En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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La Segunda Prueba — El Espejo del Alma
"El enemigo más difícil de vencer no es quien intenta destruirte. Es la parte de ti que cree no merecer ser amado."
El templo entero volvió a estremecerse.
El impacto proveniente del exterior recorrió los enormes pilares de piedra como un verdadero contenido.
Polvo antiguo cayó desde el techo.
Las llamas de los faroles comenzaron a oscilar violentamente.
Akira dio un paso hacia la entrada principal.
—¿Quién está ahí?
No obtuvo respuesta.
Solo otro golpe.
Mucho más fuerte que el anterior.
Las gigantescas puertas vibraron con tal intensidad que las bisagras de piedra emitieron un sonido profundo, como el rugido de una montaña despertando.
Sora permanecía inmóvil.
Su pequeño cuerpo temblaba.
Era la primera vez que Akira veía miedo en aquellos ojos dorados.
—No debería ser posible...
—Nadie puede atravesar las barreras del templo...
Hana se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.
—¿Quién intenta entrar?
El niño tardó unos segundos en responder.
—No lo sé...
Pero no es un espíritu.
No es un humano.
Y tampoco pertenece al mundo de las almas.
El pequeño cerebro comenzó a perder luminosidad.
Las siete flores que adornaban sus ramas se cerraron lentamente, como si intentaran protegerse.
Sora levantó la vista.
—El templo está utilizando toda su energía para mantener sellada la entrada.
Eso significa que ustedes deben terminar las pruebas antes de que la barrera ceda.
Akira frunció el fruncido.
—¿Y si no lo logramos?
El niño guardó silencio.
No hacía falta responder.
Todos comprendieron las consecuencias.
Frente a ellos, la segunda puerta comenzó a abrirse lentamente.
Sobre ella brillaba el símbolo de un espejo de plata.
No reflejaba el rostro de nadie.
Solo una superficie completamente blanca.
Como si esperara mostrar algo que todavía permanecía oculto.
Sora respiró profundamente.
—Esta es la prueba más difícil para la mayoría.
No porque sea peligrosa.
Sino porque nadie quiere enfrentarse a ella.
Akira y Hana cruzaron juntos el umbral.
En cuanto lo hicieron, el templo desapareció.
Se encontraron en una habitación inmensa.
No tenía paredes.
No tenía techo.
Solo existía un suelo de cristal que parecía flotar sobre un cielo infinito.
Miles de espejos gigantes se elevaban alrededor de ellos.
Cada uno tenía una forma distinta.
Algunos eran redondos.
Otros alargados.
Otros estaban agrietados.
Pero todos permanecían cubiertos por una fina niebla.
En el centro había un único asiento de madera.
Vacío.
Una voz suave resonó en todas direcciones.
—Bienvenidos...
A la sala donde ningún corazón puede mentirse.
Akira dio un paso adelante.
Su reflejo apareció inmediatamente en el espejo más cercano.
Pero...
No era él.
El muchacho del reflejo tenía unos diez años.
Estaba sentado solo en el patio de una escuela.
Observaba cómo jugaban otros niños.
Nadie se acercaba.
Nadie lo llamaba.
Solo permanecía allí, abrazando sus rodillas.
Akira sintió una punzada en el pecho.
Había olvidado aquel día.
Su padre acababa de mudarse a otra ciudad por trabajo.
Su madre pasaba jornadas enteras fuera de casa.
Durante meses apenas habló con nadie.
Siempre finja estar bien.
Pero en realidad...
Se sentía profundamente solo.
La voz volvió a escucharse.
— ¿Recuerdas lo que pensabas ese día?
El pequeño Akira levantó la cabeza.
Y pronunció unas palabras que el Akira del presente jamás creyó haber dicho.
—Si desapareciera...
Nadie lo notaría.
El pecho de Akira se cerró por completo.
Nunca había contado ese pensamiento a nadie.
Ni siquiera a sí mismo.
Hana lo observó con preocupación.
—Akira...
Él permanecía inmóvil.
No podía apartar la vista del espejo.
La culpa.
La tristeza.
El sentimiento de no ser suficiente.
Todo aquello seguía existiendo.
Solo había aprendido a esconderlo.
Entonces otro espejo comenzó a brillar.
Esta vez fue Hana quien apareció reflejada.
Pero tampoco era la Hana actual.
Era la niña que esperaba junto al puente.
Invierno tras invierno.
Primavera tras primavera.
Siempre con la misma esperanza.
Siempre mirando el mismo camino.
Esperando que Akira regresara.
La pequeña Hana sonreía cada vez que escuchaba pasos.
Y bajaba la cabeza cada vez que descubría que no era él.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Hasta que los años comenzaron a pasar.
La voz preguntó con infinita suavidad.
—¿Qué pensabas mientras esperabas?
La niña respondió casi en un susurro.
—Quizá...
No fui lo suficientemente importante para que regresara.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Hana.
Akira sintió que el corazón se rompía.
Corrió inmediatamente hacia ella.
Sin decir una palabra.
La abrazó con fuerza.
Ella apoyó el rostro sobre su pecho.
—Yo realmente pensaba eso...
susurró entre lágrimas.
—Creía que me habías olvidado porque nunca significó mucho para ti.
Akira cerró los ojos.
—Y yo creía que nadie notaría mi ausencia.
Los dos permanecieron abrazados.
Comprendiendo por primera vez cuánto dolor habían escondido incluso antes de reencontrarse.
Los espejos comenzaron a iluminarse uno tras otro.
Ahora se muestran decenas de escenas distintas.
Akira dudando de sí mismo.
Hana sintiéndose abandonada.
Hayato culpándose por no haber protegido a Aoi.
Aoi creyendo que era una carga.
Cada vida.
Cada época.
La misma herida.
Distintos nombres.
El mismo miedo.
"No soy suficiente."
La voz volvió a hablar.
—Todas sus vidas compartieron el mismo enemigo.
No era el destino.
No era la muerte.
Era esa pequeña voz que les repetía una mentira.
Los espejos comenzaron a romperse lentamente.
Solo uno permanecía intacto.
El más grande de todos.
Sora apareció reflejado en él.
Aunque el verdadero Sora no estaba allí.
Sonreía con tristeza.
—Acérquense.
Los dos caminaron lentamente.
Cuando estaba frente al enorme espejo...
No vieron sus rostros.
Vieron su futuro.
Akira aparecía solo.
Muchos años después.
Convertido en un reconocido investigador.
Vivía rodeado de libros.
Había cumplido todos sus sueños.
Pero la casa estaba vacía.
No existía Hana.
Su sonrisa tampoco.
La imagen cambió.
Ahora era Hana.
Vivía en un pequeño pueblo junto al lago.
Ayudaba a las personas.
Los niños la adoraban.
Pero cada tarde observaba el puente.
Esperando a alguien que nunca llegaba.
Las dos vidas eran buenas.
Pero incompletas.
La voz hizo una última pregunta.
—Si para salvar el mundo deberían vivir separados...
¿Aceptarían ese destino?
Akira miró a Hana.
Ella lo miró a él.
No respondieron enseguida.
Ambos sabían que aquella pregunta era mucho más difícil que la anterior.
Porque ya no hablaba del pasado.
Hablaba del sacrificio.
Akira respiró profundamente.
Después dio un paso hacia el espejo.
—Si separarnos realmente salvara a todos...
Lo haría.
Hana sintió que el corazón se detenía.
Pero antes de que pudiera hablar, él tomó su mano.
Y sonrió.
—Solo si ella también pudiera ser feliz.
Hana apretó sus dedos.
—Y yo haría lo mismo.
Solo si él pudiera sonreír de verdad.
El espejo comenzó a cubrirse de luz.
La voz guardó silencio durante varios segundos.
Finalmente respondió.
—Respuesta incorrecta.
Los dos quedaron inmóviles.
El espejo comenzó a agrietarse.
El suelo tembló.
Akira dio un paso atrás.
—¿Qué...?
La voz sonó mucho más cálida.
—Porque siguen creyendo que el amor consiste en sacrificarse.
No.
El verdadero amor también lucha por permanecer.
No acepta la separación como primera opción.
Busca un camino donde nadie tenga que perderlo todo.
El espejo se estalló en millas de fragmentos de luz.
Las grietas desaparecieron.
La sala volvió a iluminarse.
Sora apareció nuevamente frente a ellos.
Sonriendo.
—Ahora sí comprendieron.
No se trata de elegir entre ustedes y el mundo.
Se trata de encontrar un camino donde ambos puedan salvarse.
Una octava flor comenzó a crecer en el pequeño cerezo.
Akira la observó.
—El árbol... ¿está mirando otra vez?
Sora bautizada.
—Porque hace quinientos años todos creían que solo existían dos opciones.
Morir...
O renunciar al amor.
Ustedes están demostrando que existe una tercera.
En ese instante...
Un estruendo mucho más fuerte sacudió el templo.
La puerta principal comenzó a abrirse apenas unos centímetros.
Una energía oscura penetró en la sala.
Y una figura dio lentamente un paso hacia el interior.
Solo podía ver su silueta.
Alta.
Con una larga capa negra.
Su rostro permanecía oculto.
Pero su voz era tranquila.
Casi amable.
—Excelente...
Han llegado más lejos que cualquiera de sus vidas anteriores.
Akira sintió un escalofrío.
La figura levantó lentamente la cabeza.
Y por primera vez...
Sonrió.
—Eso hará mucho más interesante destruirlos.