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Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

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Episodio 10

La mañana en la aldea llegó acompañada de una neblina tenue y el aroma de la tierra mojada. El sol aún no había subido del todo cuando Álvar ya estaba listo, con una camiseta de manga larga y un sombrero de campo.

En el corredor, Don Higinio lo detuvo un momento.

—Álvar, cuando termines, lleva la cosecha de chile y cebolla directo a la casa de Don Baruch —le dijo, apoyándose en su bastón—. Ya te está esperando.

Álvar se quedó callado un instante y luego asintió.

—Sí, papá.

Baruch… ese nombre no le era ajeno. El exsuegro de Ester.

Álvar no hizo ningún comentario. Simplemente se despidió de sus padres con un apretón de manos y se fue caminando por el sendero del campo.

Poco después de que el ruido de la moto de Álvar se perdiera en la distancia, Clara salió de la habitación. Su paso era lento y un poco vacilante. Tenía el rostro pálido todavía, el cabello suelto y sin arreglar.

Doña Susana, que estaba preparando los ingredientes para cocinar, volteó de inmediato.

—Clara, no te muevas tanto todavía, hija.

—Me aburro en el cuarto, señora —respondió Clara con franqueza—. ¿En qué puedo ayudar?

Doña Susana sonrió apenas y negó con la cabeza.

—Siéntate nomás. Además, seguro no estás acostumbrada a cocinar.

Aquel comentario hizo que Clara esbozara una sonrisa amarga. Bajó la mirada un momento y luego volvió a levantar el rostro.

—Si yo quisiera aprender —dijo en voz baja—, ¿usted me enseñaría?

Doña Susana se quedó inmóvil; la mano que sostenía el cuchillo dejó de moverse. Miró a su nuera durante varios segundos, como asegurándose de que no había oído mal.

—¿Aprender… a cocinar? —repitió.

Clara asintió con un gesto pequeño. La sonrisa de Doña Susana fue abriéndose poco a poco, cálida y sincera.

—¡Dios mío… claro que sí, hija!

Corrió el banco hacia un lado.

—Siéntate aquí, con calma. Empezamos por lo fácil.

Clara se sentó en el banco de madera de la cocina y observó las manos ágiles de Doña Susana mientras preparaba el condimento.

—Señora —llamó Clara, dudosa—, ¿cuál es la comida favorita de Álvar?

Doña Susana sonrió sin voltear.

—Álvar come de todo, no es exigente.

Se detuvo un instante y luego añadió:

—Pero lo que más le gusta… es la tilapia de río.

La sonrisa de Clara se congeló y se transformó en una mueca amarga. Bajó la mirada, entrelazando los dedos. A Álvar le gustaba algo que ella ni siquiera podía tocar sin enfermarse. Aquella sensación se le fue colando despacio; no eran celos, sino una conciencia dolorosa.

Tal vez nunca vamos a ser compatibles, pensó.

Doña Susana volvió a concentrarse en lo suyo.

—Hoy voy a hacer un salteado de espinaca de agua. Esta mañana la corté del huerto. Todavía está fresquita.

Sacó un manojo de espinaca de agua, verde intenso, con las hojas aún húmedas de rocío.

—Ah, y también traje mangos. Álvar los cortó él mismo esta mañana, del árbol de atrás.

Clara levantó la vista; los ojos le brillaron al instante.

—¿Mangos?

—Sí.

—¿Puedo hacer un jugo de mango, señora? —preguntó entusiasmada.

Doña Susana soltó una risita.

—Claro que sí. La licuadora está en la esquina, pero despacito, no te esfuerces mucho.

Clara se puso de pie. Su paso seguía siendo cauteloso, pero aquella sonrisa era genuina. En medio de esa cocina sencilla de pueblo, encontró una pequeña cosa que la hacía sentir útil.

Aunque en su cabeza seguía dando vueltas una realidad amarga: entre ella y Álvar siempre había diferencias que no eran fáciles de conciliar.

Esa tarde, Álvar llevó la cosecha de chile a la casa de Don Baruch. El sol pegaba fuerte, el polvo del camino se le adhería al pantalón y a las botas. En cuanto a la cebolla, ya había pedido a los trabajadores que la entregaran directamente y la almacenaran en la bodega.

En cuanto su moto se detuvo en el patio de aquella casona grande de pintura descascarada, Álvar vio de inmediato un rostro conocido.

Patricio. El exmarido de la doctora Ester.

El hombre estaba de pie cerca del corredor, con un cigarro entre los labios. Cuando sus miradas se cruzaron, Patricio lo saludó con un tono forzadamente amable.

—Álvar.

Álvar apenas asintió, sin sonreír.

Entró, entregó los costales de chile a Don Baruch. La transacción fue rápida. La báscula chirrió suavemente, el dinero cambió de manos.

