En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 19
El ambiente en la mansión tras el altercado con el General Marcus era sofocante, impregnado de una calma tensa que presagiaba una tormenta mayor. Evelyn permanecía en la estancia contigua al despacho, caminando a pasos cortos y descalzos sobre la alfombra, con la caja de madera de roble bien presente en su memoria. La imagen de la cinta de tela rosa descolorida le quemaba la conciencia. Ya no podía fingir ignorancia; la huella de su pasado estaba grabada en la intimidad del Comandante.
Cuando la puerta doble se abrió lentamente, William apareció en el umbral. Llevaba el hombro izquierdo fuertemente vendado bajo una túnica de seda negra y el rostro marcado por la palidez de la pérdida de sangre, pero sus ojos azules conservaban esa fijeza implacable y vigilante.
Evelyn no esperó a que él tomara la iniciativa. Dio dos pasos hacia el centro de la habitación y lo miró fijamente a los ojos.
—Vi la caja en tu escritorio —dijo, rompiendo el aire con una voz limpia, sin preámbulos.
William se congeló a mitad de paso. La ligereza de su postura desapareció al instante; sus hombros se tensaron con una rigidez militar y sus facciones se endurecieron, transformándose en una máscara de hielo tan distante como el primer día que la encerró.
—No tienes autorización para revisar mis pertenencias —respondió él, su voz descendiendo a un barítono gélido que heló la estancia—. Si cruzas esa puerta de nuevo sin mi permiso, me aseguraré de que las consecuencias no sean tan leves como el confinamiento.
—Había un lazo rosa dentro —continuó Evelyn, ignorando la amenaza implícita y dando un paso más hacia él—. Un lazo de tela desgastado, manchado de barro seco. Y un dibujo de dos niños bajo un sauce. ¿Por qué el hombre más temido de Asque guarda un pedazo de trapo inservible en el cajón más profundo de su despacho?
William apretó los puños a los lados de su cuerpo. El dolor de su herida pareció quedar en segundo plano ante la invasión a su espacio más reservado. Se acercó a ella con pasos lentos y pesados, hasta que su sombra la cubrió por completo.
—No vuelvas a tocar nada en ese escritorio, Evelyn. Te lo advierto —susurró él, pero en el fondo de sus pupilas parpadeó un destello de tormenta vulnerada—. Esos objetos no forman parte de esta ciudad, ni de este uniforme, ni de ti.
—Forman parte de la niña que dejó ese lazo atrás —replicó ella, sosteniendo la mirada con una audacia que le aceleraba el pulso—. Te he visto guardar recuerdos como si fueras un hombre con alma, mientras firmas ejecuciones con la otra mano. ¿Quién era ella para ti?
William dejó escapar un suspiro áspero, un aliento caliente que rozó la mejilla de ella. Giró la cara hacia el ventanal, apretando la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se marcaron con fuerza.
—Era la única razón por la que valía la pena seguir respirando en las ruinas —confesó de pronto, su voz perdiendo la frialdad oficial para adquirir un matiz amargo y quebradizo que Evelyn jamás le había escuchado—. Pasé diez años buscando ese rostro entre las cenizas de las provincias. Envié patrullas, rastreé registros de refugiados, busqué en cada botica y en cada orfanato destruido por la guerra. Busqué a la dueña de ese lazo hasta que la lógica aplastó cualquier esperanza.
Se giró hacia ella de golpe, mirándola con una mezcla de furia reprimida y un dolor añejo.
—La creí muerta —dijo, la palabra saliendo con el peso de una condena—. Murió en el incendio del orfanato mientras yo era arrastrado por los soldados. El fuego la consumió, Evelyn. Y cuando entendí que no regresaría, dejé que el niño que era se quemara con ella en esa misma hoguera. Lo que ves hoy es lo que quedó cuando las cenizas se enfriaron.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Las palabras se le atascaron en la garganta, convertidas en un nudo sofocante. La verdad estaba allí, a milímetros de sus labios. Bastaba con levantar la mano, tocarle la mejilla y pronunciar la frase que desarmaría para siempre al Comandante de Asque: "Soy yo, Will. La niña del sauce no murió".
Abrió los labios, la compasión y un torrente de nostalgia infantil pugnando por salir. Pero en ese preciso instante, la memoria de los últimos meses golpeó su mente con la fuerza de un hacha.
Recordó el rostro de Martha, la anciana de la imprenta clandestina, arrastrada por la nieve por los soldados de William. Recordó los gritos en la plaza principal durante las ejecuciones al amanecer. Recordó la sangre fresca en el suelo de la galería hace apenas unas horas, cuando golpeó al General Marcus hasta dejarlo moribundo. El hombre frente a ella no era solo el niño que le había dado pan; era el verdugo de su pueblo, el tirano que gobernaba mediante la muerte y la tortura.
Si le revelaba su identidad, ¿en qué se convertiría ella? ¿En la debilidad del monstruo? ¿En la justificación para que él siguiera destruyendo la ciudad en nombre de su protección?
Evelyn tragó saliva, cerrando la boca despacio. Apretó las manos detrás de su espalda para que él no notara el temblor de sus dedos.
—Esa niña tuvo suerte de no ver en lo que te convertiste —susurró ella, usando sus palabras como un escudo para proteger la última frontera que le quedaba.
William la miró en silencio. La frialdad volvió a cubrir sus facciones con la velocidad de una nevada, ocultando cualquier rastro de la vulnerabilidad expuesta momentos antes.
—No vuelvas a hablar de ella —sentenció el Comandante, dando media vuelta y encaminándose hacia la salida—. Y no vuelvas a entrar a mi despacho.
La puerta se cerró con un chasquido metálico, dejando a Evelyn sola en la penumbra, sosteniendo en secreto la identidad de la niña que él seguía llorando en silencio.