Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
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CAPITULO 4 DECISIONES Y UN NUEVO CAMINO
Recorría el amplio salón de la mueblería con pasos lentos y medidos, deslizando la mirada por cada pieza con una atención que iba mucho más allá de lo superficial. No buscaba algo que “me gustara” en el sentido habitual de la palabra —ya que esa sensación no existía en mí—, sino muebles que cumplieran con requisitos muy claros: líneas rectas, colores neutros, preferentemente blancos, grises claros o tonos de madera muy suave, materiales fáciles de limpiar, estructuras resistentes y diseños que no recargaran el ambiente. Para mí, el mobiliario tenía una única función: ser útil, ordenado y armónico con el espacio.
Mientras me detenía frente a un sofá de cuero blanco, pasaba la mano suavemente por el respaldo para comprobar su textura y firmeza, cuando escuché unos pasos acercándose por detrás. Al voltear, vi a la encargada del local acercándose con una carpeta en las manos y una sonrisa profesional dibujada en su rostro.
—Disculpe, señorita —dijo ella con voz amable pero segura, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Usted es Melissa Font, verdad?
Asentí despacio, manteniendo mi expresión habitual, neutra y serena.
—Así es —respondí con un tono de voz firme y claro, sin alteraciones.
—Perfecto —continuó ella, abriendo la carpeta y repasando las hojas con rapidez—. Ya tenemos aquí todas las medidas exactas de su departamento en el último piso, tal como nos indicó. Basándonos en el plano y en las características que pidió, hemos seleccionado una lista completa de muebles que se ajustan a lo que busca: nada de adornos excesivos, espacios amplios, colores claros y funcionalidad ante todo. Solo falta que usted los revise uno por uno y nos diga si está conforme o si quiere cambiar algo. ¿Le parece bien?
—Está bien —contesté simplemente, y me dediqué a revisar cada artículo con una minuciosidad absoluta.
Pasé casi dos horas recorriendo cada sección: observaba la altura de las mesas, la capacidad de los armarios, la comodidad de las sillas, la forma de las camas y la iluminación que proyectaban las lámparas. Analicé hasta el más mínimo detalle, calculando mentalmente cómo quedaría todo acomodado en cada habitación, verificando que no sobrara ni faltara espacio, que todo encajara como si hubiera sido diseñado específicamente para ese lugar. No hubo sorpresas, ni emociones de agrado ni de desagrado, solo una comprobación metódica que terminó cuando tuve la certeza de que todo cumplía con lo que necesitaba.
Cuando estuve lista, me dirigí al mostrador para pagar. En cuanto la cajera me entregó el comprobante y me dio las gracias con una sonrisa, yo activé lo que durante años había aprendido a perfeccionar: curvar ligeramente los labios, suavizar la mirada y mostrar una expresión que, para cualquiera que me viera, parecía una sonrisa natural y amable. Era un gesto que no nacía de ningún sentimiento interno, sino de un aprendizaje largo y constante. Mi padre había dedicado muchísimas tardes a enseñarme a sonreír, a mover las manos, a saludar y a mirar a los ojos, explicándome paso a paso que esos gestos eran la forma de comunicarme con el mundo sin llamar la atención o parecer fría y distante. Practicamos frente al espejo cientos de veces hasta que logré dominar una sonrisa falsa, pero tan bien lograda que nadie podía distinguirla de una verdadera.
—Gracias a usted —respondí, manteniendo esa expresión mientras tomaba mis papeles y salía del establecimiento.
Al llegar a casa, entré por la puerta trasera y me dirigí directamente al patio, donde el sol de la tarde iluminaba el césped bien cuidado y las macetas alineadas en filas perfectas. Allí estaba mi madre, sentada en una silla de mimbre, revisando unas revistas, y al oír mis pasos levantó la mirada.
La relación con ella era muy distinta a la que tenía con mi padre. Ella se había encargado de todos los cuidados prácticos: mi ropa, mi alimentación, mis horarios, todo lo que tenía que ver con el funcionamiento diario. Pero nunca logramos conectar en ese nivel más profundo que suele haber entre una madre y su hija. Yo sabía que ella sentía todo lo que yo no podía: alegría, tristeza, vergüenza, ilusión… y en muchas ocasiones, con el paso de los años, me había dado cuenta de que se avergonzaba de mí cuando estábamos frente a sus amigas o conocidos. Veía cómo cambiaba de tema, cómo respondía con monosílabos si le preguntaban por mí, cómo intentaba que pasara desapercibida, como si mi condición fuera algo de lo que debía ocultarse. No me dolía —porque no sentía dolor—, pero lo analizaba y lo registraba en mi mente como un dato más de nuestra dinámica familiar.
Me acerqué a ella y me quedé de pie frente a unos instantes, hasta que ella guardó la revista y me indicó con un gesto que tomara asiento a su lado.
—Hija, ven, siéntate aquí —me dijo con una voz suave, pero con una tensión sutil que yo podía identificar perfectamente. Me observó de arriba abajo, como revisando que todo estuviera en orden, y luego continuó—: ¿Cómo te ha ido hoy? Te he visto salir temprano y regresas hasta ahora. ¿Ya tienes todo listo?
Me senté con calma, cruzando las piernas y manteniendo la espalda recta, igual que me habían enseñado.
—Me ha ido bien —respondí con claridad—. Ya elegí todos los muebles, los pagué y ya está todo programado para que los lleven en cuanto terminen de pintar y acondicionar el departamento. Me iré en esta misma semana, solo falta esperar esos últimos detalles.
Ella suspiró, entrelazó sus dedos sobre su regazo y miró hacia el jardín unos segundos antes de volver a mirarme.
—¿Estás completamente segura de que es lo mejor para ti, Melissa? —preguntó, y en su tono se notaba esa mezcla de miedo y duda que le costaba ocultar—. Sabes que esta casa siempre será tu refugio, aquí tienes todo lo que necesitas sin tener que preocuparte por nada. ¿No crees que es muy pronto para lanzarte a vivir sola? A veces pienso que no te das cuenta de lo complejo que es el mundo allá afuera, de cuántas situaciones pueden surgir que no sabrás cómo manejar.
La escuché con atención, procesando cada palabra sin que ninguna emoción alterara mi pulso.
—Sé perfectamente lo que hago, mamá —le expliqué, despacio, como si estuviera exponiendo un razonamiento lógico—. No es que no valore esta casa, pero necesito tener mi propio espacio, mis horarios y mis reglas. Ya aprendí a identificar situaciones de riesgo, a leer las intenciones de las personas, a resolver problemas y a organizarme. Vivir aquí más tiempo solo me mantendría estancada, sin poner en práctica todo lo que me han enseñado. Ya es momento de que me valga por mí misma.
Ella negó con la cabeza suavemente, y pude ver en sus ojos ese sentimiento de impotencia que la acompañaba desde que los médicos me dieron el diagnóstico.
—Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si te encuentras con alguien que no tenga buenas intenciones y tú no seas capaz de percibirlo a tiempo? —insistió, y su voz se volvió un poco más quebradiza—. Sabes que tu condición… hace que todo sea más difícil. A veces me pregunto si en verdad entiendes todo lo que te explicamos o si solo repites las palabras como si fuera un libro que te aprendiste de memoria.
—Entiendo mucho más de lo que crees —respondí sin alterarme, mirándola fijamente a los ojos—. No solo repito lo que me dicen, analizo cada situación, cada mirada, cada tono de voz y cada gesto. Sé cuándo alguien miente, cuándo quiere algo a cambio, cuándo se siente bien o mal. No lo siento por dentro, es verdad, pero lo reconozco con tanta precisión que para todos los efectos funciona igual. No voy a cometer errores por falta de atención. Además, papá te habrá dicho que aceptó bajo mis condiciones, y yo las cumpliré al pie de la letra.
Ella suspiró de nuevo, asintiendo con resignación, y cambió un poco de tema para aliviar la tensión.
—Bueno… al menos aquí te hemos dado todas las herramientas posibles —dijo, mirando la casa que se extendía detrás de nosotros—. Sabes que no es una casa cualquiera. Tu padre es juez, lleva años trabajando con responsabilidad y honestidad, por lo que nunca nos ha faltado nada. Tenemos estabilidad, respeto en la sociedad, todo lo necesario para que te sientas segura. ¿Te acuerdas de cuando eras pequeña y recorrías estos pasillos sin rumbo, sin hablar con nadie? A veces daba miedo ver lo tranquila que estabas, sin hacer ruido, sin pedir nada…
—Lo recuerdo —afirmé con calma—. Esta casa siempre ha sido amplia, ordenada y silenciosa, justo como me gusta. Nunca me sentí mal aquí, pero ahora quiero vivir en un lugar que yo organice a mi manera.
Después de unos minutos más de conversación, en los que ella siguió preguntando detalles sobre el departamento, sobre los vecinos, sobre la seguridad y sobre si tenía todo el dinero calculado, decidí que ya había hablado lo suficiente. Me despedí de ella con ese mismo gesto de sonrisa aprendida y me dirigí hacia mi habitación.
La casa era realmente inmensa, con techos altos, suelos de madera pulida, pasillos largos y ventanales que dejaban entrar mucha luz. Era el reflejo de la posición de mi padre: un hombre serio, recto, acostumbrado a las normas y a la justicia, que había construido una vida estable y respetada, donde no faltaba nada material, aunque sí hubiera un vacío emocional que nadie podía llenar.
Al entrar en mi habitación, cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer en la silla frente al escritorio. Tomé mi computadora portátil, la abrí y la puse sobre mis piernas, encendiéndola con movimientos ágiles. Mientras esperaba que cargara, mi mente repasaba lo que venía: la mudanza, el nuevo lugar, las rutinas que tendría que crear.
En cuanto apareció la pantalla principal, revisé mi bandeja de entrada de correo electrónico. Había varios mensajes de publicidad y notificaciones bancarias, pero al final de la lista vi dos asuntos que llamaron mi atención: las respuestas de las empresas a las que había enviado mi solicitud días atrás.
Un leve cambio en mi respiración fue lo único que delató una sensación extraña que no era miedo ni ansiedad, sino más bien la inquietud de tener que empezar a buscar trabajo si ambas me rechazaban. No quería tener que salir a buscar otras opciones, prefería que todo quedara resuelto de una vez.
Primero abrí el mensaje de IA Producciones: el texto era breve y formal, informándome que, tras revisar mi perfil, no cumplía con los requisitos específicos para el puesto en ese momento. Cerré esa ventana sin más emoción que la de anotar un resultado negativo.
Luego, con más atención, hice clic en el correo de Super Estar Entretenimiento. Al abrirlo, leí las primeras líneas y me quedé unos segundos leyendo con detenimiento:
*“Estimada señorita Melissa Font Cervantes:
Le comunicamos que, tras evaluar detenidamente su currículum, su experiencia y las referencias presentadas, usted ha sido seleccionada y contratada para ocupar el puesto de maquillista profesional en nuestra empresa. El contrato tendrá una duración de un año, con posibilidad de renovación según su desempeño. A continuación, le detallamos las normas estrictas que deberá cumplir desde el primer día, así como las advertencias y condiciones irrevocables:
• Queda terminantemente prohibido establecer relaciones sentimentales, íntimas o románticas con cualquiera de los artistas, personalidades o personal directivo de la empresa.
• Se requiere total confidencialidad absoluta: no podrá revelar información sobre la vida privada, horarios, viajes, conversaciones o características de las personas con las que trabaje, ni a medios de comunicación ni a terceros ajenos a la empresa.
• Deberá presentarse siempre con una imagen impecable, puntualidad estricta y disposición para trabajar en horarios variables, incluidos fines de semana, viajes y eventos nocturnos.
• No podrá aceptar regalos, propinas ni favores especiales por parte de los artistas o sus equipos, ni dar trato preferencial a nadie sin autorización.
• Cualquier incumplimiento a estas normas supondrá la rescisión inmediata del contrato y el pago de una multa económica por daños a la imagen de la empresa, además de las acciones legales correspondientes.
Deberá presentarse en nuestras oficinas centrales en un plazo máximo de dos días para firmar el contrato y recibir su credencial de acceso.”*
Leí cada punto varias veces, analizándolos como si fuera un código de instrucciones. Todas las reglas eran claras, lógicas y fáciles de cumplir para mí: no tenía interés en enamorarme, no tenía necesidad de hablar con nadie sobre lo que viera u oyera, la puntualidad y la orden eran parte de mi naturaleza, y no esperaba ni quería recibir nada a cambio. Para mí, esas normas no eran restricciones, sino simplemente los pasos que debía seguir para hacer bien mi trabajo.
Una vez procesada toda la información, comencé a organizar mis próximos días. Tenía exactamente dos días antes de tener que presentarme en la empresa. El primero lo dedicaría a ir a mi cita de queratina: ya hacía tiempo que debía hacérmela, y quería llegar con el cabello en su mejor estado, completamente liso, brillante y manejable, tal como me gustaba. El segundo día lo usaría para ultimar todos los detalles de la mudanza: ya había contratado a tres equipos de mudanza especializados, que pasarían a recoger cada objeto, acomodarlo en las cajas y luego transportarlo hasta el último piso de mi nuevo hogar, donde lo dejarían ordenado tal como yo les indicara. Todo estaría listo en cuestión de horas.
Llegó el día de mi presentación. Me desperté temprano, me di una ducha relajante y me vestí con cuidado: elegí un traje de blazer de color negro intenso, con pantalón entallado que marcaba mi figura delgada con elegancia, y una blusa blanca ajustada al cuerpo que dejaba ver mi silueta sin ser vulgar. El conjunto me quedaba perfecto, ajustado en todos los sentidos, profesional y sofisticado. Me peiné mi cabello recién tratado, que caía liso y brillante hasta la mitad de mi espalda, y me puse unos zapatos de tacón bajo y cómodos de la marca Celine.
Tomé mi maletín de cuero negro, donde llevaba todos los documentos necesarios, bajé las escaleras sin hacer ruido y salí hacia la cochera. Abrí la puerta de mi Lamborghini, me senté al volante, puse en marcha el motor que rugió suavemente y comencé a recorrer las calles de la ciudad con la misma calma y seguridad de siempre.
No sentía emoción, ni nervios, ni miedo, ni ganas de que algo cambiara. Solo sabía que ese viaje marcaba el inicio de una nueva etapa en mi vida, una etapa que yo creía que seguiría bajo mi control absoluto, con mis reglas claras y mis acciones calculadas al detalle.
Pero lo que todavía no podía imaginar era que, al cruzar las puertas de Super Estar Entretenimiento, todo lo que yo creía saber sobre mí misma y sobre el mundo estaba a punto de cambiar para siempre.