Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 8. CORTAR LAS ALAS DE LA REBELDIA
El silencio en el despacho de Daniel, en la planta noble de Vanguard Atelier, solo se veía interrumpido por el sutil crujido de los planos que el joven revisaba sobre su escritorio. El sol de la tarde entra por el ventanal, pero la mente del hermano mayor estaba concentrada en las cifras del nuevo motor que Brandon había diseñado. El sonido de dos golpes suaves en la puerta de madera lo hizo levantar la vista.
Sasha entró despacio, con las manos entrelazadas al frente. Llevaba un vestido de punto holgado de color gris que disimulaba apenas la sutil redondez de sus cuatro meses de embarazo. Sus ojos almendrados, que tantas veces habían destellado una rebeldía caprichosa, ahora reflejaban una seriedad profunda, casi solemne, que desarmó a su hermano en un segundo.
—¿Sasha? Entra, mi amor. Pensé que estarías en casa descansando con mamá —dijo Daniel, dejando el bolígrafo a un lado y ofreciéndole una sonrisa cálida llena de afecto fraternal.
Sasha se acercó al escritorio, tragándose el nudo de timidez que le oprimía la garganta. Se sentó en una de las sillas de piel, acariciándose el vientre con un gesto que ya se había vuelto puramente instintivo.
—No quiero seguir encerrada en mi habitación sintiéndome un mueble inútil, Dani —comenzó Sasha, con la voz un poco temblorosa pero ganando firmeza a cada palabra—. Escuché los dos corazones en la ecografía de la semana pasada y... algo se rompió dentro de mí. O mejor dicho, algo se acomodó. Ya no soy la chica de veintiún años que solo piensa en la próxima fiesta. Voy a tener dos bebés que van a depender de mí, y no voy a permitir que crezcan pensando que su madre es la oveja negra que no supo qué hacer con su vida.
Daniel la escuchó en absoluto silencio, conmovido por la madurez que brotaba de las palabras de su hermana pequeña.
—Ayer fui a la secretaría de la escuela nocturna —continuó Sasha, mirándolo fijamente a los ojos—. Me matriculé en el programa intensivo de diseño industrial y finanzas corporativas. Las clases empiezan el lunes. Sé que va a ser duro con la tripa y con el cansancio, pero voy a terminar esa carrera, te lo juro por la vida de mis hijos.
—Sasha... no tienes idea del orgullo que me da escucharte decir eso —susurró Daniel, sintiendo que los ojos se le humedecían. Se inclinó sobre la mesa, tomando sus manos frías—. Mamá y papá se van a volver locos de felicidad. Sabes que no te va a faltar nada, la familia está contigo.
—Lo sé, y agradezco el blindaje de papá y mamá, pero no quiero que me regalen la vida, Dani —lo interrumpió Sasha con una determinación que recordaba a la de su madre—. Por eso he venido a hablar contigo. Quiero pedirte trabajo en Vanguard Atelier. Sé que no tengo experiencia, así que no te pido un puesto ejecutivo ni un despacho. Ponme a archivar facturas en el sótano, a limpiar las herramientas del taller de Brandon o a llevar la agenda de los proveedores. Quiero aprender el negocio desde abajo, quiero ganarme cada céntimo para mis bebés y quiero ser tu asistente en el futuro cuando esté preparada. Por favor, hermano, dame una oportunidad.
Daniel se reincorporó en su silla, observando las facciones marcadas de Sasha. Vio en su mirada la misma chispa implacable de la familia, combinada con la lealtad protectora que su padre les había heredado. El cambio era real; el amor maternal había cortado las alas de la rebeldía para transformarla en una leona lista para la batalla de la vida.
—El puesto de asistente de gestión operativa de mi planta está vacante, Sasha —anunció Daniel con una sonrisa radiante, poniéndose en pie para rodear el escritorio y abrazar a su hermana por los hombros—. Empezarás el lunes por la mañana, a media jornada para que no interfiera con tus clases nocturnas ni con tus revisiones médicas. Te voy a exigir como a cualquier otra empleada, no habrá favoritismos por el apellido. ¿Tenemos un trato?
—Tenemos un trato, jefe —respondió Sasha, rompiendo a llorar pero esta vez de pura gratitud y alivio, escondiendo el rostro en el pecho de su hermano mayor mientras lo abrazaba con fuerza.
Las semanas que siguieron fueron un despliegue de puro sacrificio y fuerza de voluntad. El hogar de sus padres se convirtió en un cuartel de estudio. Mientras su padre vigilaba en silencio que su hija cenara de forma saludable y su madre la ayudaba a repasar los densos manuales de economía, Sasha pasaba las mañanas organizando los archivos de la fábrica de coches y las noches sentada en el pupitre de la escuela nocturna, sosteniéndose la espalda dolorida por el peso del embarazo que avanzaba sin tregua. La antigua chica de las fiestas sustituyó por completo las copas de champán por carpetas de apuntes y tazas de té, cocinando su madurez a fuego lento bajo la mirada de admiración incalculable de toda su familia, preparándose para el momento en que esos dos pequeños corazones llegaran al mundo para exigirle ser su mayor defensora.