En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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21°
...Alexei Morózov...
^^^Reggio Calabria, Italia^^^
El humo denso de la pólvora y el yeso pulverizado transformaron los techos altos de la catedral en una sucursal del mismísimo infierno. Los gritos de pánico de los invitados se mezclaban con las ráfagas intermitentes de disparos que resonaban en los jardines exteriores.
—¡Nikolai, saca a Sofía y a la bebé de aquí ahora mismo! ¡Es una orden! —le rugí a mi segundo al mando, cubriéndoles la retirada detrás de uno de los enormes pilares de piedra mientras empuñaba mi arma.
Nikolai no lo dudó dos veces. Con la mandíbula rígida, rodeó los hombros de Sofía con un brazo y la empujó a rastras hacia la salida de emergencia del ala oeste. Sofía iba pálida, llorando de terror mientras apretaba contra su pecho a Bella Sofía, quien milagrosamente se había despertado pero apenas emitía un quejido sordo ante el estruendo.
Me giré listo para avanzar hacia el pasillo central, pero una mano firme me tomó del brazo, obligándome a frenar en seco. Era Elena. Se había quedado atrás conmigo, con los ojos inyectados en adrenalina y una expresión de pánico absoluto reflejada en el rostro.
Al fondo del templo, a los pies del altar cubierto de escombros, la escena era devastadora. Isabella seguía de rodillas, completamente ida, llorando de una forma tan desgarradora que el sonido me arañaba las entrañas. Estaba aferrada al cuerpo de Leonardo Bianchi, quien yacía sobre el mármol en medio de un charco de sangre que crecía por segundos. A su alrededor, la comitiva de seguridad intentaba reaccionar. Vi a Mía moverse con una frialdad militar impresionante; con el arma en la mano, coordinaba a un grupo de guardias de la 'Ndrangheta y de la Camorra para armar un escudo humano, escoltando a toda prisa a los padres de Leonardo y al padre de Isabella hacia las salidas subterráneas.
Isabella no se movía. No se apartaba. Estaba atrapada en su propio shock, hundiéndose en la sangre del italiano.
—¡Alexei, no lo hagas! ¡Déjala! —me gritó Elena, tirando de mi saco con desesperación al ver mis intenciones—. ¡Los guardias de los Bianchi ya la van a sacar! ¡Si vas allá te van a matar, Alexei! ¡Vámonos!
Me importó un carajo. Me importó un soberano carajo la seguridad de la Bratva, la tregua internacional, la presencia de los capos italianos y las súplicas de Elena. Solté mi brazo de su agarre con un movimiento brusco y eché a correr de regreso, directo hacia el altar, esquivando los cristales rotos y el humo que nublaba el ambiente.
Llegué hasta ella en tres zancadas largas. Me arrojé de rodillas en el mármol, ignorando los gritos de advertencia de los hombres de Bianchi que aún quedaban en la zona. Guardé mi arma en la cartuchera y tomé el rostro de Isabella entre mis manos, obligándola de manera brusca a mirarme. Sus mejillas estaban empapadas en lágrimas mezcladas con ceniza, y sus ojos verdes, completamente dilatados por el terror, tardaron unos segundos en enfocarse en mí.
—¡Isabella, mírame! ¡Tienes que salir de aquí ya! —le grité, intentando que mi voz cortara su estado de catatonia—. Ya se van a llevar a Leonardo a la villa, el médico de la familia ya está abajo en los vehículos. No puedes quedarte aquí, ¡muévete!
Isabella soltó un sollozo ahogado, temblando descontroladamente bajo mi tacto. Sus manos, completamente cubiertas de un rojo pastoso y brillante, subieron hacia mi pecho, intentando empujarme o aferrarse a mí, no lo supe con certeza. Al ver la cantidad de sangre que manchaba sus dedos, sentí un frío espantoso recorrer el estómago. Yo creía, firmemente, que toda esa sangre pertenecía a Leonardo. Pensaba que se había manchado al intentar contener la herida del Don de Calabria en un acto de desesperación por salvar a su esposo.
