La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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VELAS APAGADAS
El secreto de un buen sabotaje radica en la paciencia. No debes empujar a tu enemigo al abismo; debes pintar el borde del precipicio con flores y esperar a que dé el paso por su propia voluntad.
En la víspera del cumpleaños de Patricia, el búnker de la academia El Compás de Seda hervía con una luz azulada y fría. Ela, con la mirada fija en las pantallas de alta definición, observaba los preparativos en el salón de eventos privados del club de golf Lomas de Oro. Gracias a la confianza que se había ganado de Patricia en los últimos días —ayudándola a "coordinar" la lista de invitados y recomendando a los proveedores de catering de confianza de Victoria—, Ela tenía acceso total a la logística de la noche.
Esa tarde, el sistema de audio, la iluminación y la proyección de un video conmemorativo de la vida de Patricia estaban en manos de un técnico pagado en secreto por Victoria.
—Todo está en su lugar, mi niña —dijo Victoria, entrando al búnker con elegancia felina. Sostenía una carpeta con documentos impresos que desprendían un olor a tinta fresca—. Esto es lo que conseguí de los archivos médicos privados de la clínica estética familiar. Patricia se ha hecho tres reconstrucciones completas en los últimos cuatro años bajo nombres falsos para ocultar los golpes de sus crisis histéricas, y hay un reporte silenciado de una sobredosis que casi la mata hace dos veranos. Ella se vende como la mujer perfecta ante el comité del Saint Michel. Esta noche, esa mentira se acaba.
Ela apartó la vista del monitor y miró a Victoria.
—No usaremos las sobredosis todavía, madre. Eso es demasiado directo. Queremos que el mundo la vea como una desequilibrada por sí misma, no que sientan lástima por ella. El video familiar que preparó para Kang... ahí es donde atacaremos. Ella quiere demostrarle al mundo que su esposo la idolatra. Le daremos exactamente lo contrario.
A las nueve de la noche, el salón del club brillaba con candelabros de cristal y arreglos de orquídeas blancas. La crema y nata de la alta sociedad, incluyendo a las mujeres del comité del colegio que tanto detestaban a Patricia, llenaba el recinto.
Julián caminaba al lado de Ela con el pecho erguido, sintiéndose un rey entre la nobleza.
—Susana, esto es increíble. Mira quiénes están aquí —susurró, con los ojos brillando de codicia—. Si el suegro de Kang me ve conversar con el presidente del banco nacional, mi ascenso estará firmado antes del lunes.
—Entonces ve a ganarte tu lugar, mi amor —le sonrió Ela, acomodándole la solapa con fingido cariño—. Yo iré a felicitar a la cumpleañera.
Ela caminó entre los invitados luciendo un vestido de seda de un sutil tono gris perla que caía como agua sobre sus curvas. Al llegar al reservado VIP, encontró a Patricia histérica, discutiendo en voz baja con uno de los camareros porque las copas de champán no estaban a la temperatura correcta.
—¡Es inútil! ¡Nadie en este maldito lugar sabe hacer su trabajo! —siseó Patricia, con la respiración agitada y las mejillas encendidas por el alcohol que ya había consumido. Al ver a Ela, su rostro se relajó ligeramente—. ¡Oh, Susana! Menos mal que llegas. Siento que voy a volverme loca. Mi padre aún no llega, y Kang... Kang está allá afuera hablando de negocios con los inversores alemanes como si hoy fuera un día cualquiera.
—Tranquila, Patricia. Estás hermosa —mentira; el maquillaje de Patricia era demasiado cargado, intentando ocultar las ojeras de la ansiedad—. Esta es tu noche. No dejes que los pequeños detalles la arruinen. ¿Por qué no dejas que yo me encargue del personal por el resto de la velada? Así tú puedes disfrutar.
—¿Harías eso por mí? —Patricia la tomó de las manos, conmovida por la aparente nobleza de su nueva amiga—. De verdad eres la única persona real en este lugar. Gracias, Susana.
—Para eso están las amigas, Patricia —respondió Ela, con una dulzura que ocultaba el veneno más letal.
A las diez y media, llegó el momento cumbre. Patricia subió al pequeño escenario del salón, sosteniendo el micrófono. Su voz ya arrastraba un poco las palabras debido al exceso de champaña.
—Buenas noches a todos —anunció Patricia, forzando una sonrisa de superioridad hacia las mujeres del comité, que la miraban con sonrisas hipócritas—. Quiero agradecerles por acompañarme en este día tan especial. Pero, sobre todo, quiero dedicarle esta noche al hombre que hace que mi vida sea perfecta. Mi esposo, Kang.
Los focos apuntaron a Kang, quien estaba de pie al fondo del salón. El CEO mantuvo una expresión de cortesía profesional, aunque sus ojos denotaban una profunda incomodidad. Él odiaba la exposición pública, y odiaba aún más las escenas melodramáticas de su esposa.
