Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 15 Vigilia
Irina no despertó el primer día.
Los curanderos iban y venían. Le ponían las manos encima, le transferían energía, le revisaban el pulso que subía un poco y bajaba otro poco y nunca terminaba de decidirse. Le cambiaban las vendas de las muñecas donde la plata le había comido la piel hasta el hueso. Le limpiaban las heridas de los tobillos que supuraban un líquido oscuro que no era sangre ni pus sino algo que los sanadores no habían visto nunca.
—Es residuo de magia —dijo el curandero principal, un lobo viejo con manos como guantes que llevaba cuarenta años tratando heridas de todo tipo—. Las brujas le metieron algo. Algo que está intentando seguir extrayéndole esencia aunque ya no estén aquí. Como una garrapata que se quedó dentro.
—Sácalo —dijo Theron desde la silla.
—No es tan simple, mi rey. No es físico. Es mágico. Necesito tiempo para...
—Sácalo.
El curandero miró a Ezra. Ezra miró a Theron. Theron no había dormido, no había comido, no se había movido de esa silla en dieciocho horas. Tenía las manos vendadas, la boca hinchada donde la bestia se arrancó los colmillos, ojeras que le llegaban a la mandíbula y los ojos de alguien que está al borde de algo que no tiene nombre.
—Señor —dijo Ezra—. Necesita descansar.
—No.
—Señor...
—He dicho que no, Ezra. No me voy a ir de esta habitación hasta que abra los ojos.
Ezra no insistió. Llevaba quince años al lado de este hombre y sabía cuándo una batalla estaba perdida.
Irina no despertó el segundo día.
El curandero trabajó durante horas intentando extraer el residuo mágico. Rolf lo ayudó desde afuera, murmurando contraconjuros que a veces funcionaban y a veces no. El pulso de Irina se estabilizó pero no mejoró. Respiraba. El corazón latía. Pero no había nadie dentro.
—¿Dónde está? —preguntó Theron al curandero.
—Su cuerpo está aquí. Pero su consciencia... las brujas le extrajeron tanta esencia que es como si hubieran desconectado la mente del cuerpo. Está adentro, en algún lugar, pero no puede volver.
—¿Y su loba?
—No la detecto. La plata debió dañarla gravemente. Si la loba no despierta, la recuperación va a ser mucho más difícil.
Kira, pensó Theron, sin saber si el vínculo incipiente que tenían le permitiría llegar. Kira, despierta. Ella te necesita.
Nada.
Catalina entró al atardecer. Le dejó un plato de comida que Theron no tocó y un café que se enfrió en la mesita.
—Come algo —dijo.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tienes hambre. Te dije que comas.
—Madre...
—Theron Blackmoor. —Catalina se paró frente a él bloqueándole la vista de Irina—. Esa mujer necesita que estés entero cuando despierte. No que estés muriéndote de hambre en una silla como un mártir. Come. Dúchate. Y después vuelves a sentarte ahí todo lo que quieras.
La miró. Quiso discutir. Pero Catalina tenía esa cara que usaba cuando no había discusión posible, la misma cara que usaba cuando él tenía diez años y se negaba a ir al curandero.
Comió. No se duchó. Volvió a la silla.
Catalina no insistió. Se sentó en el borde de la ventana y lo miró sostenerle la mano a Irina durante una hora entera sin decir una palabra.
—¿Cuándo supiste? —preguntó finalmente.
—¿Cuándo supe qué?
—Que te importaba. No como ofrenda. No como la pieza del ritual. Como persona.
Theron no respondió inmediatamente.
—Cuando la vi pelear —dijo después—. La primera vez que entró a mi salón del trono, cubierta de barro, con la mandíbula apretada, y me dijo que era un idiota. Nadie me había dicho eso. En ocho años, nadie. Todo el mundo agacha la cabeza, dice "sí, mi rey" y se va. Ella me miró desde abajo, sin loba, sin rango, sin nada, y me sostuvo la mirada como si pudiera arrancarme la cabeza con los dientes. —Pausa—. Ahí supe.
—¿Que te importaba?
—Que estaba jodido.
Catalina casi sonrió.
—Se parece a mí cuando era joven —dijo.
Theron la miró.
—¿Eso es un cumplido para ella o un insulto para mí?
—Las dos cosas.
El silencio se llenó de algo que no era cómodo pero que tampoco era hostil. Algo nuevo entre madre e hijo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.
Irina no despertó el tercer día.
El curandero extrajo parte del residuo mágico. El pulso mejoró un poco. El color de la piel pasó de gris a pálido, que no era bueno pero era menos malo.
De noche, la bestia se echó junto a la cama como siempre. Ronroneó durante horas. El ronroneo le vibraba a Irina en el cuerpo, en los huesos, en algún lugar al que la medicina no llegaba.
Al amanecer, Theron despertó en el suelo junto a ella con el brazo estirado hacia la cama, la mano todavía buscándola.
Se levantó. La miró. Nada.
—Buenos días, Irina —dijo con la voz ronca—. Hoy sería un buen día para despertar.
Nada.
Ezra entró con el informe de la mañana.
—Señor, Astrid y Viktor llevan tres días confinados en el ala sur. Viktor exige hablar con usted. Dice que no tiene nada que ver con el secuestro y que...
—Me da igual lo que diga.
—También debo informarle que Astrid intentó salir de su habitación anoche. Los guardias la detuvieron. Estaba... alterada.
