Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 18
Cap 18: La Sangría de la Vieja Loba
—Está peor de lo que pensábamos. —Sofía cerró la puerta del cuarto con cuidado, la voz baja aunque no hubiera nadie cerca para escucharlas—. El tesoro privado de Doña Milagros pasó de la mitad a menos de un tercio esta semana. Felipe volvió a pedir, Val. Esta vez fue una cifra que ni siquiera intentó disimular.
—¿Qué excusa usó ahora? —Val no levantó la vista del cuaderno oscuro, la pluma trazando cifras con la misma precisión mecánica de siempre.
—Dijo que necesita más plata para sobornar a los altos mandos de la Guardia Real. Que si no paga, van a investigar lo que ha estado pasando, y que eso pondría en riesgo la posición de Sebastián dentro de la manada. —Sofía se sentó frente a ella, la mandíbula apretada—. Doña Milagros le creyó. O quiso creerle, que es distinto.
Val anotó la cifra en la columna correspondiente, junto a la fecha y el destino aproximado del dinero, tal como había hecho con cada peso desviado desde hacía meses.
—El miedo a que investiguen a Sebastián pesa más que cualquier sospecha razonable sobre Felipe. —Cerró el cuaderno con un chasquido suave—. Es exactamente lo que necesitaba que pasara.
—Val. —Sofía bajó la voz aún más—. Ya no está sacando solo de su tesoro privado. Empezó a tocar las reservas públicas de la manada. Las que se usan para las familias, para los guerreros, para el invierno.
Ese dato hizo que Val alzara la vista por primera vez.
—¿Estás segura?
—Los sirvientes del almacén lo confirmaron. Dos entregas esta semana, marcadas como "gastos de la casa" pero con el sello de las reservas comunales.
Una sonrisa fría, casi imperceptible, cruzó el rostro de Val.
—Entonces ya no es solo un fraude contra mí o contra su propia familia. Es un fraude contra toda la manada Ríos. —Abrió de nuevo el cuaderno y añadió una línea nueva, subrayada dos veces—. Esto, Sofía, es lo que convierte una venganza privada en un juicio público.
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Val siguió registrando cada movimiento con el mismo cuidado: fecha, cantidad, origen, destino aparente. Sabía que algún día ese cuaderno tendría que salir a la luz frente al Consejo de Ancianos o frente a la manada entera. Cuando ese día llegara, no habría espacio para la duda. Cada cifra sería una prueba contra Doña Milagros.
Mientras tanto, el otro hilo de su plan avanzaba en silencio. A través de Doña Refugio, Tomás había comenzado a aparecer en los márgenes de los círculos sociales de Hacienda Ríos: una cena aquí, una feria de flores allá, siempre cerca pero nunca directamente frente a Doña Milagros. Val lo sabía por los reportes discretos que Sofía recolectaba entre los sirvientes, que hablaban de "un hombre nuevo, muy atento, muy guapo" que había empezado a rondar las reuniones de té.
Doña Milagros, ocupada hasta el cuello en sostener las mentiras de Felipe y en vigilar cada movimiento de Mónica junto a Sebastián, ni siquiera había reparado en el nombre.
Todavía.
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Fue en esos días, en medio de una noche de práctica silenciosa frente al espejo, cuando Val descubrió algo que la dejó inmóvil durante un largo minuto.
Estaba concentrada en mantener la semitransformación, con el vello plateado asomando por sus brazos, cuando sintió algo distinto. Era una inquietud que no era suya. Después de un instante, reconoció a Sofía, dormida dos habitaciones más allá y atrapada en una pesadilla.
Val se llevó una mano al pecho, el corazón acelerado.
Cerró los ojos, buscando de nuevo esa sensación, y la encontró: no solo la de Sofía, sino también emociones de otros miembros de la manada Ríos. Eran débiles, pero estaban ahí.
"Esto no es normal." Su loba, en vez de sobresaltarse, ronroneó satisfecha. "Esto es poder de Luna Suprema."
Val bajó la mano despacio, la mente trabajando a toda velocidad. Una Luna Suprema podía sentir las emociones de toda una manada, un don reservado para las más antiguas y poderosas Lunas de la historia. Ella apenas llevaba meses despertando de tres años de supresión.
No dijo nada a nadie. Ni siquiera a Sofía. Guardó el descubrimiento junto con el resto de sus secretos, en el mismo lugar donde guardaba las cifras robadas y los nombres de sus enemigos.
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Val estaba terminando de anotar la última entrada del día —una nueva transferencia de Doña Milagros hacia un destino todavía sin identificar por completo— cuando Sofía entró corriendo, sin aliento, la puerta golpeando contra la pared.
—Val... Sebastián está aquí. Dice que quiere hablar contigo. Está esperando afuera.
Val no levantó la vista del cuaderno. Su expresión no cambió ni un ápice.
—Que espere.
—¿Val?
—Ya lo oíste, Sofía.
Pasaron cinco minutos. Diez. Val siguió escribiendo, cada trazo de la pluma tan controlado como el anterior, mientras afuera se oían, cada vez más cerca, los pasos inquietos de alguien que no estaba acostumbrado a que lo hicieran esperar.
Veinte minutos después, la voz de Sebastián llegó, amortiguada por la puerta cerrada, cargada de una impaciencia que rozaba la súplica.
—Valentina... por favor.
Val pasó una página del cuaderno, la tinta secándose despacio bajo la luz de la vela.
—Sofía. —Su voz fue tranquila—. Pregúntale qué quiere.
No se levantó. No se movió de su silla. Ni siquiera alzó la mirada hacia la puerta.
se jodió esto
por fin ya era hora