Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 10
Capítulo 10
Giulia bajó la mirada.
Después de un momento, habló en voz baja.
—Gracias por traerme al hospital.
Julián dijo al mismo tiempo:
—La actividad de Alto Palermo se cancela. La campaña de Brillo Sur era tuya desde el principio. Cuando te recuperes, la tomás.
Giulia levantó los ojos, sorprendida.
Pero después de pensarlo apenas un poco, negó sin dudar.
Si Julián le hubiera dicho eso la primera vez que fue a buscarlo al holding Alcázar, ella no habría rechazado.
Porque el proyecto era suyo.
Pero ahora la competencia con Micaela ya era conocida en la empresa. Además, después tendría que entrar a trabajar en Brillo Sur.
No quería que nadie dijera que se había apoyado en Julián para tomar un atajo.
Por evitar problemas o por proteger su reputación, tenía que presentarse.
Julián la miró con frialdad.
Pero cuando sus ojos tocaron la venda en la rodilla de Giulia, volvió a suavizarse.
Sacó una tarjeta y se la ofreció.
—Es una extensión mía. Usala como quieras.
Giulia no la tomó.
En cambio, frunció el ceño y la cara se le cerró.
—¿Qué significa esto?
Julián la sostuvo con la mirada.
—Giulia, si insistís en ir a la votación aunque estés así, es por la campaña, ¿no? Si necesitás dinero, aceptala. No me voy a burlar de vos.
Giulia se quedó quieta.
Luego soltó una risa.
Cinco años atrás, cuando vivía en la casa Alcázar, el abuelo la trataba bien. Pero era mayor, era un anciano, y no podía estar pendiente de ella todo el tiempo.
El que debía hacerlo era Julián.
Pero si ni ella podía sentir cuánto le importaba, ¿qué podían pensar los demás en esa familia?
En aquel entonces, su único apoyo era él.
Y la actitud de Julián decidía también cómo la trataban otros.
La niñera Clara, que debía acompañarla a los controles del embarazo, era el mejor ejemplo. Como veía que Julián no le prestaba atención, siempre encontraba excusas para dejarla sola en el hospital, embarazada, haciendo filas y revisiones sin nadie.
Giulia amaba a Julián con tanto cuidado que ni siquiera se animaba a molestarlo con esas cosas.
Recién después del divorcio entendió algo.
Nadie podía ser su apoyo para siempre.
Y ahora, menos que nadie, un hombre que ya pertenecía a otra mujer.
Esa tarjeta no era amor.
Era lástima.
Y la lástima podía desaparecer el día que Malena se enterara, o el día que Julián volviera a enojarse.
Giulia apartó la mirada.
—No.
Julián frunció el ceño.
—¿Estás herida así y seguís peleándome?
Giulia levantó la cabeza y miró la línea firme de su mandíbula.
—No estoy peleando. No quiero tu dinero porque puedo ganar el mío trabajando. Y no quiero que este trabajo tenga ningún problema.
Era su único sostén.
El de ella y el de Dulce.
Pero Julián no vio diferencia.
Estaba herida y aun así quería sufrir sola. No era por el dinero, sino porque el dinero venía de él.
¿Le preocupaba que ese hombre se enojara si aceptaba?
La rabia volvió a subirle.
Su voz fue fría, autoritaria.
—Pronto vas a trabajar para el holding Alcázar. No quiero una renga en mi empresa.
La cara de Giulia se heló.
Lo miró directo.
—Julián, ahora querés mantenerme. ¿No te da miedo que Malena se enoje?
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—¿Ah, no? —Giulia sonrió con ironía—. Benja ya está grande. Aunque no estén casados, ¿me vas a decir que el hijo también es falso?
El rostro de Julián también se hundió.
Aquella vez, cuando dijo sin pensar que Benja era hijo suyo y de Malena, lo había hecho porque ella lo sacó de quicio.
Giulia fue quien lo abandonó a él y a Benja.
Fue ella quien los olvidó por completo.
Si le quedara algo de corazón, jamás confundiría a Benja con el hijo de otra mujer.
Los ojos de Julián se enfriaron más.
Pero al ver el cansancio en la cara de Giulia, toda la furia se le desarmó de golpe.
Levantó la mano para ayudarla a sacarse la parte de arriba del uniforme del hospital.
Giulia se echó hacia atrás por reflejo.
—¿Qué hacés?
La mano larga y elegante de Julián quedó suspendida en el aire.
Pasaron cinco o seis segundos antes de que la retirara como si nada.
—¿No querés ir a Alto Palermo? ¿Vas a ir con esa pinta?
Giulia escuchó la burla en su voz y bajó la mirada.
El traje blanco que llevaba a la mañana estaba lleno de sangre y polvo. La pierna izquierda del pantalón había sido cortada. Era imposible usarlo.
