Valeria Cárdenas parecía tener una vida estable: un matrimonio envidiable, un hogar tranquilo y un esposo que, alguna vez, la amó de verdad. Pero con el tiempo, las palabras dejaron de ser cariño y empezaron a doler, y el silencio se volvió una forma de castigo que nunca supo cómo enfrentar.
Día tras día, Valeria se fue apagando entre reproches, desprecios, monotonía y culpas que no eran suyas. Sin darse cuenta, dejó de ser ella misma para convertirse en alguien sin alma, solo para no molestar.
Cuando finalmente toma una decisión de la que no hay vuelta atrás convencida de que su ausencia hará todo más fácil para quienes la rodean, entiende demasiado tarde cuánto se había perdido en el camino. Porque a veces el amor no se acaba… solo cambia hasta volverse irreconocible.
Esta es una historia donde el dolor se guarda, donde nadie ve lo que pasa puertas adentro. Y donde comprender lo que ocurrió llega cuando ya no se puede reparar.
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Día de spa.
Volver a mirarse sin vergüenza
El centro comercial estaba lleno de gente. Todo parecía moverse demasiado rápido para Valeria, que caminaba al lado de Susana intentando asimilar lo que estaba pasando.
Nunca había estado en un lugar así para comprarse cosas para ella.
Siempre era lo necesario.
Siempre lo básico.
—A ver —dijo Susana, deteniéndose frente a una tienda—. Aquí empezamos.
Valeria la miró.
—¿De verdad es necesario todo esto?
—Sí —respondió sin dudar—. No vas a empezar una nueva vida con la misma versión de antes.Entraron.
La tienda tenía ropa elegante, colores suaves y otros más llamativos. Valeria dudó en la entrada.
—Esto no es para mí, esto está demasiado caro.
—Claro que esto es para tí —respondió Susana—. Solo que nunca te diste la oportunidad.
Tomó un vestido y lo acercó a su cuerpo.
—Este te quedaría bien.
—Es muy bonito —dijo Valeria, como si no se sintiera digna de usarlo.
—Exacto —respondió Susana—. Ya es hora de que te veas así.
Sin darle demasiado tiempo para negarse, empezó a elegir ropa: vestidos, blusas, pantalones, pijamas… incluso ropa más elegante de la que Valeria jamás pensó usar.
—Susana, ya por favor —dijo en un momento, un poco abrumada—. Es demasiado.
—No es demasiado —respondió—. Es lo justo después de todo lo que viviste.
Valeria bajó la mirada.
No supo qué decir.
Después de probarse varias prendas, terminó aceptando algunas sin discutir más. Aunque por dentro seguía sintiendo esa incomodidad de recibir tanto.
—Listo —dijo Susana al salir de la tienda—. Ahora viene lo mejor.
Valeria la miró con duda.
—¿Qué falta?
—El spa.
Valeria abrió los ojos.
—¿En serio?
—Claro —respondió—. Te toca relajarte.
El ambiente del spa era completamente distinto.
Valeria se sentó con cierta rigidez al inicio, sin saber muy bien qué hacer.
—Relájate —le dijo Susana—. Nadie te está juzgando aquí.
Valeria cerró los ojos.
El masaje empezó lentamente.
Al principio su cuerpo estaba tenso.
Pero poco a poco.
Se fue soltando.
Era como si cada toque liberara algo que llevaba guardado desde hacía mucho tiempo.
Sus hombros dejaron de estar duros.
Su respiración se volvió más relajada.
Y sin darse cuenta una lágrima rodó por su mejilla.
Todo lo que había aguantado que tonta fui por aguantar tanto.
Cuando terminó, Valeria se sentía distinta.
—¿Ves? —dijo Susana—. No todo en la vida es sufrir y llorar.
Valeria asintió.
—Gracias…
—Todavía falta —añadió Susana—. Vamos al salón.El salón de belleza estaba iluminado, lleno de espejos.
Valeria se sentó frente a uno.
Se miró.
Su cabello sin forma, su rostro cansado… todavía quedaban rastros de la mujer que había sido.
—Confía en mí —dijo Susana—. Solo eso.
Valeria asintió.
El proceso tomó tiempo.
Corte.Peinado.
Un maquillaje suave, pero suficiente para resaltar sus rasgos.
Mientras trabajaban en ella, Valeria evitó mirarse.
No sabía qué esperar.
Cuando finalmente terminaron, la estilista sonrió.
—Lista.
Valeria levantó la mirada.
Y se quedó en silencio.
La mujer que estaba frente a ella..
No era la misma.
Su rostro se veía más vivo.
Sus ojos ya no estaban apagados.
Su cabello enmarcaba su cara de una forma que la hacía ver diferente.
Más segura.
Más ella.
—No puede ser—susurró.
Susana se cruzó de brazos, satisfecha.
—¿Ves?
Valeria no apartaba la mirada del espejo.
—Soy yo—murmuró, como si no terminara de creerlo.
—Claro que eres tú —respondió Susana—. Solo que ahora sí te estás viendo.
Valeria llevó una mano a su rostro.
—No sabía que podía verme así.
Susana sonrió de lado.
—Quedaste una mamacita.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Susana.
—Es la verdad —insistió—. Tu ex se va a arrepentir toda su vida.
Esa frase hizo que Valeria bajara un poco la mirada.
—Ya no me importa si se arrepiente o no —dijo—. Lo importante es que yo ya no quiero volver.
Susana la observó con orgullo.
—Así se habla.
La noche llegó sin que se dieran cuenta.
El día había pasado rápido.
Demasiado rápido.
Susana llevó a Valeria hasta el departamento.
El mismo lugar que unas horas antes se sentía extrañoahora se sentía distinto.
Más cercano.
—Bueno —dijo Susana en la puerta—. Misión cumplida por hoy.
Valeria sonrió.
—Gracias por todo.
—No me agradezcas tanto —respondió—. Mejor acostúmbrate, porque esto recién empieza.
Valeria negó suavemente, pero su expresión era cálida.
—Igual gracias.
Susana la miró unos segundos más.
—Mañana paso por ti —dijo—. Vamos a matricularte en la universidad.
Valeria asintió.
—Está bien.
—Duerme bien —añadió Susana—. Te lo mereces.
Se giró para irse, pero luego se detuvo.
—Y Valeria…
Ella levantó la mirada.
—Sí.
Susana sonrió.
—Estás hermosa. No lo olvides.
Valeria no respondió de inmediato.
Solo asintió.
—Igualmente, descansa—dijo—. Y ve con cuidado.
Susana levantó la mano en despedida.
—Nos vemos mañana.
Y se fue.
Valeria cerró la puerta.
El silencio volvió a llenar el departamento.
Pero ya no era el mismo silencio de antes.
Dejó las bolsas sobre la mesa.
Caminó despacio hasta el espejo.
Se miró otra vez.
—Soy yo —susurró.
Pero no la versión que había aprendido a odiar.Era otra.
Una que apenas estaba conociendo.
Se sentó en la cama.
El cansancio la venció.
Pero antes de acostarse, pasó la mano por su cabello, como asegurándose de que todo era real.
—Mañana —murmuró.
Mañana sería un gran día .