Sin embargo, antes de que Álvar pudiera darse la vuelta, Don Baruch habló. Su tono era filoso, lleno de suspicacia.

—Álvar —dijo—, ¿por qué regresaste a la aldea justo después de que Ester quedara soltera?

Álvar guardó silencio un instante.

—¿Acaso piensas volver con ella? —prosiguió el hombre sin rodeos.

Álvar volteó y esbozó una sonrisa leve, una sonrisa que era más bien un escudo.

—Don Baruch —dijo con calma—, yo ya estoy casado. No es correcto hablar del pasado.

Patricio resopló con sarcasmo.

—Tú te la pasabas llamando a Ester todo este tiempo —le espetó—. Nunca nos dejaste vivir en paz. Ahora que ya nos divorciamos… seguro estás contento, ¿no?

Álvar no contestó. Simplemente tomó el dinero de la cosecha, se lo guardó en el bolsillo de la chamarra y se dio la vuelta sin mirar atrás.

Encendió la moto y el rugido del motor rompió el silencio de aquel patio.

En el camino de regreso, el viento caliente le golpeaba la cara. Álvar miraba fijo hacia adelante. Ese pasado aún no se había cerrado y ahora, sin que él lo pidiera, se colaba dentro de su nuevo matrimonio.

Al llegar a casa, Clara estaba ayudando a Doña Susana a preparar el almuerzo. El aroma del salteado de espinaca de agua empezaba a llenar la cocina. Álvar entró saludando, con el paso cansado. Sin decir mucho, fue directo al refrigerador. En cuanto vio un vaso de jugo de mango en la repisa de adelante, lo tomó por reflejo y se lo bebió hasta la mitad.

—¿Eh? —Doña Susana volteó rápido—. Tú nunca quieres tomar jugo de mango. Siempre dices que es muy dulce y te da náuseas. ¿Y ahora sí te lo tomas?

Álvar se detuvo un segundo, pero siguió bebiendo.

—¿Será porque lo hizo Clara? —lo provocó Doña Susana con una sonrisa cargada de intención.

Clara, que estaba revolviendo la comida, desvió la cara de inmediato. Las mejillas le ardían. Se apresuró a soltar la espátula y se fue a la sala con el pretexto de ver la televisión, dejando solos en la cocina a madre e hijo.

—Tenía sed, señora. Vengo del campo —respondió Álvar escuetamente.

Doña Susana se acercó doblando el trapo de cocina.

—Ah, por cierto, esta mañana Clara estuvo muy atenta. Te llamó "cariño".

Álvar se atragantó; el jugo de mango que aún no había tragado lo hizo toser con fuerza.

Doña Susana soltó una risita, satisfecha con la reacción de su hijo.

—¿Por qué te sorprendes tanto?

Álvar no contestó. Solo dejó el vaso vacío sobre la mesa y se fue a la habitación a asearse, dejando la cocina con una expresión difícil de descifrar: entre nervioso, molesto y, sin saber por qué, extrañamente cálido.

Almorzaron juntos en la mesa de madera sencilla. El salteado de espinaca de agua todavía humeaba, la salsa picante de camarón y el pescado frito estaban servidos en el centro. El ambiente era tranquilo; solo se oía el roce suave de las cucharas contra los platos.

Al terminar de comer, Álvar se metió la mano al bolsillo del pantalón. Sacó el dinero de la cosecha de chile y lo puso frente a Doña Susana.

—Tome, señora.

Doña Susana lo miró de reojo y empujó el dinero de vuelta hacia Álvar.

—Dáselo a tu esposa. Es lo que le corresponde.

Álvar se quedó callado.

—Yo después le pido a tu padre —continuó Doña Susana como si nada—. Ese dinero es de Clara.

Lentamente, Álvar miró a Clara, que estaba sentada frente a él. Sabía que esa cantidad era poca cosa, muy lejos de ser suficiente para la vida de ciudad. Aun así, deslizó el dinero hacia Clara.

—Quédatelo —le dijo en voz baja—. Para tus gastos mientras estés aquí. Si quieres ir al centro comercial, yo te llevo.

Clara miró el dinero un momento y negó con la cabeza.

—Todavía no necesito nada.

Álvar frunció el ceño levemente.

—Guárdalo. Es tu dinero.

Clara terminó por aceptarlo, guardándolo con cierta vacilación. Había una sensación extraña en su pecho, no por la cantidad, sino porque era la primera vez que la trataban genuinamente como esposa.

Doña Susana sonrió con discreción al ver aquella escena, luego se levantó llevándose los platos sucios a la cocina, dejando a esas dos personas igual de incómodas pero que empezaban, poco a poco, a aprender a compartir el mismo espacio.

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