cómplices que iluminaban la oscuridad.
No faltaron las sorpresas. Julián, con esa ternura que lo caracterizaba, siempre buscaba un pretexto para verla sonreír: una nota escrita a mano escondida en su bolso, una flor silvestre recogida del camino o un pequeño detalle sin motivo alguno. Cuando llegó el cumpleaños de Elena, Julián preparó una tarde mágica, prometiéndole frente a una pequeña vela encendida que no habría fuerza en este universo capaz de separarlos. Por primera vez en mucho tiempo, Elena sentía que su vida tenía un rumbo brillante y lleno de luz. El amor los curaba, los protegía.
Pero el destino, a veces, es un escritor cruel que guarda sus giros más oscuros para cuando el cielo parece estar más despejado.
Una tarde, mientras Elena preparaba un té en la cocina cantando bajito y Julián la observaba desde el marco de la puerta con los ojos llenos de adoración, el teléfono de él comenzó a vibrar. Al ver la pantalla, la sonrisa de Julián se congeló. Era su padre.
Julián se alejó un poco para contestar, intentando mantener la calma. Pero en cuanto pegó el teléfono a su oído, la voz de su progenitor entró como un torrente de hielo, cargada de una malicia y una frialdad que le erizaron la piel.
—¿De verdad crees que tienes derecho a ser feliz, Julián? —se burló el hombre al otro lado de la línea, con una risa seca que helaba la sangre—. Te veo tan sonriente al lado de esa muchacha... pero vives en una mentira. Dime, hijo mío, ¿crees que eres digno de ella? ¿Crees que te amaría si supiera quiénes somos realmente?
—No sé de qué estás hablando —respondió Julián, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco doloroso—. Déjanos en paz. Nosotros no tenemos nada que ver con tus negocios.
—Oh, claro que sí tienes que ver. Llevas mi sangre, Julián. Y es esa misma sangre la que destruyó su vida —declaró el padre, disfrutando cada palabra—. Fui yo. Yo fui el responsable directo del "accidente" que le quitó la vida al padre de Elena. Y por mi culpa, por mis planes para silenciarlo, esa mujer, su madre, quedó postrada para siempre en esa silla de ruedas. Toda la desgracia de su familia lleva mi firma. Ahora dime, Julián... ¿vas a tener el valor de seguir mirándola a los ojos? ¿Vas a abrazarla sabiendo que eres el hijo del asesino de su padre?
Las palabras cayeron sobre Julián como un golpe físico. El aire se le escapó de los pulmones y el teléfono resbaló de sus dedos temblorosos, impactando contra el suelo con un golpe sordo. Su mundo entero, toda su felicidad, se desmoronó en un segundo. La culpa, una culpa asfixiante, aplastante y monstruosa, se le metió en el pecho y empezó a asfixiarlo.
Elena, al escuchar el ruido del teléfono y ver el rostro de Julián completamente pálido, con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas, se acercó corriendo, asustada.
—¡Julián! ¿Qué pasa? ¿Qué te dijeron? —le preguntó, tomándolo de los brazos—. Me estás asustando, mi amor, háblame...
Pero Julián no pudo articular palabra. Al mirar ese rostro tan dulce, esos ojos que lo miraban con absoluta confianza y amor, sintió una vergüenza insoportable. Sintió que no merecía tocarla, que su sola presencia la ensuciaba. La decepción tan profunda de saber la clase de monstruo que era su padre lo cegó por completo. Desesperado por escapar de ese dolor que le partía el alma, Julián dio un paso atrás, se soltó del agarre de Elena y, sin dar explicaciones, salió corriendo de la casa como un loco.
—¡Julián, espera! ¡No te vayas! —gritó Elena, saliendo detrás de él.
Fuera, la tarde caía y la visibilidad comenzaba a perderse bajo una llovizna densa. Julián corría sin mirar atrás, las lágrimas le nublaban la vista y los gritos de su propio cerebro lo atormentaban. No veía la carretera, no escuchaba el viento; solo veía el rostro de su padre burlándose de él.
Cegado por la agonía, Julián cruzó la calzada sin percatarse de que el semáforo había cambiado. De repente, unos faros potentes rompieron la penumbra, acompañados por el chirrido ensordecedor de unos neumáticos intentando frenar sobre el asfalto mojado.
No hubo tiempo para reaccionar. El impacto fue brutal.
El cuerpo de Julián salió despedido y cayó pesadamente sobre el suelo frío, donde un hilo de sangre comenzó a extenderse rápidamente, tiñendo el asfalto.
Elena, que venía corriendo a unos metros de distancia, presenció la escena y sintió que su propio corazón se detenía. Un grito desgarrador, lleno de un pánico absoluto, escapó de su garganta.
—¡¡JULIÁN!!
Corrió hacia él y se arrodilló en el suelo, sin importarle la lluvia ni la sangre. Con manos temblorosas, acunó su cabeza, suplicándole que abriera los ojos mientras gritaba desesperadamente pidiendo ayuda a los transeúntes que comenzaban a agolparse a su alrededor. El llanto de Elena se mezclaba con el sonido lejano de las sirenas de la ambulancia que, minutos después, los trasladó de emergencia al hospital.
En la fría y silenciosa sala de urgencias, los médicos hacían lo posible, pero la gravedad de las heridas internas era irreversible. El monitor cardíaco emitía un pitido débil y cada vez más pausado.
Elena estaba a su lado, sosteniendo su mano con todas sus fuerzas, con el rostro empapado en lágrimas. Julián, haciendo un esfuerzo sobrehumano, abrió lentamente los ojos. La miró con una ternura infinita, libre de la vergüenza, dejando que solo el amor puro que sentía por ella brillara en sus últimos instantes de conciencia.
Apretó levemente la mano de Elena y, con un hilo de voz, débil pero cargado de todo el sentimiento de su alma, le susurró:
—Gracias... gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo... y perdóname... perdóname por las faltas de mi padre...
Elena sollozó con fuerza, negando con la cabeza, queriendo detener el tiempo.
—No hables, mi amor, vas a estar bien, por favor no me dejes... —le suplicó.
Julián sonrió con una paz celestial, ignorando el dolor físico, solo concentrado en grabarse su rostro por última vez.
—Nunca olvides... que te amo... y te amo... te amo, te amo, mi niña hermosa...
Con esas últimas palabras flotando en el aire de la habitación, Julián soltó un suave y definitivo suspiro. Sus ojos se cerraron lentamente y su mano, que hasta hace un segundo sostenía la de Elena, se relajó, quedando completamente lacia. El monitor cardíaco emitió un pitido constante y plano, anunciando que el alma de Julián había partido, dejando a Elena rota de dolor, pero sellando con su último aliento un amor eterno que ni la muerte podría borrar.