Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Prologo
Victoria
La primera vez que tuve miedo de mi esposo, todavía llevaba puesto mi vestido de novia.
Recuerdo haberlo mirado aquella noche desde el otro lado de la habitación.
Alexander estaba de espaldas a mí, sirviéndose una copa de whisky mientras contemplaba las luces de la ciudad desde los enormes ventanales de nuestra suite.
Habíamos estado casados apenas unas horas.
Debería haber sido feliz.
Debería haber estado enamorada.
Debería haber sentido que acababa de comenzar la mejor etapa de mi vida.
Pero cuando Alexander dejó el vaso sobre la mesa y se giró hacia mí, comprendí que había cometido el peor error de mi vida.
—¿Por qué estás llorando?
Su voz fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Me limpié rápidamente las lágrimas.
—No estoy llorando.
Su mandíbula se tensó.
—No me mientas.
Retrocedí un paso.
—Solo estoy cansada.
Alexander caminó hacia mí.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Hasta quedar frente a mí.
—Desde este momento, Victoria, vas a aprender algo muy importante.
Levanté la mirada.
—¿Qué cosa?
Sonrió.
Pero no fue una sonrisa amorosa.
—En este matrimonio, las cosas se hacen como yo digo.
Aquella noche aprendí que algunas prisiones no necesitan barrotes.
Dos años después, seguía viviendo en aquella misma casa.
La diferencia era que ahora sabía perfectamente cómo sobrevivir.
Sabía cuándo hablar.
Cuándo callar.
Cuándo sonreír delante de los demás.
Y, sobre todo, cuándo esconder las marcas que aparecían sobre mi piel.
Aquella noche estaba frente al espejo del baño, intentando cubrir un hematoma con maquillaje.
El reloj marcaba las once y cuarenta y siete.
Alexander había salido a una reunión.
Tenía aproximadamente una hora antes de que regresara.
Una hora de libertad.
Una hora para respirar.
Entonces escuché el sonido de un automóvil entrando en la propiedad.
Mi corazón se detuvo.
Demasiado pronto.
Guardé el maquillaje.
Me puse una blusa de manga larga y salí del baño.
La puerta principal se abrió.
Alexander entró.
—Victoria.
Cerré los ojos.
—Estoy aquí.
—Ven.
Sus pasos comenzaron a acercarse.
No respondí.
—Victoria.
Esta vez su voz fue más fuerte.
Respiré profundamente.
Y caminé hacia él.
Pero aquella noche ocurrió algo diferente.
Alexander no estaba solo.
Detrás de él había un hombre vestido completamente de negro.
Alto.
Ancho de hombros.
Con una expresión seria y unos ojos que parecían observar absolutamente todo.
Alexander señaló hacia él.
—A partir de hoy, él será tu nuevo guardaespaldas.
Lo miré confundida.
—¿Mi guardaespaldas?
—Sí.
—No necesito uno.
Alexander soltó una pequeña risa.
—No te estoy preguntando.
El desconocido permaneció inmóvil.
—Fernando Ferrara —se presentó.
Su voz era grave.
Fernando extendió su mano.
La observé durante unos segundos antes de estrecharla.
Su contacto fue breve.
Profesional.
Nada más.
Pero cuando nuestros ojos se encontraron, sentí algo extraño.
No fue deseo.
No fue amor.
Ni siquiera atracción.
Fue algo mucho más simple.
Seguridad.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien me miraba sin juzgarme.
Fernando apartó la mirada.
—Señor Blackwood.
—¿Sí?
—Necesito hablar con usted en privado.
Alexander frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
Fernando miró brevemente hacia mí.
—Sobre las condiciones de seguridad de su esposa.
Esposa.
La palabra volvió a dolerme.
Alexander caminó hacia el despacho.
—Vamos.
Fernando lo siguió.
Antes de desaparecer por el pasillo, se detuvo.
Me miró una última vez.
Y durante apenas un segundo, nuestros ojos volvieron a encontrarse.
No sabía quién era aquel hombre.
No sabía cuánto tiempo permanecería a mi lado.
No sabía que terminaría arriesgando su vida por mí.
Y mucho menos sabía que algún día tendría que elegir entre mantener su lealtad hacia su jefe…
o convertirse en el hombre que me ayudaría a escapar de él.
Pero aquella noche solo sabía una cosa.
Por primera vez, alguien había llegado a mi vida para protegerme.
Y todavía no sabía que ese hombre terminaría convirtiéndose en mi mayor peligro.
Porque iba a enamorarme de él.
Y él iba a enamorarse de mí.
La esposa de su jefe.