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Tu infidelidad, tu ruina

Tu infidelidad, tu ruina

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Mama Mia

Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.

Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.

Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.

Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.

Pero la venganza fue solo el comienzo.

Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.

Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.

NovelToon tiene autorización de Mama Mia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

13

Los días seguían pasando y Rodrigo estaba cada vez más ahogado. El celular no dejaba de sonar, pero ninguna llamada traía buenas noticias: solo insultos y reclamos de todas partes. Era como un ciego obligado a guiar el camino, que conoce la dirección pero no sabe cómo avanzar.

Mientras tanto, en otro lugar, Andrea descansaba reclinada en un sillón de tratamiento facial en un salón exclusivo, junto a Jessica. Su rostro lucía relajado, como si no tuviera un solo problema en el mundo.

De pronto, el timbre del celular rompió la calma.

Andrea entreabrió los ojos y echó un vistazo a la pantalla sobre la mesita lateral. Frunció levemente el ceño al ver el nombre.

—¿Quién es? —preguntó Jessica desde el sillón de al lado, girando la cabeza con curiosidad.

—Don Hernán —respondió Andrea—. Un cliente de siempre. El empresario con los pedidos más grandes y el más leal a nuestra empresa.

—¿Y entonces? —Jessica arrugó la frente, extrañada—. ¿Por qué no contestas?

Andrea no respondió de inmediato, pero una idea brillante le cruzó la mente y una sonrisa le afloró en los labios.

—Déjame contestar —dijo rápido.

Tomó el teléfono, reguló la respiración y moduló la voz hasta hacerla sonar frágil y quebrada.

—Buenas tardes, Don Hernán... —saludó apenas en un hilo de voz.

—Buenas tardes, señora Andrea —se escuchó la voz grave y cortés de un hombre maduro—. Perdone que la moleste. Solo quería preguntarle por qué la entrega de mercancía para nuestro proyecto está tan retrasada. Esto nunca había pasado antes.

Al escuchar la pregunta, Andrea dejó escapar un suspiro largo, cargado de pesadumbre.

—Discúlpeme, Don Hernán... —respondió con la voz rasposa—. Pero en este momento ya no tengo ninguna potestad para intervenir en los asuntos de la empresa.

—¿Cómo dice, señora? No entiendo —dijo Don Hernán, desconcertado.

—Puede que usted ya haya oído los rumores sobre los problemas en mi matrimonio —continuó Andrea—. Mi esposo me fue infiel y hemos discutido. Usted sabe bien que yo fui quien levantó esa empresa con él desde cero. Pero ahora... ahora que encontró a otra mujer a la que quiere más, me hicieron a un lado. Mi marido ya no me permite involucrarme en nada de la compañía.

Le temblaba la voz de una manera desgarradora, como si fuera la mujer más lastimada del planeta.

Al otro lado de la línea, Don Hernán se estremeció de indignación. Hombre fiel a su esposa hasta la médula, le repugnaba cualquier forma de traición. Y más aún porque ya le habían llegado los rumores del escándalo de Rodrigo con otra mujer.

—No puedo creer que Rodrigo haya sido capaz de algo así —murmuró Don Hernán con tono de decepción—. Le soy sincero, señora: si yo seguía comprando y manteniendo mi contrato con ustedes, era por respeto y confianza hacia usted. Pero si usted ya no tiene participación...

—Es probable que me retire. No me gusta hacer negocios con un hombre que traiciona a su propia esposa. Porque si es capaz de traicionar a la mujer que lo acompañó toda la vida, mañana puede traicionar a cualquiera —sentenció.

—No es necesario que llegue a eso, Don Hernán. Usted puede seguir trabajando con mi esposo —dijo Andrea con toda la prudencia del mundo.

—Ya lo pensaré —respondió Don Hernán—. Ah, una cosa más, señora. Mi esposa la admira mucho. Si hay algo en lo que yo pueda ayudarla, dígamelo sin pena. Será un placer para mí.

Andrea reprimió la sonrisa. El anzuelo ya tenía presa.

—¿De verdad? —fingió sorpresa.

—Por supuesto. Lo que usted diga. Mi esposa se pondrá feliz de saber que la ayudé.

—Entonces, Don Hernán... ¿podría ayudarme a recuperar un poco de mi dinero que ahora está en manos de Rodrigo?

—Discúlpeme, señora, no estoy seguro de entender —dijo Don Hernán.

—Yo voy a gestionar que el envío llegue aunque sea con retraso. ¿Qué le parece si usted le reclama a Rodrigo una indemnización altísima por los daños y la demora? No se preocupe, el monto lo repartimos entre los dos —explicó Andrea—. Es que de verdad no soporto que el dinero que gané con mi sudor se lo regalen a una mujer que nunca se ensució las manos levantando nada.

Don Hernán guardó silencio un instante y luego soltó una risa breve, captando la astucia de la mujer al otro lado.

—¡Es usted extraordinaria, señora Andrea! —exclamó con entusiasmo—. Hagamos algo mejor: yo reclamaré la indemnización completa según la cláusula del contrato, que es una cifra muy considerable. Pero me quedaré solamente con el treinta por ciento, como formalidad y para cubrir mis pérdidas reales. El setenta por ciento restante... se lo transfiero directamente a su cuenta personal.

Andrea brincó de alegría por dentro, pero el rostro le permaneció inmutable.

—¿En serio, Don Hernán? ¡Muchísimas gracias! ¡Es usted una gran persona! —dijo con una emoción genuina ante la generosidad de aquel hombre.

—No tiene nada que agradecer, señora. Déjelo en mis manos. Y una cosa más...

—¿Sí, Don Hernán?

—Voy a sugerirles a mis colegas que hagan lo mismo.

Andrea se quedó sin habla. Había lanzado un solo anzuelo, pero lo que mordió no fue un pez, sino un cardumen entero.

En cuanto cortó la llamada, su expresión se transformó al instante. El rostro compungido y frágil dio paso a una media sonrisa triunfal, cargada de significado, y aterradora.

—El juego apenas empieza, Rodrigo... —susurró—. Prepárate para este pequeño sacudón.

En el sillón de junto, Jessica la observaba con la boca abierta y los ojos desorbitados, sin pestañear, tras presenciar en vivo y en directo la actuación de su amiga.

—Dios mío... ¿esa de hace un momento eras tú de verdad, Andrea? —preguntó todavía incrédula—. ¡Estás loca! ¿Desde cuándo actúas así de bien? Si tuviera un Óscar a la mano, te lo daría ahora mismo. ¡Esa actuación fue de campeonato! ¡Casi me la creo yo también, que eras la mujer más sufrida del mundo!

Andrea soltó una carcajada que resonó en toda la sala de tratamientos.

—Se llama estrategia, Jess. Don Hernán es el tipo de hombre leal y protector con las mujeres, así que aproveché su lado noble.

Jessica meneó la cabeza, asombrada.

—Tú no solo eres inteligente, ¡también eres una astuta de primera! Pero me encanta. Que se joda ese cocodrilo.

Andrea se quedó callada, la mirada perdida por un segundo. El dolor seguía ahí.

—Veinte años juntos y diez levantando un negocio. Cada vez que la empresa tenía un problema, yo estaba a su lado para resolverlo. Sin darme cuenta, lo hice completamente dependiente de mí. Le va a costar mucho moverse solo.

—Te creo —dijo Jessica apretándole la mano—. Sin tu esfuerzo, Rodrigo y su familia seguirían siendo don nadie. Pero él no supo agradecerlo. Ahora, que se atenga a las consecuencias.

—Exacto —respondió Andrea contemplando sus uñas recién arregladas—. Si él cree que puede hacer todo solo, que lo intente. Yo también quiero ver hasta dónde llega.

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