—¿Alterada?
—Gritando, señor. Que todo fue un malentendido. Que ella solo quería ayudar. Que la diosa luna es testigo de su inocencia. —Ezra hizo una pausa—. Su madre fue a verla ayer.
—¿Y?
—Los guardias dicen que solo habló con ella cinco minutos. Pero que Astrid no dejó de temblar en las dos horas siguientes.
Theron miró hacia la ventana. Después miró a Irina.
—Que se queden donde están. Nadie entra ni sale del ala sur sin mi autorización. Y dile a Viktor que si vuelve a exigir algo, la próxima conversación la va a tener con la bestia.
El cuarto día, algo cambió.
Theron estaba dormido en la silla —había dejado de pelear contra el sueño alrededor de las tres de la mañana— cuando lo sintió. Un tirón. No de dolor como los que recibía cuando las brujas la torturaban. Algo diferente. Más suave. Como un dedo tocándole el pecho desde adentro.
Abrió los ojos.
La mano de Irina se movió.
Fue apenas un temblor. Los dedos contrayéndose sobre las sábanas, un movimiento tan pequeño que podría haber sido un espasmo. Pero Theron lo vio porque llevaba cuatro días mirando esa mano esperando exactamente eso.
—¡Curandero! —gritó.
El viejo lobo entró corriendo. Le revisó el pulso, las pupilas, la respiración.
—El pulso subió. La presión se está normalizando. Y... —le abrió un párpado con cuidado— las pupilas responden.
—¿Va a despertar?
—Está volviendo. Despacio, pero está volviendo. —El curandero lo miró—. El ronroneo de la bestia. Creo que está funcionando. La vibración le está estimulando la esencia vital. Es como... un masaje desde adentro. Nunca vi algo así.
Theron se arrodilló junto a la cama. Le tomó la mano.
—Irina. Estoy aquí. Puedes escucharme, ¿verdad? Estoy aquí.
Los dedos de Irina se contrajeron alrededor de los suyos.
Apenas. Casi nada. Pero fue la respuesta más importante que Theron Blackmoor recibió en su vida.
—Eso es —dijo, con la voz quebrándole—. Eso es, Irina. Vuelve. Tómate tu tiempo. Pero vuelve.
Catalina entró una hora después y encontró a su hijo arrodillado junto a la cama, con la frente apoyada en las manos de Irina, dormido.
Se acercó. Le tocó la frente a Irina. Tibia. Ya no helada. El color de la piel había mejorado. Respiraba más profundo.
Miró a su hijo. Dormido con la cara contra las manos de una omega que conoció hacía semanas y por la que se arrancó los colmillos, se desangró las manos y rompió una barrera mágica de cuatro generaciones.
La diosa luna sabe lo que hace, pensó Catalina. Aunque a veces su método sea una mierda.
Le puso una manta sobre los hombros a Theron. Se sentó en la ventana.
Esperó.
Al quinto día, Irina abrió los ojos.
No fue dramático. No fue un despertar de película con música de fondo. Simplemente abrió los ojos. Despacio. Como alguien que vuelve de muy lejos y no está segura de adónde llegó.
Lo primero que vio fue el techo de su habitación.
Lo segundo, la ventana con la luz del atardecer entrando.
Lo tercero, a Theron Blackmoor dormido en una silla junto a su cama, con la cara demacrada, las manos vendadas y la peor barba de cinco días que había visto en su vida.
Intentó hablar. La garganta no le respondió. Solo salió un sonido ronco, rasposo, como papel de lija contra madera.
Pero fue suficiente.
Theron abrió los ojos. La vio. La vio mirándolo.
No dijo nada. No pudo. Se quedó mirándola con los ojos rojos y la mandíbula temblando y toda la armadura que llevaba puesta ocho años agrietándose en tiempo real.
Irina lo miró. A este hombre que la ignoraba de día y la abrazaba de noche. Que le gritó en un pasillo y se desangró las manos por ella en una cueva. Que no se movió de esa silla en cinco días.
Levantó la mano. Le tomó un esfuerzo absurdo, como si el brazo pesara mil kilos. La puso sobre la mano vendada de Theron.
—Te ves horrible —susurró.
Theron se rió. Una risa corta, rota, húmeda, que le salió del pecho como algo que llevaba años atascado.
—Tú tampoco estás en tu mejor momento.
—¿Cuánto tiempo...?
—Cinco días.
—¿La Luna Roja...?
—Pasó.
Silencio.
—Lo siento —dijo Irina.
—¿Tú lo sientes? A ti te secuestraron, te torturaron y casi te matan. ¿Y tú lo sientes?
—La ceremonia. Tu maldición. No pudimos...
—Me da igual la ceremonia.
—No te da igual.
—En este momento, Irina, me da igual todo lo que no seas tú despierta en esta cama mirándome con esos ojos.
Irina lo miró. Él la miró. Cinco días de vigilia y tortura y agonía comprimidos en un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Kira, llamó Irina desde adentro.
Silencio. Un segundo. Dos.
Y entonces, débil, lejana, pero ahí:
... estoy aquí... te dije que no me iba...
Irina cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las sienes porque estaba acostada y la gravedad las llevaba hacia las orejas.
—¿Irina? —Theron se levantó de la silla alarmado—. ¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
—Kira —susurró—. Kira está viva.
Y por primera vez en cinco días, algo parecido a la esperanza entró en la habitación y se quedó.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA