Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 17. La llamada
Ángel llegó en cuarenta minutos, como prometió.
Cynthia le había hecho caso al pie de la letra: paños de agua tibia en la frente, el cuello, las axilas, a la niña destapada y en ropa ligera, sin darle nada de la farmacia que tenía en la casa. Cuando oyó el carro en el portón, salió corriendo a abrir antes de que él tocara.
Ángel entró con un maletín grande y otro pequeño, fue directo al cuarto, se lavó las manos y se sentó al borde de la cama sin perder un segundo.
—Hola, campeona. —Le habló suave mientras le ponía el termómetro y le buscaba el pulso—. Me dijeron que no te sientes bien.
—Doctor, tengo frío.
—Ya sé. Te voy a poner algo para que se te pase, ¿bueno? Un pinchacito chiquito y ya.
Trabajó rápido y en silencio. Le bajó el medicamento para la fiebre, la revisó entera, le miró los ojos con una linternita, le palpó el cuello, las axilas, la barriga. Cynthia le vigilaba la cara buscando una señal, lo que fuera.
Ángel no le dio ninguna. Mantuvo la misma expresión amable para la niña todo el tiempo.
Pero cuando le revisó las ingles y se detuvo un segundo de más en un punto, Cynthia lo vio apretar los labios, apenas, y después seguir como si nada.
En media hora la fiebre empezó a ceder. Valentina dejó de temblar y se durmió, todavía caliente, pero respirando mejor.
Ángel salió del cuarto con Cynthia pisándole los talones.
—¿Qué tiene? —le preguntó en el pasillo, en voz baja—. Y no me digas que es un virus. Te vi la cara cuando le revisaste las piernas.
—Tiene fiebre, y se la bajé. Eso es lo concreto de esta noche. —Ángel guardaba sus cosas sin mirarla—. Lo demás hay que descartarlo antes de decir nada. No te voy a soltar un susto a las tres de la mañana por una corazonada.
—O sea que tienes una corazonada.
—Tengo que hacerle exámenes. —Cerró el maletín—. Tengo un kit de laboratorio portátil en la clínica. Voy por él y vuelvo antes de que amanezca, le saco las muestras yo mismo, aquí, y no queda registro en ningún lado. Nadie se entera.
—Ángel.
—Cynthia. —La miró por fin, y esa calma suya esta vez no la tranquilizó nada—. Déjame traer el kit y hacer las pruebas. Cuando tenga algo de verdad, te lo digo todo, sin adornos. Pero no antes. ¿Confías en mí?
Cynthia tragó. Odiaba esa pregunta, y odiaba más que la respuesta ya fuera que sí.
—Apúrate.
—Quédate con ella. No la dejes sola. Vuelvo enseguida.
Se fue antes del amanecer, con las luces del carro perdiéndose en la carretera.
Cynthia se sentó en el piso, recostada contra la cama de la niña, decidida a no pegar un ojo.
Pero el cuerpo cobra todo lo que uno le debe. Tres noches casi sin dormir, el susto, las horas cargando paños y miedo. Aguantó lo que pudo, vigilando la respiración de Valentina, y en algún momento, sin darse cuenta, se le cerraron los ojos con la cabeza apoyada en el colchón.
Valentina despertó cuando el cuarto ya tenía la primera luz gris de la mañana.
La fiebre le había bajado. Se sentía rara, débil, con la boca seca. Miró a su mamá dormida en el piso, con la cara cansada, y no quiso despertarla. Pero algo le apretaba el pecho, una tristeza que no entendía, las ganas de que alguien le dijera que todo iba a estar bien.
Y se acordó del dibujo. Del cuarto monigote en la esquina, solito.
Estiró la mano debajo de la almohada de su mamá, donde la había visto guardar el teléfono viejo, ese que mami creía que ella no sabía dónde estaba. Lo prendió como había aprendido sola, con la lengua afuera, y marcó los números que se sabía de memoria desde los cuatro años, porque papá se los había hecho repetir mil veces. Por si te pierdes, mi amor. Llamas a papá y papá te encuentra.
Sonó dos veces.
—¿Aló? —La voz de Alberto, ronca, desconcertada.
—¿Papá?
Del otro lado hubo un silencio total.
—¿Valentina? —Algo se le quebró y se le afiló en la voz al mismo tiempo—. Mi amor, ¿eres tú? ¿Dónde estás?
—En la playa, papá. —Habló bajito, mirando a su mamá dormida—. Estoy malita. Me sangró la nariz y me dio fiebre. Ven, papá. Te extraño.
—Ya voy, princesa. —La voz de Alberto sonaba dulce, de papá bueno, mientras al fondo Valentina oía ruido de sábanas, de pasos rápidos, de unas llaves—. Quédate quietica y no le digas a mami que hablaste conmigo, ¿bueno? Es una sorpresa. Papá te va a ir a buscar.
—Bueno, papá.
—Esa es mi niña.
Valentina colgó, apagó el teléfono y lo volvió a meter debajo de la almohada de su mamá, contenta, sin saber lo que acababa de hacer.
A un par de horas de ahí, Alberto Castro ya estaba vestido, con la foto borrosa de la casa blanca en una mano y las llaves del Mercedes en la otra, y por primera vez en semanas no le temblaba el pulso.
La playa. Se lo había dicho ella misma. La playa.
Ya sabía dónde estaban.