—He preparado un pequeño video —continuó Patricia, emocionada—. Un repaso de nuestros mejores años juntos, para que vean que el amor verdadero aún existe en nuestro círculo. ¡Que corra el video, por favor!
Las luces del salón se apagaron por completo. Una enorme pantalla de proyección descendió detrás del escenario.
Ela se colocó discretamente en una esquina del salón, cerca de la mesa de control de iluminación. Desde la oscuridad, buscó la mirada de Kang. Él, que buscaba desesperadamente una distracción de la humillación pública que sentía venir, la encontró. Sus ojos se cruzaron en la penumbra. Hubo un chispazo silencioso de complicidad; Kang sabía que ella entendía su suplicio, y Ela le regaló una media sonrisa de consuelo absoluto.
La pantalla se encendió. Pero no aparecieron las fotos de la boda de ensueño en la Toscana, ni los viajes familiares.
En su lugar, el sistema de sonido del club retumbó con un audio nítido y desgarrador: una grabación de voz de una de las peores peleas domésticas de la pareja, captada días atrás por las microcámaras que Ela había instalado en la mansión.
—¡Eres un maldito infeliz, Kang! ¡Estás conmigo por el dinero de mi padre! ¡Sin nosotros no serías nada! —gritaba la voz de Patricia, descontrolada, chillona y violenta.
—Cállate, Patricia. Estás borracha. Déjame en paz —respondía la voz de Kang, cansada y gélida.
—¡No me voy a callar! ¡Te asco tocarme, lo sé! ¡Sé que preferirías estar con cualquiera antes que en esta cama!
El salón se sumió en un silencio sepulcral, tan denso que se podía escuchar el goteo de los hielos derritiéndose en las copas. Los rostros de los invitados pasaron de la sorpresa al morbo absoluto. Las mujeres del comité del Saint Michel se taparon la boca con las manos, pero sus ojos brillaban de una satisfacción perversa.
Patricia se quedó congelada en el escenario, con el micrófono temblando en su mano, el rostro pálido bajo la luz de la pantalla que ahora proyectaba capturas de pantalla de sus propios historiales médicos de desintoxicación, mezclados con imágenes de su cara lavada y desencajada durante sus crisis de ira.
—¡Apaguen eso! ¡Apáguenlo ahora mismo! —gritó Patricia, perdiendo por completo los estribos y lanzando el micrófono al suelo, lo que provocó un chirrido ensordecedor que hizo que los invitados se cubrieran los oídos—. ¡Es un montaje! ¡Alguien hackeó el sistema! ¡Susana, haz algo!
Pero "Susana" ya no estaba en la mesa de control.
Ela se había deslizado rápidamente hacia la salida del salón, donde la luz de la luna bañaba la terraza desierta que daba a los campos de golf. Unos segundos después, la puerta se abrió con fuerza.
Era Kang.
Su respiración era rápida, pero no de dolor, sino de una furia contenida que amenazaba con desbordarse. Al ver a Ela de pie junto a la barandilla, se acercó a ella con pasos largos. No miró atrás. No le importaba el caos que su esposa estaba provocando adentro, ni los gritos, ni la destrucción de su reputación corporativa.
—Esto es un infierno —dijo Kang, colocándose al lado de ella, apoyando las manos en la barandilla de piedra con una fuerza que hizo temblar sus nudillos—. Ella está completamente desequilibrada. No sé cómo he soportado esto durante tanto tiempo.
Ela lo miró, fingiendo una profunda compasión. Levantó una mano lenta, dudando por un instante, antes de posarla sobre el dorso de la mano de Kang. El contacto físico fue como una descarga eléctrica en medio de la noche fría.
—Lo lamento tanto, Kang —susurró, usando su nombre de pila por primera vez, sin el "señor". Su voz era un bálsamo de paz en medio del desastre—. Sé que no te mereces esto. Eres un hombre demasiado noble para estar atrapado en medio de tanta fealdad.
Kang giró la mano, entrelazando sus dedos con los de ella de manera firme, casi desesperada. La miró a los ojos, buscando en la serenidad de "Susana" la paz que su vida nunca le había dado.
—Tú eres lo único limpio que he visto en mucho tiempo, Susana —dijo él, su voz temblando ligeramente por la intensidad de la emoción—. No me dejes solo en esto.
Ela apretó su mano, sintiendo el latido acelerado de su pulso. El plan estaba funcionando a la perfección. Patricia estaba destruida socialmente, y Kang acababa de entregarle su alma.
—No estás solo, Kang —susurró ella, mientras en el interior del salón, los gritos de Patricia marcaban el inicio del fin de su dinastía.