Pero entonces, mis ojos bajaron por la silueta de su cuerpo y mi cerebro se congeló.
Isabella apartó las manos de mi pecho y las llevó de regreso, en un movimiento automático y protector, hacia la parte baja de su vientre. El vestido de novia, antes impecable, estaba roto en esa zona específica, desgarrado de una forma tosca que no supe en qué maldito momento había ocurrido durante el estallido. Pero lo que verdaderamente me paralizó el corazón fue ver que la tela de satén blanco no estaba salpicada desde afuera... Estaba empapándose desde adentro. Un hilo constante y espeso de sangre brotaba directamente de ella, tiñendo el encaje y escurriendo entre sus dedos temblorosos.
La mandíbula se me desencajó. El aire se volvió de plomo en mis pulmones. Mis ojos viajaron de su vientre ensangrentado hacia su rostro, buscando una explicación lógica que mi mente se negaba a formular. No entendía. No comprendía qué demonios estaba pasando hasta que ella abrió la boca.
Lo que salió de los labios de Isabella terminó de destruir el último pedazo de cordura que me quedaba en el pecho, dejándome completamente suspendido en el vacío, sin saber qué hacer o cómo reaccionar.
—Mi bebé... —susurró Isabella con una voz rota, una súplica ahogada que se clavó como una daga al rojo vivo en mi orgullo y en mi alma—. Sálvalo... Por favor, Alexei... Salva a mi bebé.
El mundo exterior se apagó por completo. El ruido de los disparos, los gritos de Mía y el caos de la catedral desaparecieron, reemplazados por un zumbido ensordecedor en mis oídos.
Un bebé.
Isabella estaba embarazada. La Rosa que yo había perseguido con locura, la mujer que se había entregado a Leonardo Bianchi, llevaba en su vientre la descendencia del hombre que yo más odiaba en este mundo. Y ahora, rota, desangrándose en el suelo sagrado de una iglesia destruida, me estaba suplicando a mí, al monstruo de su pasado, que salvara la vida del hijo de su rival.
Sentí una mezcla violenta de furia sádica, celos enfermizos y un dolor tan profundo que me quemó la garganta. Quise gritar, quise soltarla y dejar que el mundo se fuera al demonio. Pero al mirar la fragilidad de su rostro, al ver cómo sus ojos verdes se cerraban lentamente por la pérdida de sangre mientras se aferraba a mis manos con la última pizca de fuerza que le quedaba, algo dentro de mi estructura fría y despiadada se rompió para siempre.
Odiaba a Leonardo Bianchi con cada fibra de mi ser, y odiaba la idea de ese maldito embarazo. Pero la odiaba más a ella si permitía que se muriera en mis brazos.
—¡Alexei, muévete! ¡Vienen hacia aquí! —el grito lejano de Elena me devolvió el control de mi cuerpo.
Pasé un brazo por debajo de las rodillas de Isabella y el otro por su espalda, levantándola del suelo de un solo tirón. El peso de su cuerpo, junto con las pesadas y ensangrentadas capas de su vestido nupcial, no supuso ningún esfuerzo para mí. La apreté contra mi pecho con una fuerza posesiva y brutal, sintiendo cómo su cabeza caía indefensa contra mi hombro, manchando de rojo el cuello de mi camisa de gala.
Miré por última vez el cuerpo inerte de Leonardo en el piso, rodeado ya por los paramédicos de la 'Ndrangheta que entraban armados hasta los dientes, y luego clavé la vista al frente, con los ojos inyectados en una furia sanguinaria.
—Elena, abre paso —le ordené con una voz ronca, una vibración de ultratumba que hizo que mi amiga sacara su arma sin dudar—. Nos vamos de aquí. Y si alguien intenta interponerse entre ella y el médico, juro por Dios que voy a reducir toda Calabria a cenizas.
Caminé a paso firme entre el humo y el caos, cargando a la esposa de mi enemigo y al secreto que estaba a punto de cambiar las reglas de nuestra guerra para siempre.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro