Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 22
Adalia avanzó por los pasillos con paso medido, manteniendo la espalda recta y la expresión serena que cualquier dama de su posición debía mostrar… aunque por dentro, su mente no dejaba de trabajar.
Sus ojos se movían con sutileza, recorriendo cada rincón.
A simple vista, la mansión Avenel era impecable.
Lujo, orden, armonía.
Pero ella ya había aprendido algo importante.
Las cosas más peligrosas… rara vez se mostraban a plena vista.
—Aquí hay algo… —pensó, entrecerrando apenas los ojos.
No era intuición.
Era certeza.
Y entonces lo vio.
A lo lejos, cruzando uno de los pasillos laterales.
El hombre.
El mismo que había llamado su atención al llegar.
No encajaba.
No tenía el porte relajado de un noble ni la sumisión de un sirviente.
Se movía con propósito.
Y no estaba solo.
El mayordomo lo guiaba.
Interesante.
Adalia no se detuvo.
Pero tampoco avanzó directamente.
Se deslizó con naturalidad hacia uno de los pilares, ocultando su figura con elegancia, como si simplemente se hubiera apartado para observar una pintura cercana.
Desde ahí, los siguió con la mirada.
—¿A dónde te llevan…?
Esperó unos segundos.
Midió el entorno.
Y entonces comenzó a moverse.
Sin prisa.
Sin llamar la atención.
Como si simplemente estuviera paseando.
Pero cada paso estaba calculado.
Los siguió a distancia, cuidando de no acercarse demasiado. La mansión era amplia, pero no lo suficiente como para permitir errores.
Finalmente, el hombre entró en una habitación al final del corredor.
El mayordomo salió poco después.
Solo.
Adalia se detuvo a varios metros de distancia.
Guardias.
Dos, apostados cerca.
No podía acercarse.
No aún.
Se mantuvo allí, fingiendo observar un jarrón decorativo mientras su mente trabajaba.
Esperó.
Los minutos pasaron con una lentitud desesperante.
Y entonces…
La puerta se abrió.
El hombre salió.
Pero no solo.
Otro lo acompañaba.
El Barón Avenel.
La confirmación fue inmediata.
La postura, la autoridad, la forma en que caminaba…
No había duda.
Adalia bajó ligeramente la mirada, ocultando el brillo de comprensión que cruzó sus ojos.
—Así que estás involucrado…
No los siguió.
No era necesario.
Ya había visto suficiente.
Esperó a que ambos se alejaran lo suficiente.
Contó mentalmente.
Uno.
Dos.
Tres.
Y entonces—
Se movió.
Rápida.
Precisa.
Silenciosa.
Abrió la puerta y se deslizó dentro, cerrándola con cuidado tras de sí.
El interior estaba en penumbra.
Pero no vacío.
Una mesa ocupaba el centro de la habitación.
Cubierta.
Papeles.
Mapas.
Cartas.
Adalia se acercó sin perder un segundo.
Sus dedos se movieron con rapidez, pero sin torpeza.
Planos.
Rutas.
Marcas.
Zonas señaladas con tinta más oscura.
—Esto no es comercio…
No.
Esto era movimiento estratégico.
Sus ojos recorrieron cada línea, cada símbolo.
Memorizando.
Absorbiendo.
No podía llevarse nada.
Lo sabía.
Pero no lo necesitaba.
Su mente era más que suficiente.
A un lado, varias cajas estaban apiladas.
Frunció ligeramente el ceño.
Se acercó.
Abrió una.
Heno.
Frunció más el ceño.
Metió la mano.
Y entonces—
Algo duro.
Frío.
Metálico.
Removió un poco más.
Y lo vio.
Acero.
Armas.
Su pulso se aceleró.
Abrió otra caja.
Lo mismo.
Otra más.
Igual.
—Confirmado…
Esto no era sospecha.
Volvió a la mesa.
Memorizó lo último que pudo.
Rutas.
Puntos marcados.
Un símbolo cerca de una zona montañosa.
Un campamento.
—¿Un punto de reunión…?
Y entonces—
Pasos.
Voces.
Cerca.
Muy cerca.
El cuerpo de Adalia reaccionó antes que su mente.
Se movió.
Rápida.
Se deslizó detrás de las cajas, agachándose, haciendo su figura lo más pequeña posible.
Contuvo la respiración.
La puerta se abrió.
—Necesito que esas armas lleguen lo antes posible. El emperador es astuto… y pronto podría darse cuenta.
La voz era grave.
Autoritaria.
Adalia entrecerró los ojos.
—Así que eres tú…
—Imposible —respondió otra voz—. Hemos sido extremadamente cuidadosos. Nadie puede notar algo así.
—No subestimes al emperador —replicó el primero, con frialdad—. Por algo ocupa ese trono.
Silencio breve.
Luego—
—Y si se da cuenta… ya será demasiado tarde. Cuando nuestras fuerzas estén listas, el palacio caerá.
El Barón.
Sin duda.
Las palabras eran claras.
Demasiado claras.
Invasión.
Golpe directo.
Adalia sintió cómo el pulso le golpeaba en los oídos.
Pero no se movió.
Ni un milímetro.
—Más te vale que ese envío llegue en condiciones —añadió la voz grave.
Papeles moviéndose.
Pasos.
—Me llevaré estos documentos.
No.
Los mapas.
Adalia apretó apenas los dedos.
Pero no podía hacer nada.
Escuchó cómo comenzaban a moverse hacia la salida.
Y entonces—
Un leve crujido.
Su error.
Mínimo.
Pero suficiente.
El silencio cayó de golpe.
—¿Qué fue eso?
Los pasos cambiaron de dirección.
Hacia ella.
El corazón le dio un golpe violento contra el pecho.
—Maldición…
No podía huir.
No podía moverse.
—Deben ser ratas —intervino el Barón con ligereza—. Últimamente han sido un problema.
Un segundo de silencio.
Dos.
—¿Ratas…?
—Sí. Ya estamos encargándonos de ello.
Otro segundo.
Eterno.
Y entonces—
—Las detesto.
Los pasos se alejaron.
La puerta se cerró.
Silencio.
Adalia no se movió de inmediato.
Esperó.
Contó.
Respiró lentamente.
Y solo entonces… salió de su escondite.
—Gracias… —pensó con ironía—. Nunca creí estar agradecida con unas ratas.
Se acercó a la mesa.
Vacía.
Los mapas habían desaparecido.
Pero no importaba.
Los tenía.
Aquí.
En su mente.
Salió de la habitación con el mismo cuidado con el que había entrado.
Cerró.
Y comenzó a avanzar por el pasillo.
Más rápido esta vez.
Debía volver.
Debía salir de allí.
Antes de—
Giró en una esquina.
Y chocó contra alguien.
El impacto fue leve, pero suficiente.
Adalia alzó la mirada.
Y el mundo se detuvo un segundo.
El Barón Avenel.
Sus ojos la recorrieron de arriba abajo.
Analizando.
—Lady Mordrith…
Adalia sonrió.
Suave.
Perfecta.
—Barón Avenel.
Su voz no tembló.
Ni un poco.
—¿Qué hace por aquí? —preguntó él—. La celebración no es en esta ala.
Adalia inclinó ligeramente la cabeza, dejando que una leve expresión de preocupación cruzara su rostro.
—Me temo que me he perdido —dijo con una risa suave—. Estaba buscando el tocador y terminé dando vueltas sin sentido.
Sus ojos mostraron justo la dosis correcta de incomodidad.
Ni más.
Ni menos.
El Barón la observó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Evaluando.
—Ya veo…
Adalia sostuvo la mirada con aparente inocencia.
—Permítame acompañarla.
—Sería de gran ayuda —respondió con una sonrisa agradecida.
Comenzaron a caminar.
El silencio entre ambos no era cómodo.
Era tenso.
—Pronto será su matrimonio con el príncipe Godric —comentó él de repente.
Adalia no dudó.
—Así es —respondió, bajando ligeramente la mirada—. Estoy muy feliz de poder casarme con mi amado.
La mentira salió perfecta.
Natural.
Ensayada.
El Barón emitió un leve sonido.
Un “mm” cargado de significado.
Pero no dijo más.
Cuando finalmente regresaron al área de la fiesta, el ambiente volvió a envolverlos con su falsa ligereza.
Risas.
Conversaciones vacías.
Té.
—Siga recto —indicó el Barón—. Llegará sin problema.
—Gracias por su amabilidad.
Él asintió y se marchó.
Adalia no se movió de inmediato.
Esperó.
Hasta que su figura desapareció por completo.
Y entonces—
Exhaló.
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