—Ya llamé a Soledad. Va a traerme ropa. Debe estar por llegar.
Desde el principio habían quedado en que Soledad iría a ver la actividad.
Giulia estaba firme.
Su forma de rechazarlo era demasiado clara.
Quería marcar distancia.
A Julián se le movió algo oscuro en la mirada, una tormenta a punto de armarse.
Pero al segundo todo se dispersó.
Se sentó frente a ella y bajó la mirada hacia su pecho.
Curvó los labios.
—Giulia, ¿todavía tenés esa mariposita roja del lado izquierdo del pecho?
A Giulia le subió el calor a la cara.
Por reflejo, se cubrió el pecho con una mano.
La “mariposita roja” era una marca de nacimiento. Muy pequeña. Tenía una forma parecida a una mariposa.
Cada vez que eran íntimos, Julián solía apoyar allí sus labios fríos y besarla despacio.
El calor le subió por las mejillas y le llegó hasta las orejas.
—¿Por qué te ponés colorada?
Giulia volvió a sí y lo fulminó con la mirada.
—Callate.
Como no lo dejaba cambiarle la ropa y eso le había tocado el orgullo, él usaba esa forma para recordarle que entre ellos no existían secretos del cuerpo.
Julián no se enojó.
En cambio, sonrió.
Se reclinó contra el respaldo de la silla, cruzó las piernas con una calma insultante y mantuvo sus ojos oscuros puestos en ella.
El aire del consultorio se cargó.
—¡Papi!
La voz feliz de Benja rompió de golpe la tensión.
El nene entró sin notar nada. Llevaba dos manzanas acarameladas, rojas y brillantes, para alegrar a Giulia.
Detrás de él entraron Sebastián, primo de Julián, y Soledad, amiga de Giulia.
Los dos tenían la misma cara de shock.
Sebastián reaccionó primero y señaló a Giulia.
—Vos...
No llegó a terminar.
Julián se levantó.
Sebastián recibió la advertencia en sus ojos. Movió los labios, tragó su curiosidad y bajó la mano.
Así que era Giulia.
Con razón, medio mes atrás, cuando curó la herida en la comisura de Julián y preguntó qué gatita salvaje lo había mordido, el hombre casi explotó de furia.
¿Estos dos se habían reconciliado con fuego?
¿O cómo habían terminado mordiéndose así?
—Giulia, para vos.
Benja puso una de las manzanas acarameladas en la mano de Giulia.
Ella la tomó y, sin querer, miró a Julián.
Parece que ni Benja sabía que a ese hombre también le gustaban los dulces.
Quizás porque al gran CEO del holding Alcázar le parecía poco elegante admitirlo, Julián nunca lo mostraba en público.
Ella lo había descubierto por casualidad hacía mucho.
Julián pareció notar su mirada. Sus ojos volvieron hacia ella. La burla que había dentro todavía no se había ido del todo.
Giulia fingió no darse cuenta y miró hacia otro lado.
Julián salió del consultorio con Sebastián y, de paso, se llevó a Benja, que quería quedarse.
Soledad cerró la puerta y por fin pudo preguntar:
—¿Qué pasa entre vos y Julián Alcázar? Y ese nene... ¿es el hijo de él y Malena? Te mira como si fueras lo más lindo del mundo.
Giulia sonrió apenas.
La sonrisa fue leve, casi sin fuerza.
—Es largo de contar. Primero ayudame a cambiarme, por favor. No quiero perder la actividad de Alto Palermo.
Soledad aceptó enseguida.
Cerró bien la puerta y sacó del bolso un vestido nuevo.
Era verde claro, con volados delicados. Lindo. Además, podía cubrirle la venda de la rodilla.
Soledad ayudó a Giulia a levantarse de la silla de ruedas y a ponerse el vestido.
—¿Vos y Julián van a volver?
Giulia se detuvo un segundo al acomodar la falda.
Después respondió con firmeza:
—No. Vos sabés que la mujer que él ama siempre fue Malena.
Entre ellos no solo estaba Malena.
También estaba el hijo de Julián y Malena.
No había forma de volver atrás.
Soledad empujó la silla de ruedas de Giulia fuera del hospital.
A su lado iba Benja, dando saltitos alrededor de ella.
Julián había preparado un auto.
—Tengo algo que resolver. El chofer las lleva. Cuando termine la actividad, volvés directo al hospital.
—Yo me quedo con Giulia —dijo Benja enseguida.
Julián miró al nene y luego a Giulia.
No se opuso.
El tiempo apremiaba. Giulia no se hizo la difícil.
Le sonrió apenas.
—Gracias, señor Alcázar. Después le devuelvo el dinero de la internación.
Julián se quedó quieto un instante.
Enseguida recuperó esa frialdad imposible.
—Como quieras.
Subió a otro auto sin mirar atrás.